¡Yo creo en las hadas! Manifiesto contra el adultocentrismo

Hay una escena de Peter Pan 2003 que me hizo llorar de emoción. Me refiero a aquella en la que Campanilla muere y, como un leve susurro, Peter Pan comienza a entonar el mantra «yo creo en las hadas». Palabras apagadas, bañadas por lágrimas, que se contagian de unas voces a otras hasta convertirse en un reclamo, una energética percusión que traspasa las fronteras de Nunca Jamás. Y sí, gracias a ello nuestra adorable psicópata recupera la vida —recordemos que las hadas son tan pequeñas que en su corazón «sólo tienen sitio para un sentimiento a la vez» (Barrie, 2006, p. 112)—, pero es mucho más significativo: ese canto nos devuelve la esperanza.

Por eso mismo, para mí, el grito «yo creo en las hadas» no es una confesión, sino una vindicación de la magia y de la infancia, de los sueños y de la esperanza en un mundo que se nos presenta gris, en el que todo está dicho y en el que el adultocentrismo, que pone el foco en las obligaciones de los adultos y desprecia el reino infantil, nos ha robado algo muy importante, algo que ni siquiera somos capaces de nombrar. O sí, quizá parte de algo se halle en el juego, en disfrutar sin esperar nada a cambio, en soñar despiertos, creer imposibles e imaginar utopías.

1.  El valor del tiempo ha de ser proporcional al disfrute

Michael Ende nos advirtió: los hombres grises de Momo están entre nosotros, compran nuestras horas a cambio de productividad y al final del día somos un poco más viejos. Aun así, apenas dormimos, porque ni siquiera el tiempo de reposo nos pertenece y lo invertimos en el scroll infinito hasta que nuestros párpados ceden. Cuando nuestras rodillas estén cansadas, los huesos agrietados y las neuronas inicien su descenso a la locura, de nada nos habrá servido ser el caballo más fuerte, el eterno obrero de un molino inacabado que jamás pudo disfrutar de su merecido reposo —exacto, me refiero a Bóxer, el personaje más doloroso de la obra orwelliana Rebelión en la Granja—.

Quienes estudiamos Humanidades luchamos contra los hombres grises cada vez que alguien nos pregunta «¿y eso tiene salida?», como si todo debiera servir necesariamente a un fin útil en el que la diversión y la emoción son meras distracciones. Porque dedicarse a lo que te llena pese a que te ofrezca pocas salidas está mal visto. ¿Por qué las personas malvendemos nuestro tiempo? ¿Por qué confundimos el medio —el dinero— con el fin —el tiempo—? Y, más inquietante: ¿por qué mostramos orgullo de haber caído en la trampa del adultocentrismo? Un adultocentrismo insidioso que nos obliga a correr por las mañanas y buscar una inmediatez que nos haga ahorrar tiempo —un tiempo que no es nuestro— hasta en el ocio, porque en gran parte de las películas actuales, si no sucede algo constante se hacen tediosas.

Existen excepciones, elixires mágicos que nos permiten disfrutar sin mirar el reloj, casi siempre en ese reino infantil, tan infravalorado por los adultos. El ya mencionado libro de Momo, un libro que, en mi opinión, todo adulto debería leer, y recientemente la película Flow, un viaje maravilloso a través de los sentidos sin necesidad de diálogos. Una película en la que los protagonistas son animales, y no animales antropomorfizados, sino como los animales que son. Una película que disfrutar por sí misma.

2.  Un juego siempre es mucho más que un juego

Pocas cosas hay más complicadas que arrancar a una niña o a un niño del juego en el que se haya sumergido. Jugando son invencibles, se enfrentan a dragones y otras criaturas o hasta entablan amistad con los monstruos más horripilantes. Sin otro objetivo que el entretenimiento, se entrenan sin ser conscientes para la adultez. Los gatos juegan a cazar, yo tuve una cotorra que jugaba al escondite —y a destrozar teclados, pero eso es otro asunto—. El juego es parte de la naturaleza, sí, pero está limpio de objetivos. Y mediante el juego alimentan la imaginación. El adultocentrismo se empeña en convertir los juegos en competición, a educar para la vida a través de las victorias y las derrotas. Todo debe ser práctico, pero… es que el juego ya es práctico sin necesidad de intervención.

Espero que podáis perdonar que aluda a lo personal: mi hija mayor, cuando tenía cuatro años pidió una caja para Navidad. Una caja grande. No pidió nada más. Obvio, la recibió, y entre otros tantos regalo la caja fue su favorito, porque lo era todo. Podía ser una televisión en la que dar el noticiero, una casa, un teatro de marionetas —hechas con calcetines—, un barco, un portal mágico. No pidió un producto, pidió el juego infinito. El juego libre. En palabras de Walter Benjamin, «nadie es más sobrio que el niño frente a los materiales: un trocito de madera, una piña, una piedrita llevan en sí, pese a su unidad, a su sencillez, un sinnúmero de figuras diversas (…). La imitación es propia del juego, no del juguete» (Benjamin, 2015, p. 21).

Os invito a observar durante el juego. Los personajes que crean, las distintas personalidades, cómo se ayudan y se consuelan. ¿Qué me decís del juego en el parque? Los adultos, cuando llegamos a un lugar desconocido nos atrincheramos y solo nos abrimos con quienes creemos que podemos encajar. En el parque no hay diferencias. Da igual si nunca se habían visto, si visten o parecen diferentes. Los niños solo ven el juego.

No quiero parecer ilusa: es cierto, a partir de cierta edad la mayoría de los niños se convierten en pequeños adultos que reproducen los mismos estigmas que ven en los adultos. Pero eso no es válido para peques de tres, cuatro o hasta cinco años que se ven todos como parte de una misma comunidad y que ni siquiera necesitan compartir idioma para pasar horas jugando sin cansarse. Porque por encima de las palabras y las creencias adultocentristas, la imaginación emplea su propio lenguaje.

3.  La imaginación es refugio, alimento y creación

A veces me pregunto si muchas de las religiones e ideologías se alimentan de las cenizas de Fantasía, como si las creencias socialmente aceptadas fueran un clavo ardiendo al que asirse antes de que la Nada se nos lleve por completo. Porque hay algo hermoso en creer por creer y vivir con la cabeza en las nubes. Pero, qué paradoja, cuánto más se aleja la cabeza de nuestros pies, más nos aferramos al suelo… Y, si por un segundo, te olvidas, pronto alguien te recordará que aterrices. Porque los adultos deben vivir con los pies en el suelo, no perder el tiempo soñando despiertos, dejarse de cuentos y ocuparse de asuntos serios.

Aunque… En la tradición oral los cuentos, los mitos, no tienen tanto que ver con la edad. Son una forma de memoria colectiva que perdura a través de los siglos. Los cuentos nos han acompañado desde nuestra infancia, tanto individual como de especie. La fantasía es un lenguaje abstracto, el alimento de cualquier arte. Es el lugar en el que nos refugiamos cuando el gris nos invade. También es el lugar en el que se hace la magia, donde nacen los proyectos alocados, las grandes obras o las teorías más insólitas, que a veces, después, incluso se materializan. Así que sí, la imaginación es el fuego de nuestra civilización, pero, aunque no fuera así, yo tampoco renunciaría a ella, porque no hay nada más aburrido que un mundo sin magia.

«Por supuesto que yo —como la mayoría de los hombres sensatos, siempre y hasta el día de hoy— creo en ángeles, demonios y en un universo espiritual, jerárquicamente ordenado, de inteligencias y seres de los más diversos géneros. Lo hago porque estoy convencido de que el arte y la poesía de todos los tiempos y de todos los pueblos se acercan mucho más a la verdad que la triste imagen de la realidad de lo solo-demostrable, una realidad que en el mundo de hoy pretende ser lo único cierto. Y si yo no tuviese cien otras razones que apoyasen esta convicción mía, me bastaría la siguiente: que la imagen actual de lo solo-demostrable, pese a su inmensa complejidad, es en último término, pura y simplemente, aburridísima» (Ende, 1994, p. 39).

4.  Más allá de la lógica

Últimamente, cuando leo artículos de ciencia y filosofía me siento más niña que nunca. Jamás pensé que grandes autores pudieran explicar con tanta contundencia las cosas que yo ya sabía de pequeña y que todo el mundo se emperraba en arrancarme.

Muchas veces discutí por el sufrimiento animal, insistí en que las personas éramos animales y en cómo estos sufrían. Pero el adultocentrismo es antropocéntrico por naturaleza y no contemplaba esa opción. «Los animales no piensan» me decían. «Claro, no piensan como las personas —contestaba yo—, sino como lo que son. No podemos entrar en su mente». Esa discusión aún perdura hoy, pero cuando leí ¿Qué se siente al ser un murciélago? de Thomas Nagel, reconocí escrito aquello que de pequeña no supe explicar. Podemos imaginar, pero no saber con certeza. Algo similar sucede en el reino de las plantas, en el que los últimos experimentos han respaldado una comunicación y sensaciones en el reino vegetal. El antropocentrismo se derrumba, pero su hijo, el adultocentrismo, pervive.

A veces siento que los grandes tratados de filosofía surgen de niños y niñas encerrados en cuerpos de adultos que luchan contra el adultocentrismo camuflándose en él. Retornan a sus primeras ilusiones, viajan al País de las maravillas y a través del espejo, para descubrir que a veces es necesario pensar lo imposible, como hacía la Reina Blanca antes del desayuno. No deja de ser revelador que, para Nietzsche, el superhombre sea un niño jugando en libertad.

5.  La Utopía es de colores pastel

Siempre se ha considerado la utopía como un deseo infantil, inmaduro y poco realista. Los adultos hemos perdido la esperanza y asumido que la utopía sólo se consigue al coste de la distopía. Ambos conceptos siempre están entrelazados, dos caras de la misma moneda.

Y sí, es posible que así sea. El mundo es adultocentrista, adiestrado en el ego, en el poder, la arrogancia y la competencia. Sin embargo, la utopía —la verdadera utopía— solo puede surgir del juego, de la imaginación inocente que no es capaz de ver más allá de la burbuja.

La utopía puede pensarse en el parque, en el colegio —¿o quizá es ahí donde empieza a desmoronarse?—. Sea como fuere, los adultos hemos perdido la capacidad de producir utopías, a la vez que hemos perdido habilidades para imaginar, soñar y pensar imposibles. Si existe una posibilidad de utopías, esta es de colores pastel, libre del monocromático adultocéntrico.

Por tanto, una vindicación de la infancia pasa por atreverse a imaginar más allá de la utilidad, sin miedo, y dejar que unos sueños se entrelacen a otros a través de la empatía. Hoy «vivimos en el capitalismo. Su poder parece inevitable. Del mismo modo que parecía inevitable el derecho divino de los reyes. Cualquier poder humano puede ser resistido y cambiado por los seres humanos» (citada en Colleoni, 2014), pero para ello debemos liberarnos de los grilletes impuestos, y eso solo puede lograrse tras el valor de imaginarlo.

No hay límite de edad para ser joven

Este manifiesto es para adultos y está dedicado al niño o niña que aún late en ti. No pretendo romantizar la infancia ni empujar a la inconsciencia, sino ofrecer un acto de resistencia contra el asfixiante adultocentrismo, porque podemos aprender tanto de la infancia como la infancia de la adultez. Lo imposible no es más que lo que aún no se ha conseguido. No, no digo que todos podamos lograrlo todo, lo siento, ojalá, pero me niego a hacer apología del capacitismo. Pero sí que todo puede lograrse, que soñar no es malo, aunque sea en supuestos imposibles, porque a veces es más bonito soñar con volar que volar en sí mismo. Y a veces, esos sueños son el germen de la utopía.

Peter Pan decía que «los niños de hoy en día saben tantas cosas que dejan de creer muy pronto en las hadas, y cada vez que un niño dice: “Yo no creo en las hadas”, en alguna parte cae muerta un hada» (Barrie, 2006, p. 98). Cada vez que un adulto deja de soñar, muere la esperanza y con ella una semilla de infinitas posibilidades.

Así que juguemos, leamos cuentos infantiles y recuperemos esa mirada mágica, contagiosa. Aprendamos de lo que fuimos y de los que vienen. Porque a veces, cuando el adultocentrismo avanza como la Nada, el grito «¡yo creo en las hadas!» es el mantra que necesitamos para recuperar la magia, resistir y crear.

Este cóctel os lo ha ofrecido Bárbara Muñiz-Pérez

Bibliografía

Bachelard, G. (s. f.). La poética de la ensoñación.

Barrie, J. M. (2006). Peter Pan. Valdemar.

Benjamin, W. (2015). Historia cultural del juguete. En Juguetes. Casimiro Libros.

Colleoni, M. (2014, diciembre 7). Ursula K. Le Guin. Discurso National Book Awards 2014. arsenaldeletras. https://arsenaldeletras.com/2014/12/07/ursula-k-le-guin-discurso-national-book-awards-2014/

Ende, M. (1974). Momo. Círculo de lectores.

Ende, M. (1994). También es una razón (C. Gauger, Trad.). En Carpeta de apuntes. Alfaguara.

Ende, M. (2002). La historia interminable (M. Sáenz, Trad.). Alfaguara.

Hogan, P. J. (Director). (2003). Peter Pan [Video recording].

Zilbalodis, G. (Director). (2024). Flow [Video recording].

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