Democracia en Modo «Reel»

Democracia: vamos a repasar la escena en cuestión. Creo que es interesante y oportuno ponernos en contexto.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, doña Isabel Díaz Ayuso, en su papel principal de actora —y muy buena—, realiza su monólogo para redes y, cuando está a punto de terminar… con acompañamiento orquestal incluido y al unísono con el resto de su séquito, se dirige a la bancada del grupo de izquierdas situada frente a ella:

«¡Repetid conmigo! ¡Sois unos aburridos!»

Para sorpresa de toda la oposición, que responde entre gritos, sorpresa y carcajadas.

Pero creo que todo es mucho más profundo. Que hay trasfondo. Que si acercamos el zoom político y filosófico podemos extraer más información de lo que, a simple vista, parece.

Antes de entrar en materia, me gustaría que visualizáramos juntos ese momento —ciertamente peculiar—: una reunión previa a la asamblea, todos a coro, y como directora de orquesta nuestra amiga Ayuso, con un boli Bic en la mano, coordinando:

«¡Y a la de una, a la de dos, a la de tres, respondéis conmigo, chicos! ¡Sois unos aburridos! Y tú, Jaime, el que hace de árbol en aquella comisión… ¡tú también, eh! ¡No me falles!»

En fin. El momento es, cuanto menos, especial.

Pero vamos al meollo. A lo que nos ha traído hasta aquí.

Y no: esta vez no nos vamos a aburrir.

La izquierda lleva ya tiempo separada de las pulsiones sociales. Lleva tiempo alejada de lo que se cuece en la calle. Es normal: después de dos legislaturas gobernando, ya no tenemos la pulsión de antes. Nos hemos convertido en parte del sistema, en parte de lo que “odiábamos” o, dicho de forma más técnica, padecemos fatiga de gobierno.

Eso no significa que no se esté trabajando dentro de marcos progresistas. El trabajo es visible y notorio. Pero ya no tenemos el mismo “punch”.

Yolanda ya no cautiva como antes. Ha pasado de ser la sindicalista, hija de un histórico luchador obrero, a ser la ministra de Trabajo. Yo, que estoy en temas sindicales, puedo decir que el trabajo —aunque insuficiente respecto a los objetivos que nos marcábamos— es notorio. Hoy mismo los sindicatos han firmado otra subida del salario mínimo interprofesional.

Y aunque a algunos les pese, España no se ha hundido. Al contrario: estamos en máximos históricos de trabajadores y, sobre todo, la precariedad juvenil es menor que antes.

Creo que ya me he regalado suficiente.

Vamos a la crítica, que en eso las izquierdas siempre hemos destacado.

Antes hablábamos de un tema crucial: la conexión.

Aquí es donde las redes sociales y el marketing político juegan un papel fundamental.

La derecha —y la extrema derecha— lo ha vuelto a hacer: han vendido de nuevo el discurso refrito de que todo es culpa del inmigrante, que hemos llegado demasiado lejos y que debemos retroceder porque nada es como antes.

El lavado de cara que se hace en redes a nuestro pasado forma parte de una estructura de marketing destinada a vender lo que el fascismo ya vendió en el siglo pasado: que el racismo, la xenofobia y la masculinidad fuerte son lo “cool”, lo atractivo, lo nuevo.

Así, dentro de estos nuevos paradigmas visuales, argumentativos y filosóficos, ser de extrema derecha aparece como algo moderno.

Ya lo fue en su momento: las cafeteras Bialetti, con el uso del aluminio, simbolizaban modernidad, velocidad y diseño. El esplendor del Fascio y lo “italiano” se asociaban a progreso, conquista y expansión. Todo debía ser moderno, rápido, intenso… como el café.

Rápido y moderno.

¿Os suena?

Los vendehúmos de la política —presentados como politólogos— no son consejeros: representan el intrincado vínculo entre política consumista y redes sociales.

Allí todo debe ser rápido. Todo debe ser viral. Las palabras más gruesas deben consumirse en los tres primeros segundos del reel para provocar al consumidor-votante:

que reaccione,
que comente,
que dé “like”,
que comparta,
que viralice.

En definitiva: que se divierta.

Y en eso estamos: la política se ha convertido en un producto de telemarketing. Un producto que no viene a solucionar nuestros problemas; viene a divertirnos, a sorprendernos, a impedir que pasemos al siguiente reel… para quedarnos a ver si dice alguna barbaridad más.

Y sí, queridos lectores y compañeros de viaje: tenemos que entrar al trapo, no nos queda otra alternativa que utilizar las herramientas que nos han dado, aunque a mi personalmente no me gusten. Pero mi opinión aquí en este artículo no pinta nada.

Nuestros referentes políticos de izquierdas —vendedores de impresoras— lo han entendido muy bien. De hecho, nos miramos en ellos como futuros símbolos de una supuesta cruzada contra el “fascismo”.

Pero nuestra cruzada no es contra un supuesto fascismo. Nuestra cruzada es contra el pensamiento consumista de la política.

¿Cómo vamos a convencer a nuestros votantes de que la política es aburrida?

¿Cómo vamos a decirles a nuestros compañeros de viaje que vuelvan a las largas asambleas, a los parlamentos, a la lectura, a la filosofía, a las cervezas, a las luchas sindicales y a tantas otras cosas maravillosamente aburridas… si lo bonito, lo cool, es ver vídeos virales de zascas entre Gabriel Rufián y el pijo jovenzuelo de Vox con esteroides que, si se descuida —con el cabreo permanente que lleva encima—, no va a llegar a los treinta?

Pero tampoco todo es negativo.

La extrema derecha lo ha entendido muy bien: lo importante no es el producto; lo importante es cómo lo envuelvas… y, sobre todo, que lo vuelvan a comprar.

¿Lo entenderemos?

¿Seremos capaces de envolver ese producto? ¿Seremos capaces de rellenar una caja bonita con precioso lazo? Pero sin contenido..

Veremos…

Pero cuando la democracia se convierte en espectáculo, el ciudadano se convierte en mero espectador.
Y eso no es democracia: es autocracia.
Ya han ganado.

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