Un juego que nunca quisimos jugar

En los últimos artículos me he mostrado extremadamente vulnerable. No dejaré de hacerlo. Soy vulnerable y siento que el mundo sería un poco mejor si no tuviésemos tanto miedo a serlo, porque las peores vilezas vienen de quienes, por el contrario, se sienten inmunes a todo, a las consecuencias, a la moral. En resumen, de quienes juegan con nosotros.

El mundo que conocíamos se ha derretido bajo nuestros pies. Han robado nuestra atención, se han adueñado de nuestras necesidades y nos han enfrentado unos contra otros. Entretanto, monopolizan el tablero y los recursos. Recursos que jamás debieron ser de nadie, sino de todos. Y fingen pelear entre ellos mientras que bajo los escombros se acumulan los cuerpos de los inocentes.

Primero fue África, el continente olvidado, al que nadie mira si no es para hacerse una foto con niños desnutridos —por culpa de los países autoproclamados el primer mundo—. Y, recordemos, África es inmensa, rica, llena de países y etnias. Pero la imagen que se ha promocionado es la de la pobreza, la de las guerrillas, la de la sed y la explotación —obviando de dónde viene esta—. El Tercer Mundo. Porque si es el Tercero, ya no es el nuestro. Todo es lejano. Nos muestran esas imágenes de pobreza para recordarnos lo afortunados que somos, pero también para promover un estereotipo que nos haga verlos como pobres desgraciados a los que ayudar con nuestro poder alienígena que despilfarra rayos eurocentristas. Y así, normalizando la desgracia, el conflicto y la explotación, el mundo entero miró para otro lado, porque aquel no era su mundo, sino el Tercero.

La cosa cambió en enero, con Venezuela, cuando sucedió algo similar, pero no igual: las redes, el idioma y la inmigración habían destruido fronteras. Ya no eran otro mundo, sino un mundo entre mundos, del que en parte ansiábamos una liberación. Pero el señor Zanahoria no buscaba la democracia. ¿Cómo iba a buscar democracia quien fue acusado de un intento de golpe de estado? El V-Dem ya advirtió de la rapidez con la que Estados Unidos estaba cayendo en autocracia y la última actualización, de marzo de 2026, lo avala con una puntuación negativa que no veía desde 1965 y remarca que «la pérdida de la libertad de expresión está al nivel de la II Guerra Mundial». El presidente de los Estados Unidos no buscaba libertad. Buscaba el oro negro, porque los recursos del planeta, de nuestro planeta —de todos— agonizan. Buscaba el Caribe, también, una ruta entre las Américas. Y cualquier otra ruta, porque todas deben ser suyas.

En ese punto, muchos no sabíamos cómo reaccionar. Intuíamos que aquel secuestro era el fin del orden internacional, que nos arrastraría. Pero también sentíamos cierto alivio, porque todos conocíamos a alguien que vivía en aquella tierra al otro lado del charco y éramos conscientes de su pesar. Sin embargo, ¿cuál sería el precio a pagar?

No tuvimos tiempo de procesar. Casi al instante, Zanahoria mostró nuevas cartas. Ahora, en Minnesota personas inocentes morían de manera injustificada, familias enteras fueron separadas y niños de cinco años secuestrados y llevados a centros que, quizá, no disten tanto de los Campos de Trabajo nazis como se aprecia en diversas investigaciones. Bruce Springsteen llenó las calles de la región de rock y resistencia.

Entonces, el Señor Zanahoria reclamó Groenlandia, cual niño pequeño encaprichado de un juguete. La ruta ártica y las tierras raras, según él, no fueron la causa. También se fijó en las protestas de Irán, donde se propuso intervenir por la libertad de las mujeres. Era extraño que las mujeres le preocupasen pese a estar acusado de violación, o de crear un decreto —aún por aprobar— que impide votar a gran parte de las mujeres estadunidenses. Muchos le creyeron, creo que lo siguen haciendo.

Lo de Groenlandia se sumó en un silencio incómodo, teñido por la sombra de cientos de archivos liberados donde se exponía las atrocidades de los ricos y famosos, incluido el Zanahoria. Todo el mundo se escandalizó con la lista Epstein, aunque ni un solo culpable pagó por sus delitos; y, entretanto, sucedió un acontecimiento discreto: el fin del New Start. El acuerdo que hacía que el mundo fuera un poco más seguro, y que Zanahoria, quien al no recibir el Nobel ya no necesitaba pensar en la paz, dejó pasar de manera deliberada.

De pronto llegaron los therians, adolescentes a los que las masas odiaban por jugar a ser animales. ¿Habéis visto a alguno? Yo no. Resultó extraño, una cortina de humo descarada que la gente siguió obediente hasta que ¡bomba! Israel y EEUU atacan Irán, Irán responde a sus vecinos, también Israel y EEUU. Europa no sabe dónde meterse; China se peina la perilla y Putin se parte de risa. Se cierra Ormuz, hablan de un artículo, no, de otro. España se planta, «¡No a la guerra!». Otros se suman, otros se enfrentan, Zanahoria amenaza. Marruecos se relame y se arma con el beneplácito anaranjado. Italia primero va, luego no. Macron muestra sus armas, Alemania se enfada. O no. Ahora va y ahora se queda.

Entretanto, la gasolina sube, y la compra, y tenemos miedo, señores. Y tenemos un miedo real, porque nuestro Primer Mundo se rompe, pero no olvidemos que el Ártico sigue ahí, atractivo por el deshielo, e Indonesia también está en conflicto. ¿Taiwán? ¿Qué ruta nos falta? Menos mal, el Mediterráneo está a salvo, porque en él se pasean las armadas de Francia, de España, de Italia, de Inglaterra, de Rusia. ¿Rusia? Claro, ahora también Rusia. Y Zanahoria le quita las sanciones, y en Europa estamos, perdón por el lenguaje, «con el culo al aire».

Seguimos las noticias, nos mareamos. Ya nadie puede creer que esto va de democracia. A lo sumo, habrá quien intente acogerse a ello, pero la autocracia jamás trajo la democracia. ¡Ah, no! Que dicen que es una guerra santa, que Irán era una teocracia, no como Arabia Saudí, aliado de Zanahoria. Y Zanahoria ahora está bendito, porque los líderes espirituales lo han bendecido, aunque el Papa de Roma dice que no, que Deus non vult. E Israel se adentra por tierra en el Líbano, reclama la Gran Israel, y ya nadie entiende nada, pero da igual, el espectáculo está servido con noticias esquizofrénicas, —citando a mi compañero Rodri, en modo reel, disonantes, patrocinadas por Palantir. Y, casi como para coronar la muerte de la razón, nos deja Jürgen Habermas y el mundo, por un instante, se detiene.

Habermas, quien fuera la voz de la razón, defendió el diálogo a través de la comunicación activa. Una comunicación que huyese de la polarización, de la propaganda y que nos hiciera libres a través del intercambio de ideas; llamó a la necesidad de traer de regreso los salones ilustrados, libres de prejuicios y unidos para lograr un mundo mejor, que nos pertenecía. Él, una de las voces más influyentes de Occidente, y que solo tenía 10 años cuando comenzó la II Guerra Mundial, ha dejado atrás un mundo que se derrumba sobre todo lo que ayudó a construir. Más doloroso es saber que su alumno, Alex Karp, en compañía de un tal Peter Thiel, utilizó las palabras del maestro para matar el diálogo y controlar el discurso mediante aquel gran ojo, ya mencionado, que todo lo ve a través de Internet.

En ocasiones me pregunto si estamos asistiendo al colapso de nuestra civilización. Es difícil ser optimista cuando el horizonte dibuja nubes de tormenta y sus rayos, televisados, se acompañan de gritos y muerte que la gente llora o aplaude como si fueran los goles de un partido de fútbol.

Pero si es un colapso, no será el primero ni el último. Antes hubo otros, como la época oscura que se disipó con las primeras democracias. O tras la caída del Imperio Romano de Occidente, cuando surgió una primera Edad Medi poco conocida, comunal y asamblearia, que no llegó a germinar por culpa de un régimen teocrático. La Segunda Guerra Mundial supuso otro colapso y se selló con millones de muertes, pero también con la proclama de los Derechos Humanos y el resurgimiento de las nuevas democracias.

Quizá, mientras el mundo que creíamos nuestro se desmorona, podríamos enfocarnos en construir el nuevo mundo que queremos que resurja de él. Porque los de arriba, tarde o temprano, siempre fracasan. Y cuando eso ocurre, somos nosotros quienes debemos reconstruir con más imaginación y menos fronteras.

Nos dijeron que la jerarquía y el orden eran la única opción; sin embargo, como otras tantas veces a lo largo de la historia, nos han mostrado su fracaso, asfixiado por el egoísmo y las ansias de poder. Quizás, hoy deberíamos armarnos de valor y mirar hacia aquel lugar oscuro y lleno de bruma en el que se oculta aquello que nos dijeron que nunca debíamos mirar, que era imposible, un caótico cuento de hadas. Un mundo sin ellos. Un mundo nuestro. Un mundo en el que replantear la utopía como un sentimiento que proyectar en el otro. Algo que compartir sin imponer.

Igual ha llegado el momento de no confiar en quien colecciona votos, sino en los nuevos salones públicos que propuso Jürgen Habermas. En rebelarnos contra la polarización, contra el espectáculo y contra la deshumanización. Volver a creer en el cuidado, en el grupo y en el verdadero intercambio de ideas. Un mundo en el que realmente la libertad de uno termine donde empieza la del otro y en el que predomine la búsqueda del consenso por encima de rivalidades patrocinadas.

Hoy el poder recae en unos pocos, pero el poder no es más que una ilusión a la que permitimos gestionar nuestro destino. En el día a día no somos un partido, ni siquiera representamos un país. Somos el panadero, la doctora, la persona que sale a pasear, quien ayuda a un desconocido sin pedir nada a cambio o quien toca la guitarra para embellecer el mundo. Como dijo el antropólogo David Graeber, «ya somos anarquistas o, al menos, actuamos como anarquistas, siempre que logramos entendernos unos a otros sin necesidad de amenazas físicas como método de imposición».

Podemos dar un paso más, romper algoritmos, democratizar sin pedir permiso y negarnos a asumir el rol que nos impusieron. Porque, aunque estemos en un juego que nunca quisimos jugar, el ajedrez tiene más peones que reyes.

Este cóctel os lo ha ofrecido Bárbara Muñiz-Pérez  (“La Hormiga Anarquista” en Bluesky)

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