El trono vacío

¡Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn!

Como nadie me conoce y pienso que no hay mejor forma de presentarse frente a un grupo de desconocidos que reconocer públicamente un defecto, una carencia o, en mi caso, el desconocimiento de algo que se da por hecho que todos deberíamos conocer, me expongo por primera vez ante el tribunal social. 

Hola a todo el mundo, soy Yeray y reconozco que he tenido que “googlear” qué significaba el Jueves Santo. Para quien no lo sepa, tras mi exhaustiva búsqueda en Wikipedia he descubierto dos cosas: la primera, que también se conoce como “Jueves Santo y Grande”, “Jueves de Alianza”, “Jueves Puro”, y “Jueves de Misterios”. Y, en segundo lugar, que es un día de la Semana Santa que conmemora el Lavatorio de los Pies y la Última Cena de Jesucristo con los Apóstoles, según se describe en los evangelios canónicos.

Me ha parecido un universo maravilloso. Al igual que sucede con Tolkien —o, hoy en día, con Sanderson—, a medida que empiezas a tirar de hilo se va abriendo un mundo cada vez más amplio; un espacio de vidrieras medievales protagonizadas por santos. Sin embargo, por muy patidifuso que me haya quedado, ya no dispongo del tiempo que le dediqué al Silmarillion a mis dieciséis. Como veis, soy sincero, no sé demasiado del tema y tampoco me sobra el tiempo para empezar ahora. No es que me sienta orgulloso de ello, pero tampoco me avergüenzo. Es la dura realidad que sufrimos hoy en día, fragmentar el tiempo y dedicarlo a las cosas que más nos interesan, dejando de lado aquellas otras que, por el contrario, no nos aportan tanto. El trono vacío. 

Pido disculpas, el Jueves Santo no era más que una excusa para hablar de lo que realmente me interesaba. Además, ya os he ofrecido un mini resumen de lo que significaba, así que al lío. Hoy en día, muchas personas, al igual que yo, no saben qué significan algunos de los días más señalados del catolicismo. Esto puede ser o no un problema, dependiendo de cómo se mire, pero revela dos aspectos de nuestra sociedad: el primero, nuestra falta de religiosidad y la apatía que nos despiertan ciertos temas; el segundo, el escaso interés, también institucional, por conservar aquellas tradiciones que, aunque muchos ya no practiquemos, siguen formando parte de nuestro paisaje.

Nunca me ha preocupado que no se haga mucho hincapié en la religión. Al contrario, lo agradecía. Pensaba: ¡mira qué bien, no me obligan a creer! Sin embargo, también soy culpable de haberme reído de los creyentes. Me expongo nuevamente y pido disculpas. En nuestra clase había un chico que quería convertirse en una figura religiosa y estudiaba para ello. En lugar de interesarnos, nos reíamos de él; le decíamos que se iba a perder a las mujeres —éramos preadolescentes que cotilleaban la Interview—. En cambio, cuando llegaba un alumno nuevo que practicaba otra religión, como el islam, solo mostrábamos una curiosidad absoluta: ¿por qué no coméis cerdo? ¿por qué hacéis el Ramadán? ¿por qué…? 

A todo esto, quiero señalar que el Estado se ha ido desligando, poco a poco, de cualquier religión oficial. Sin embargo, como sociedad, no podemos enterrar nuestro pasado, y me incluyo. No soy practicante, pero reconozco el peso de la tradición católica en nuestras costumbres, nuestros valores, nuestras festividades… Ahora bien, mi crítica, si cabe en este artículo, no es contra nadie en particular, sino contra la hipocresía. La hipocresía que ejercí contra un excompañero y que hoy se reproduce a gran escala. No juzgo; hago análisis. Soy el primero que abraza todo lo que pueda venir, siempre y cuando sea respetuoso y tolerante. No obstante —perdón por la propaganda—, no podemos tolerar la doble moral. 

Puesto que es la primera vez que escribo y no desearía enrollarme demasiado, terminaré con una reflexión sobre el trono de Dios que Nietzsche dejó vacío. Creo que, si bien por un lado puede ser un factor de frustración para muchos, para otros es una vía de libertad infinita donde acomodar, entre sus mullidos cojines, a la figura que más deseen. La ventaja —y lo recalco para quien no lo haya visto de esta manera— es que antiguamente solo había un trono; ahora hay cientos de miles.

En definitiva, no me considero practicante y dudo que algún día llegue a serlo. Solo quería refrescar, para aquellos que no lo supieran, qué significa el Jueves Santo y señalar la hipocresía de unos cuantos. Ahora sí, he de decir que, mientras existan el respeto y la tolerancia, que cada cual acomode en su trono a quien más le plazca. En mi caso, aunque el potaje de garbanzos con bacalao y las torrijas que hace mi abuela para la Semana Santa están de rechupete, puestos a elegir, siento a Cthulhu.  

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