La Grecia que vio nacer la filosofía se dividía en pequeñas comunidades llamadas Polis, como Atenas y Esparta, cuyas normas se decidían de manera autónoma y podían variar de una ciudad a otra.
Los habitantes de cada comunidad estaban muy orgullosos de la polis a la que pertenecían, cuando Alejandro Magno completa su imperio, desmantela la polis. Esto provoca un gran desconcierto en los ciudadanos griegos, cuya identidad se construye a partir de la comunidad de pertenencia.
Empiezo este artículo definiendo el inicio del Estoicismo, un movimiento que inicia Zenón y que pretende alcanzar la apatía en la que no nos dominen las pasiones (Pathos).
Dicho artículo nace de unos talleres que inicié en un grupo de trabajo sobre la metodología ProCC, una de las bases de la construcción de un grupo de trabajo o una sociedad es el principio de autoridad, pero no de autoritarismo. Una autoridad constructiva que te guíe y que te enseñe realmente lo que puede llegar a ser tu alredor. Y es que realmente como seres humanos somos la consecuencia de la autoridad de nuestro alrededor, nuestros padres son un principio de autoridad, las personas que tenemos a nuestro alrededor, incluso el plato para la mesa es un principio de autoridad. Ya que el plato nace de la necesidad de la mesa para no desparramar el líquido por ella. Los Theos son una autoridad moral, ya que te dicen como te tienes que comportarte y te dan un porqué y un lugar en la vida.
A principio de la globalización a finales del siglo XX y principio del siglo XXI cuando aparecen las redes sociales, igual que Alejandro Magno derribó los límites de la polis, en nuestro alrededor sucedió realmente lo mismo, y en esta marabunta de información y mal llamada libertad, no encontramos nuestro lugar, al contrario intentamos suplir dichos límites de la polis con pasiones, con deseos que ya Platón dibujó en su Tripartición del alma.
Estos límites te los marca las posesiones y dichas posesiones te las marca el dinero con la que lo puedes comprar. Es decir, que con el dinero o el tiempo que das a cambio del dinero compras un lugar dentro de la sociedad, además dichas posesiones, a cuantas más tengas, habrá otras que serán mejores que valgan más dinero y que te hagan parecer a la persona que tanto deseas y por lo tanto la posición que ella tiene, aquel mal llamado ascensor social.
Y para acabar, os voy a poner un ejemplo:
Tú puedes comprar un coche, quién más o quién menos tiene uno. Pero siempre hay un coche más caro. ¿Pero realmente necesitas ese coche más caro? ¿Qué estás comprando con ese coche? ¿Un medio de transporte? o ¿Una sensación? ¿Estás comprando aquello que algún deportista tiene? Por lo tanto que quieres, ¿El coche o parecerte a ese deportista rico? Cuándo quieres parecerte. ¿Quieres ser como él y encontrarse en su mismo estatus?
Aquí lo dejo…
Solo para acabar, Karl Marx ya hablaba sobre esto en “Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844” se sobre el Dios Dinero cuando solo tenía 25 años. No están inventando nada, simplemente estamos volviendo a caer en el mismo error de siempre.
LA AUTORIDAD DEL DIOS DINERO
Interesantísimo artículo.
Tanto tienes, tanto vales… nos dice la sabiduría popular. En efecto, el modelo de ser humano que se nos sigue vendiendo desde hace tiempo es alguien anclado en la avaricia y en el ansia de acaparar: tener para poder-ser.
Y últimamente, alcanzar fama para tener y, nuevamente, para poder-ser. ¿Tengo seguidores?¿Soy un youtuber de éxito? Consigo dinero, compro cosas y soy admirado: tengo, luego puedo; puedo, luego soy. Me nutro del rebaño pero yo ya no soy rebaño… («aunque acabo dejando de ser si no hay rebaño» y esta es la parte del cuento que no queremos ver o que no nos quieren contar.) ¿Algún resultado? Sí: la suma Sísifo y Narciso… que no deja de ser una suma fallida en el fondo.
Mientras leía el artículo me he ido acordando, entre otras, de la muy recomendable «obrita» (por lo breve) que nos regaló Byung Chul Han «La Agonía del Eros». En nuestra sociedad actual, globalizada y roturada hasta el hastío, cada vez hay menos lugar para ese eros al cual apelaron muchos autores clásicos en referencia al enriquecimiento del espíritu; esa noble búsqueda del eros ha sido suplantada por una huida hedonista en el transcurso de la cual queremos mimetizarnos en esos ídolos de quienes pretendemos ser émulos. Se trata, en suma, de escamotear el yo-soy en favor de un soy-él y donde, sin embargo, ese «él» resulta ser igualmente pura ilusión, fuegos artificiales (y fatuos) y, en suma, pura negación. No nos damos cuenta de que por muy atractivo que nos parezca el escaparate de una prisión no es más que un cebo; lo que hay detrás de él es precisamente eso: una jaula. Y una jaula, sea de oro u otro material precioso, lleve tal o cual marca, solo es una jaula.
Txesko C.