Cuando se estudia la historia de la filosofía en los últimos cursos de la educación secundaria, al menos en España, da la impresión de que va como “a saltos”. Ante los imperativos de las programaciones didácticas (de las cuales se espera sean flexibles para poder ser viables) se sigue una línea de trabajo abocada a cierta discontinuidad temporal que, seguramente, dificulta la comprensión de la asignatura en su vertiente histórica. Así, nos encontramos con períodos más o menos largos, en los que se pensaba de un modo, aislados de otros períodos durante los cuales el pensamiento parece haber cambiado con respecto a lo que se pensaba anteriormente. Otras veces, atendiendo a los contenidos, el alumnado que verdaderamente se interesa por esta materia tiene la sensación de que resulta repetitiva: en Descartes hay mucho de Platón, en Hume hay bastante de Aristóteles, en Nietzsche hay ramalazos significativos de Trasímaco y de Heráclito… La mística especulativa medieval se parece mucho a ciertos planteamientos de la llamada New Age, y la sofística griega da la impresión de haber revivido con el pensamiento posmoderno. A veces no es fácil comprender que “influencia” y “coincidencia” no son lo mismo que “repetición”. Quizá ayude el aclarar que los grandes temas y cuestiones filosóficas tienen un devenir histórico, en el transcurso del cual se han ido enriqueciendo con la aportación de diversos autores quienes, muchas veces, muestran algo así como “un aire de familia”.
Por otra parte en nuestro contexto cultural solamente hace unas pocas décadas (salvo quizá el caso aislado de Schopenhauer) que se ha ido haciendo sitio el pensamiento oriental en su conjunto, acaso tan diverso o más que nuestro paradigma occidental. Ciertamente es difícil todavía hoy y en referencia a las filosofías orientales, separar el grano de la paja; quiero decir que muchos de sus ricos planteamientos nos han aparecido trufados de mojigatería y han sido mitificados de forma totalmente acrítica. El mal llamado orientalismo nos ha llegado o se nos ha presentado como una suerte de dinámicas de autoayuda y de autoconocimiento, como una especie de recetarios de respuestas para todo. Quizá en otra ocasión podamos tratar sobre ello con cierto detenimiento, pero ahora me voy a tomar la libertad de pasar de puntillas… aunque reconozco que resulta tentador hacer algo más que simplemente mencionar, por ejemplo, los estudios de Carmelo Elorduy sobre las semejanzas entre el taoísmo y el estoicismo… en fin, que ahí queda quizá para abrir boca.
En cuanto a la división tradicional por épocas (clásica, medieval, moderna, contemporánea) sería solamente una de las posibles clasificaciones; es, por tanto, convencional y debemos ser cautelosos a la hora de trazar líneas fronterizas entre esas mismas épocas. Para empezar siempre he encontrado tremendamente difícil señalar cuándo concluye el pensamiento clásico y cuándo comienza el medieval, puesto que no es constatable una ruptura real con los clásicos. A los clásicos hay que volver siempre; no en vano el propio Wittgenstein, reivindicado (acaso a su pesar) por algunos cientificistas anti-filosofía, afirmó que “apenas hemos progresado desde los griegos”. Necesitamos a los clásicos. Así, no se puede pretender comprender bien la política sin conocimientos sobre los pensadores sofistas, aun los más demagogos, e igualmente imprescindible resulta trabar íntimo contacto con la utopía que Platón nos presenta en “La República o el Estado”; otro tanto se puede afirmar con respecto a Aristóteles, que muestra como nadie los vínculos entre ética y política en varias de sus obras.
Considero que en lo que se refiere a la Edad Media se ha sido (en general) bastante injusto con este largo periodo calíficandolo despectivamente como una etapa oscura, de retroceso intelectual, durante la cual el progreso salió muy malparado; y no podemos negar que algo de eso hubo… aunque, una vez, más deberíamos reflexionar seriamente sobre la noción de progreso (por otra parte tan moderna) y acaso llegar a ponerla en cuarentena. De hecho, en estos últimos tiempos que hemos convenido en llamar “posmodernidad”, en esta etapa que algunos califican como de “nueva sofística”, la idea de progreso está bastante desacreditada; también asistimos al menoscabo de los grandes paradigmas filosóficos y culturales, al parecer inconmensurables entre sí, e igualmente se habla del “fin de la Historia”, o de la imposibilidad de los meta-relatos (al menos es lo que nos dice Vattimo) y del mismo modo hay referencias a una especie de hedonismo al que subyace un nihilismo sin tragedia, según el cual las cosas no pueden ser cambiadas o bien todo intento revolucionario es tan inútil como estéril. Hoy coexisten el escepticismo, el dogmatismo y el relativismo. Por tanto, ¿nueva sofística o neohelenismo?¿vuelven, con otros ropajes, estocicismo, epicureísmo y pirronismo? En fin, un último brochazo sobre la Edad Media: no debemos olvidar que nos regaló momentos sublimes como la antes citada mística especulativa (me viene a la cabeza el Maestro Eckhart) o el clímax en la polémica sobre el probema de los Universales (con las propuestas realista, conceptualista y nominalista) una cuestión que habría llegado a nuestros días tal y como sugiere Noam Chomsky con sus Universales Lingüísticos.
En cuanto a las Filosofías moderna y contemporánea solamente trazaremos algunas pinceladas para dejar abierta una vía de discusión (como mínimo). La palabra “moderna” todavía goza de un gran prestigio. Solemos identificar “moderno” con “positivo”, “bueno”, “avanzado”, “innovador”… en definitiva siempre ha habido una marcada tendencia a solapar “modernidad” con “progreso”. Sin embargo y siendo rigurosos esto no deja de ser aporético, polémico, discutible y bien podríamos abrir un rico debate al respecto: ¿El idealismo y su correlato el romanticismo no tuvieron, entre otras consecuencias, manifestaciones (a menudo violentas y destructivas) en las que se exaltaba la raza, la nación o la religión?¿Acaso el empirismo y sus variantes positivista, utilitarista y pragmatista, no desembocaron en ese cientificismo vocacionalmente tecnocrático que, en el fondo, aún funciona como perfecta excusa para justificar el actual y descarnado capitalismo mercantil? Llegados a este punto temporal el problema de la historia de la filosofía se clarifica, pero solamente en tanto que problema reconocible como tal, pues lo moderno y lo contemporáneo parecen mimetizarse y esto es algo que se viene señalando desde la llamada “posición o condición (Lyotard) posmoderna”, a partir de su firme apuesta por la hermenéutica: todo queda sujeto a revisión, a interpretación.¿Adónde nos lleva esto? A sospechar que, en la historia de las ideas, es precisamente la mímesis lo más destacable.
A modo de conclusión podemos asegurar que nos encontramos ante dos tentaciones muy claras: entender la historia de la filosofía como algo sujeto a una dialéctica entre épocas, siendo el final de cada una la síntesis entre ella y la anterior, o bien considerar que su desarrollo es un continuo, una secuenciación sin cortes. Mucho me temo que afortunadamente las cosas no son tan sencillas. ¿Es fácil estudiar la historia de la filosofía? No; y además creo que no debe serlo, sino que ha de implicar un importante esfuerzo y un fuerte compromiso con la propia condición humana. Pero la filosofía va más allá de su propia historia; si acaso, la historicidad de las ideas es uno más de sus marcos de referencia… aunque no el único.
TXESKO C.
LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA COMO PROBLEMA
Supongo que no es frecuente que uno se responda a sí mismo, pero me parece necesario hacer algunas aclaraciones a mi artículo, puesto que algunas de las cosas que digo quizá no hayan sido lo bastante precisas. Tómese pues, esta respuesta como un intento de apostillar o incluso «reparar»:
-Cuando digo «en Hume hay bastante de Aristóteles» esto debe ser entendido no como si el filósofo griego hubiera sido una influencia decisiva en el pensamiento del escocés, aunque sí una inspiración: Hume criticará los conceptos de sustancia y el principio de causalidad aristotélicos (de ahí lo de «inspiración») Igualmente, la reflexión ética que realizará el británico toma como referencia la ética nicomaquea del estagirita, aunque bien es cierto que para situarse en una posición crítica con respecto al iusnaturalismo. ¿Piensan de forma similar Hume y Aristóteles? Con respecto al valor de la experiencia como origen del conocimiento, obviamente sí. En casi todo lo demás, Hume toma de referencia a Aristóteles para arremeter contra toda la escolástica y para adoptar una postura claramente antimetafísica. En todo caso, cuando un filósofo moderno o contemporáneo critica a los clásicos no está rompiendo con ellos, sino más bien, y más precisamente, «contando con ellos».
-Cuando hablo de la presencia de Platón en Descartes, ¿significa que la duda metódica cartesiana se origina en el pensamiento del ateniense? Claro que no. Pero sí se puede rastrear el racionalismo cartesiano retrotrayéndolo hasta el platonismo pasando por pensadores con un sesgo platónico como puede ser, por ejemplo, Agustín de Hipona.
-Cuando cito los universales lingüísticos de Chomsky asociándolos al problema de los conceptos universales propiamente medieval ¿estoy sosteniendo que el pensador estadounidense fundamenta su planteamiento en alguna de las escuelas medievales, nominalista, conceptualista o realista? Naturalmente que no; simplemente hago notar que existe un trasfondo común a la hora de abordar la cuestión.
-Cuando sugiero que «lo destacable en la historia de las ideas es la mímesis» ¿estoy postulando esa mímesis? No: advierto de que existe una sospecha (esta es la palabra clave) que parece tener como referencia la mímesis de las ideas. Y aquí habría que entender (¿intuir?) «mímesis» como algo muy similar a «apariencia».
Muchas gracias por vuestra comprensión dentro de la discrepancia (que por otro lado enriquece).
Txesko C.