El problema de la vivienda
- 1 de octubre de 2026. Coctelera: Eneida Romero
Parece que hay cierto revuelo en las calles, donde protestan los de siempre y, también, en las conversaciones de café. Pero no es una crisis nueva, ya que la vivienda es un problema lo sabemos desde hace siglos.
Ahora parece que la forma del nuevo monstruo que hemos creado entre todos se nos aparece de manera más evidente y ya nos deja ver sus formas y características. Sus consecuencias ya son difíciles de ignorar, pues ha creado una sombra que nos alcanza a la mayoría. Precios desorbitados, que suben más que la capacidad de ahorro de la población. Alquileres que impiden, no solo el ahorro a las familias, sino también llegar a fin de mes. Y todo esto unido a una bolsa de la compra que no deja de subir.
Todas las necesidades que creíamos básicas a precio de lujo y nosotros a tragar, porque el pan no está todavía suficientemente duro como para matarnos.
Y entre tanto, parece que se nos desmonta la base de la pirámide de Maslow que ya creíamos poseer como derecho innato y no como conquista diaria. Vivienda, alimentación, salud, educación, trabajo y recursos económicos, relaciones sociales, seguridad, derechos y participación… Parece que todo lo importante está en permanente crisis.
Pero ahora vamos a centrarnos en la crisis de vivienda actual: esta, en mi humilde parecer, es diferente a la del 15M. La gente no está tan evidentemente jodida, porque por ahora no tiene tanta deuda como entonces. Su dinero ya no les rinde lo mismo, pero solo están incómodos, no ahogados. Además, están ocupados en sus trabajos y tratando de mantenerse en un estatus, que no quieren arriesgarse a perder, o bien, que sea peor que el de sus desconocidos vecinos y amigos.
Creo que es más una crisis «silenciosa» y que nos quedan mínimo tres añitos de estancamiento del mercado inmobiliario si no hacemos algo radical. Digamos que, es más, una isla del Pacífico que mengua cada año que un tsunami que la arrasa.

Precios altos, gente sin prisa para vender y personas que vienen de otras zonas con gentrificación a infectar un círculo cada vez más grande, porque claro, estos pueden pagar los precios que son altos para los residentes.
Yo misma compro viviendas para restaurar y no me encuentro empresas pidiendo de más, o compitiendo con grandes fondos de inversión. Más bien particulares, personas, queriendo sacar más por ruinas para ganar más que el vecino.
No por ello creo que la gente salga a la calle, o, mejor dicho, tenga el apoyo social suficiente, sobre todo si seguimos centrando las protestas en las capitales. Creo que, ante una nueva era, hay que crear nuevas formas de protesta y movilización. La gente está ocupada para gritar en una plaza, pero no para mirar el móvil. Por ejemplo, la extrema derecha está sabiendo utilizar esta herramienta de forma extraordinariamente eficiente.
Creo que para acabar con esta crisis hay que acabar con el concepto de «clase media» actual y volver a algo parecido a la clase trabajadora y su simbolismo social. Es importante revisar eso que llamamos «clase media» y lo que ha significado para todos. El concepto no nació exactamente como lo entendemos hoy.
Durante mucho tiempo, hablar de clase tenía que ver con el lugar que ocupabas dentro de la estructura económica y las relaciones que mantenías con quienes poseían el capital y con quienes trabajaban para ellos. Con el tiempo y con la ayuda de algunos interesados iluminados, la «clase media» dejó de ser para muchos una posición económica concreta y se convirtió en una identidad: tenemos una casa, un coche, estudios, vacaciones, algún ahorro y la posibilidad de comprar ciertos lujos, aunque muchas veces fuera con créditos, así que no somos clase trabajadora.
Nos convencieron de que habíamos dejado de ser trabajadores para convertirnos en pequeños propietarios, consumidores y, quién sabe, quizá algún día… ¿también inversores?
Y a mi parecer, ahí empezó parte del problema. Porque mientras nos identificábamos como trabajadores podíamos reconocer intereses comunes; cuando empezamos a identificarnos como clase media, cada uno pasó a preocuparse por conservar su pequeño espacio dentro de ella.
Ya no queríamos cambiar las reglas del juego, porque supuestamente… ya lo teníamos todo. Queríamos asegurarnos de no caer de categoría.
La vivienda es un buen ejemplo: no solo queremos poder vivir en una casa, también queremos que nuestra casa conserve o aumente su valor. Y así podemos acabar defendiendo como propietarios aquello mismo que denunciamos como compradores o inquilinos.
Quizá recuperar cierta conciencia de clase no signifique volver al siglo XIX, sino recordar algo mucho más sencillo: que antes de ser propietarios, consumidores o inversores, seguimos siendo personas que trabajan para vivir.
Las empresas, los supuestos responsables de dar trabajo, que al parecer son los nuevos nobles que dirigen los estados, nos ven como clientes, no como personas. Entonces, aceptemos este papel con orgullo y seamos clientes maduros, al estilo de Kant. Por ejemplo: no podemos quejarnos del papel de los bancos y seguir depositando nuestro dinero en ellos para que inviertan en lo que no nos parece bien y nos perjudica.
Eso nos hace cómplices.
Ya que estamos, tampoco podemos quejarnos de sus trapicheos si, como pueblo, los hacemos si tenemos la oportunidad. Puesto que tenemos a los líderes que nos representan ¿o los que nos merecemos?
Utilicemos las redes para crear campañas que cambien el mundo desde la comodidad del hogar, igual que lo hacen otros desde sus cómodos despachos. Creemos campañas masivas de boicot contra ellos; de nada sirve protestar en las calles si les apoyamos con nuestro capital.
Busquemos alternativas; por ejemplo, elijamos bancos éticos que ya existen. Uno a uno, familia a familia, saquemos nuestro dinero de las empresas que nos oprimen. Nosotros somos el mercado, y es nuestra responsabilidad como colectivo humano, dejarnos de individualismos que solo nos llevan a la frustración y el desamparo.
Empoderémonos para moldear nosotros esas “leyes del mercado”. Se supone que los mercados se autorregulan mediante las decisiones de quienes participan en él, pero, nos hacen creer que son fórmulas lejanas e indomables, fuera de nuestro alcance.
En conclusión, la crisis de vivienda es otro síntoma de una transformación social más profunda, pero nuestra manera de responder colectivamente, sigue siendo la del siglo XX. El problema no es que la sociedad esté suficientemente desesperada para rebelarse, sino que está suficientemente incómoda para adaptarse.
Es por ello, que para lograr el mundo que creemos justo, debemos crear nuevas formas de lucha y presión, más pacíficas y cotidianas, pero no por ello menos agresivas.
Creemos propuestas descentralizadas, que no haga falta que alguien convoque a 20.000 personas en una plaza. Cada individuo puede actuar desde su propia vida, y la suma de esas pequeñas grandes decisiones, llevadas en conjunto, generará mucha más presión y daños a un sistema que se adapta y crece más rápido que nosotros.
Perdón por la brasa, solo soy una persona, un “cuñado” más, algo desencantada y sin redes sociales… quizás, debería opinar menos, abrirme una cuenta en cada una de las redes sociales de moda para estar entretenida y quietecita y por qué no, buscarme un buen tutorial sobre maquillaje que me ayude a seguir disimulando lo duro que está el pan, poniendo buena cara.
Este cóctel os lo ha ofrecido Eneida Romero, a 2 de octubre de 2026