FILOSOFÍA EN EL SIGLO XXI

La filosofía es incómoda y a la vez incomoda. ¿Para qué entonces, mantener una actividad que resulta problemática?¿Para qué filosofar? A la filosofía le ocurre lo mismo que al Everest: ¿Por qué querríamos subir hasta allí arriba con lo peligroso que es? Respuesta: “porque está ahí”. En efecto, también la filosofía “está ahí”, ahí dentro, dentro de cada ser humano como parte de un paquete que contiene curiosidad, inquietud, sensibilidad, emotividad, comunicatividad, laboriosidad.

No podemos evitar reflexionar, cuestionarnos nuestra realidad y su dinamismo, poner en tela de juicio nuestra forma de vida; repito: no podemos. Siendo esto así tratemos de reflexionar con la mayor autonomía posible y afanémonos en manejar el lenguaje lo mejor que podamos. No aceptemos sin más aquello que nos dicen que es correcto, eficaz o beneficioso.

Recuperemos la analogía con el montañismo de alto riesgo. A sus practicantes se les ha llamado frecuentemente “conquistadores de lo inútil”. Pues bien: actualmente hay muchas personas que piensan que la filosofía es pura inutilidad, que no sirve para nada; un juicio de valor que no es nuevo pero que ha ido ganando más y más adeptos.

Tampoco parece servir para nada abrir nuevas vías de escalada en el K-2 o en la cara norte del Eigger y menos aún hacerlo en pleno invierno; solamente, nos dicen, se trata de añadir riesgos al riesgo y a la temeridad. Muy bien, de acuerdo, seamos temerarios y corramos el riesgo de pensar por nosotros mismos; examinemos nuestros prejuicios y los prejuicios de los otros; atrévamonos a juzgar, a valorar, a inquirir; seamos inconformistas y perdamos el miedo a ser vulnerables en nuestros sentimientos y en nuestros pensamientos; acusemos si es necesario y pidamos cuentas a quienes nos gobiernan y a quienes nos informan.

Preguntemos a los comerciantes y a los fabricantes hacia dónde nos pretenden llevar y con qué verdaderas intenciones; hagamos sospecha de los indicios y sospechemos de lo que nos presentan como verdades beneficiosas, incluso de aquellas supuestas verdades que tienen que ver con el ocio. Puede que como filósofos no construyamos urbanizaciones de lujo ni yates de recreo y que tampoco contribuyamos a los viajes turísticos espaciales ni a la realización de otras cosas semejantes e igualmente “útiles”, pero al menos habremos sido capaces de no dejarnos engañar.

Reconquistemos, por tanto, la vieja aspiración de los filósofos presocráticos cuando entendían esta actividad como alétheia, desvelamiento, desocultamiento… arrojar luz sobre las sombras y sobre la oscuridad.

Es precisamente esa intención de desvelar, desocultar, desentrañar, la que debería inspirar la labor de los medios de comunicación y en este sentido, el periodista gráfico tanto como el de las ondas podrían acercarse a los viejos filósofos: un Sócrates dialogante que nos mostraba el camino para aprender a aprender, un Platón capaz de combinar como nadie el pensamiento filosófico y el relato dramático. Por desgracia los medios de comunicación tienen una tendencia cada vez mayor a crear opinión donde lo que se debería hacer es, precisamente, una presentación de hechos para que cada interlocutor pudiera examinar y valorar esos acontecimientos de forma autónoma. Así, hemos pasado de la transmisión de hechos a la pre-construcción de significados: es lo más útil para quienes deciden qué es lo útil.

No nos dejemos engañar por las apariencias. Y si lo que nos interesa es la apariencia seamos claros y honestos con ella: que la apariencia sea apariencia; no pretendamos que sea otra cosa. Cuando preguntemos por la utilidad de algo seamos conscientes de los prejuicios que entraña esa pregunta por lo útil porque, sin ningún género de duda, habrá una concepción previa de qué es genéricamente útil; una concepción que orientará las posibles respuestas en una dirección y no en otra.

La filosofía nace del asombro, de la curiosidad… Hay tantas cosas asombrosas en la vida… La vida en su conjunto es asombrosa como asombroso es que haya surgido una especie capaz de interesarse en comprenderla tratando de satisfacer esa curiosidad consustancial. Parafraseando a Wittgenstein, no tiene sentido que me asombre ante la existencia del mundo, puesto que no puedo representármelo no-siendo. Pero tiene todo el sentido que me asombre, no ya la inteligencia, sino su mera posibilidad puesta de manifiesto. Renuncio desde ya a toda concepción positivista (reduccionista) al respecto y me niego a considerar la inteligencia como un epifenómeno, como una pura y simple manifestación biológica más y con el mismo rango que las otras.

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