Quiero empezar estas pequeñas líneas que me otorga este espacio para reflexionar sobre las palabras y el poder que tienen para comunicar. Pero no solo eso, sino también el poder que tenemos todas y todos para hablar con nosotros mismos. Me gustaría que tomaras unos minutos para contestar esta pregunta: ¿qué significa la democracia? O ¿qué significa libertad?, que, por supuesto, son dos palabras intrínsecamente ligadas.
Estamos en un momento en que las palabras tienen dobles sentidos, incluso triples sentidos. Es el gran poder de las palabras: estos términos, que son tan personales como comunitarios, tienen tantos significados como personas hay en el mundo. Y este es el problema y la virtud de las palabras: que son personales y colectivas a la vez.
Libertad, por ejemplo. Qué gran palabra, pero tan manoseada en estos tiempos… Confirmo y me sumo a la gran Victoria Camps, filósofa de cabecera para quien escribe, cuando dice que la libertad reducida a puro egoísmo no es libertad. Todas y todos sabemos de qué hablamos cuando algunos utilizan la democracia para reclamar “qué hay de lo mío”.
Lo mismo ocurre con la palabra democracia. Vemos constantemente cómo está siendo modificada, cómo aquella idea de parlamentarismo, de igualdad y fraternidad, se ha convertido en un ideal donde gana el más fuerte, gana quien tiene el “punch” más directo, quien insulta. Todo se resume en un tuit o en una tarjeta que le ha escrito el politólogo de turno del partido antes de salir a dar su discurso. Fijaos que he dicho “a dar el discurso”, y no “a parlamentar”, que es lo que debería hacerse en un parlamento.
Siempre he sido una persona que cree mucho en el ser humano, me lo creo. En lo que no creo es en el sistema que nos hemos dado, un sistema cuyas raíces más profundas se hunden en el conflicto constante. El sistema económico que tenemos se adentra en los errores más inhumanos del ser: intentar acaparar más que el resto y, con esa acumulación, encontrar la supervivencia de la sociedad en el hundimiento de lo que tienes delante.
¡Aceptémoslo! No pasa nada… Todos, absolutamente todos, hemos adoptado este sistema como el eje de nuestras vidas, un sistema que no nos deja mirar más allá de nuestras narices y de nuestra cuenta corriente y que, incluso, el más progresista ni ve ni quiere ver que el sistema falla, que las grietas sociales son cada vez más grandes, que los problemas psicológicos que nos supone este contexto político y social nos empujan cada vez más hacia fármacos para curar algo que solo puede curar una cosa muy sencilla: el cambio de sistema.
Pero tenemos delante personas que, con mucho oportunismo, han sabido subirse a la ola del sistema (como ya se ha hecho antes) y encontrar el momento ideal para culpar al más débil, al diferente, a la mujer y, por qué no, al político, porque creedme, el capitalismo está construido sobre crisis constantes. El sistema, queridos lectores, está acabado. Dejamos atrás el sistema liberal económico de libre mercado (si es que alguna vez ha existido) para adentrarnos en un nuevo momento: el capitalismo feudal. Ya lo hemos visto semanas atrás con fotos de grandes ejércitos y manos que se estrechaban mientras otros se dedicaban a disparar a “lanchas de narcotraficantes”. El mundo vuelve a moverse en ejes de grandes señores feudales y, mientras tanto, en Europa miramos las estrellas.
Todo, lógicamente, dentro de un eje reaccionario en el que las libertades que nos habíamos dado entre todos —donde esa libertad era solidaria, parlamentaria y democrática— están retrocediendo.
Queridos, no es una amenaza lo que vivimos. Una amenaza se puede detectar si viene de fuera, de alguien que no conocemos. Pero, en este caso, la amenaza somos nosotros mismos y también la solución. No hemos sido capaces de ampliar las miras políticas, no hemos tenido ambición y tampoco, tal como dice un gran amigo y filósofo, el colega Txesko, no hemos sabido ser irracionales en algún momento. A veces, en política, nos hemos encerrado en tecnicismos, en “guardar las formas” antes de hacer daño. Toda revolución, todo cambio, conlleva ciertas violencias, lo que no significa llevarlas al extremo, sino que muchos de los cambios necesarios en este momento no se llevarán a cabo si no es con convicción y un cierto punto de irracionalidad.
Como comentaba en el párrafo anterior, debemos entender que lo irracional proviene de la catarsis de los sentimientos y de las emociones, que todo desemboca en comprender lo humano del momento, y que esta comprensión no nos puede ser ajena. Creo que esto es lo que no hemos terminado de entender: que, desde las fuerzas progresistas, nos hemos desvinculado de lo humano; hemos entrado en una catarsis alienada. Si Marx levantara la cabeza… ¡Fijaos hasta qué punto estamos en la lona y en KO técnico! El proletariado, las clases trabajadoras, ya no votan progresismo; aquellos famosos cinturones “rojos” ya no existen. Algo no estamos haciendo bien.
Porque ante el cambio de sistema que las extremas derechas proponen (ellos sí tienen un proyecto que ilusiona), nosotros no estamos, ni tampoco se nos espera.