Con la llegada del Coronavirus todos hemos tenido que añadir ciertos cambios a
nuestras rutinas, y la escuela como institución pública (o privada) y, ante todo, social no
se queda atrás.
Nos encontramos ante un panorama insospechadamente nuevo, jamás valorado ni
vivido antes, y los esfuerzos por adaptarse a la situación hace resoplar hasta los
pulmones más resistentes de los docentes: “¿Cómo trabajar a distancia con mis
alumnos”?
Para muchos, la educación on-line o a distancia ha sido la primera remienda, pero…
¿realmente esté preparada la escuela para darse de modo no presencial?
Como maestra, y forzada a trabajar a distancia con mis alumnos, he sido testigo de
cómo este tipo de educación deja al margen a muchos niños y niñas. Valoremos: ¿Qué
pasa con aquellos alumnos que no cuentan con un dispositivo electrónico para trabajar
(una Tablet, un ordenador…)? y ¿Deben ceder sus padres, a pesar de haber luchado
horas y horas con su hijo para que no se ponga siempre frente a la pantalla, a que ahora
este sea su nuevo modo de “ir a la escuela?”. Hay que tener en cuenta que la educación
a distancia (sobre todo en educación infantil y primaria, más concretamente) comporta
que la participación de los niños y niñas en la escuela on-line venga mediada por su
familia: sus padres le encenderán el ordenador, en el caso de los más pequeños, les
explicarán los “deberes” que la maestra ha enviado por mail, les ayudarán a hacerlos
intentando que los resultados sean los mejores de la clase (o no) y, cómo no, a
enviárselos de vuelta a la profesora. Con este método, la maestra se ve obligada a hacer
una evaluación de los resultados de sus alumnos distinta; acostumbrados a la evaluación
continua y a evaluar el proceso más que el resultado en sí… ¿Nos vemos obligados a
cambiar para valorar solamente los resultados que ni siquiera dependen directamente del
alumno, sino de la disponibilidad e implicación de la familia? ¿Cómo suspender a un
niño, cuando sabes que si no te ha mandado la tarea no es por su falta de ganas?
Opino que la educación a distancia va mucho más allá de enviar deberes telemáticos,
pero la escuela, arraigada en el trato personal, dista mucho de disponer de las
herramientas adecuadas para hacer una educación no presencial de calidad (pensando
especialmente en las escuelas de infantil y primaria). Además, teniendo en cuenta que se
trata de una manera de educar que emerge de una pandemia… ¿qué pasa con aquellas
familias que andan preocupadas por sus familiares enfermos?, ¿hasta qué punto se les
puede exigir que, además de por lo que están pasando, deban remangarse más que nunca
y ponerse codo con codo a trabajar con su hijo?
Todas estas cuestiones se deben valorar antes de la defensa de una educación en la que
se piense que una educación a distancia es lo mismo que una educación sin barreras. Sin
duda, las dificultades están ahí, y hay que ser conscientes de la característica
imprescindible de la presencialidad en las primeras etapas de la educación, en la que la
escuela cuenta como uno de los principales agentes de socialización de los alumnos.