Fronteras: los límites que inventamos

pájaro sobre el alambre de la frontera

Agosto 2026 Cocteleros: Yeray Jiménez y Bárbara Muñiz

Déjalo atrás. No te voltees, tan solo nada. Impulsa tus brazos, toma aire y ábrete paso a través de las olas, de la gente y de los primeros cadáveres. Nada y no mires atrás.

Rebasa la frontera que no vale nada, pues separa países, pero no a gentes. Son fronteras líquidas, permeables, entre las cuales las culturas se escurren y fluyen. Sigue nadando, pero antes, dime por qué.

Cuéntame de qué huías, qué esperabas hallar en tu destino. ¿Qué valía más que tu vida? 

Quiero escucharte. Que me mires a los ojos y me digas qué sientes al sospechar del engaño. Si te sentiste carnaza. Háblame de ese mundo que fue tu hermano y que te odió por rezar a otro dios. ¿O acaso fue tu piel olivácea, que también es la mía? Esa piel que el Mediterráneo nos dio. Cuéntame también sobre los días previos, aquellos en los que con ilusión planeabas tu carrera. Dime cuáles eran tus sueños y llora en mi hombro si se hundieron bajo el mar. 

Dime si eras Nala ansiando una vida y te etiquetaron de hiena para luchar contra ti, porque la desesperación que huye y el odio que aguarda son dos caras de la misma moneda. Un arma letal para amarrarnos a simples banderas y que puede romperse con un simple abrazo.

El estrecho de Gibraltar, contemplado de uno a otro extremo: dos tierras y una frontera que al romperse en distintas etapas rescribió una y otra vez nuestra historia

Desde el 30 de julio, los medios no han dejado de bombardearnos con las mismas imágenes, discursos y opiniones, ya sea en televisión, en la radio o en Twitter. Historias de terror, de miel, rumores bélicos, tensiones diplomáticas, bulos, niños huérfanos y más de cien muertes. Y, entre todo ese ruido, con las pieles bronceadas de los pueblos del mar entre tierras ocupando una y otra vez la pantalla, resulta harto difícil no escuchar de fondo Circle of Life, de Elton John. ¿Curioso? Más que curioso, resulta interesante cómo una película de animación de los años noventa explica y resume mejor que muchos medios —y que algunos de los «supuestos» expertos que circulan por ellos— las fronteras de nuestro planeta. Además, no solo nos ofrece una clase magistral sobre cómo mantener el equilibrio, sino que también nos brinda algunos de los personajes más icónicos de la animación y una filosofía de vida que más de uno debería aplicarse.

Mufasa y Simba contemplando el horizonte (imagen de El rey León)

—Mira, Simba, toda la tierra que baña la luz es nuestro reino.

—Vaya…

—El reinado de un rey asciende y desciende como el sol. Algún día, Simba, el sol se pondrá en mi reinado y ascenderá contigo como nuevo rey.

—¿Y todo será mío?

—Todo, hijo.

—Todo lo que baña la luz… ¿Y qué me dices de aquel lugar oscuro?

—Está más allá de nuestro reino. No debes ir allí, Simba.

¿Os habéis preguntado qué tienen que ver los pueblos del Mediterráneo con El rey león? No os preocupéis: hoy escribimos a cuatro manos, con dos voces bien marcadas, para observar un problema común desde perspectivas distintas, pero no ajenas entre sí.

El significado de las fronteras

Mientras aves, peces y demás especies migratorias pueden moverse a sus anchas sin presentar pasaporte alguno, nosotros, independientemente de que seamos hijos del Mediterráneo o tengamos la piel olivácea, no podemos movernos a nuestras anchas sin documentación, sin un permiso que avale nuestros orígenes. ¿Por qué? Es difícil de comprenderlo cuando cualquier sociedad actual se explica a través de los flujos migratorios, como cuando las gentes del norte, huyendo del hielo, llegaron a la cordillera cantábrica de la Península y entre las montañas se unieron a otras personas supuestamente autóctonas. Miles de años después, los celtas peninsulares serían la suma de sendos genes, genes a los que en algunas zonas se sumarían los de los íberos, quienes por su parte también sumaron el de los griegos mientras que, más al sur, los fenicios dejaban su huella entre los tartesos.

Un sabio escribió una vez que lo que de verdad nos diferenciaba del resto de animales no era la inteligencia ni nuestra capacidad para organizarnos y colaborar, sino la imaginación y, más aún, el talento para convencer a los demás de que la realidad que hemos ideado siempre ha estado ahí. Y vaya imaginación la nuestra, hemos trazado fronteras imaginarias. ¡Imaginarias! 

Ojo, que sean imaginarias no significa que quebrantarlas no tenga consecuencias. Y aquí aparece la pregunta que de verdad nos interesa, ¿cómo es capaz una línea imaginaria de determinar quién puede sobrepasarla y quién, por el contrario, debe aguardar al otro lado?

Al igual que las antiguas murallas medievales, las fronteras no solo tienen la función de proteger lo que reside en su interior: no hay que olvidar que las primeras murallas fueron cercados para el ganado, una línea divisoria entre el dentro y el fuera, ya sea por protección o control. También sirven para dar peso a la idea de los otros. Para clasificarnos y compartimentarnos, como los separadores de los cajones que dividen tenedores, cucharas y cuchillos. ¿Acaso la cubertería se pregunta por su pertenencia? 

young brown calf in wooden pen outdoors
Photo by Jonathan Córdova R. on Pexels.com

Fronteras líquidas

No obstante, las fronteras no suelen ser tan rígidas como los separadores. Las fronteras son líquidas, unas veces se ensanchan, otras se encogen. En ocasiones permiten la entrada de unos y limitan el paso a otros. A veces somos nosotros quienes tenemos que cruzarlas y otras son los otros. Su rigidez depende, en buena medida, de aquellos que sostienen la tiza y trazan la línea. Por ejemplo, Mufasa tenía reticencias a dejar entrar en su territorio a ciertos animales mientras que, por otro lado, Timón y Pumba recibieron con los brazos abiertos a Simba. Resulta curioso, el mismo Simba que aprendió desde la Roca del Rey dónde terminaba su reino acabó necesitando que otros no fueran tan estrictos con los límites del suyo.

A efectos prácticos, las fronteras son burocracia, geopolítica y control. Y la física precede a la humana, pero luego la barrera llega a la carne y nos convertimos en cemento, apilados en discursos como ladrillos en los muros. Nos olvidamos de que el mundo es nuestro para encorsetarlo entre fronteras y banderas. Dejamos de ser personas para ser meros instrumentos, ya sea con el dolor, el miedo, el odio o, en el peor de los casos, con nuestra propia vida. 

El miedo, el odio y la desesperación suman un arma infalible. Nos empujan a huir y a odiar al que huye en una barrera más fuerte que cualquier otra. No obstante, el país no lo hacen las fronteras, sino las personas que conviven en él, que se comunican en un mismo idioma, o incluso en varios. Que se respetan y se valoran. Que se entienden, comprenden y toleran. Que viven en harmonía y aceptan su identidad como parte de un todo, como el equilibrio de la sabana que le explica Mufasa a Simba; una armonía cuyas notas al piano nos recuerdan que es el ir y venir de culturas lo que escribe la historia de la humanidad, Un ciclo infinito que forma parte de nuestra esencia, como el Circle Of Life.

Fronteras líquidas: Mufasa en equilibrio con las aves.

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