Había una vez un bol de sopa, donde la pasta flotaba en el espeso líquido, al ritmo que marcaba el vaivén de la cuchara.
En la pizarra del menú, ponía:
Sopa de fideos

El pequeño trozo de pasta no sabía leer, pero se dio cuenta de inmediato que no era, en su ser y forma, un fideo, fino y alargado, de 2 a 4 minutos de cocción.
Más bien, era la P sin cerrar de un «porqué».
O quizás, una Q, con el palo demasiado largo, de un «quiero».
Incluso una T torcida de «tristeza».
¿Sería una A sin una pata que quería amor, o era alegría?
O una C, demasiado cerrada, de comprensión
O… Por más que se retorció no consiguió verse con claridad.
Era inevitable pensar que estaba en un plato de sopa, donde todos los otros eran fideos, y él, una letra rara y diferente que se coló en el embalaje equivocado.
¿Podéis entenderle? Quién no se ha sentido el macarrón en el plato de espaguetis. Especial, raro y diferente a la vez, pero recordad, igual de delicioso, si te gusta la pasta.
De repente se asustó, porque esto… da miedo.
¿Acaso estaba sólo?
Primero trató de refugiarse en un rincón, por desgracia los boles de sopa no tienen rincones.
Frustrado y sintiéndose rodeado, intentó disimular estirándose y retorciéndose, imaginando cómo ser un buen fideo.
A ratos se rebeló frustrado, pero no os contaré cómo lo hizo, porque no es plato de buen gusto.

Sé que esto que os cuento es raro en muchos sentidos. Pero es que veréis, resulta que la pasta, no tiene ojos, oídos, boca, tacto y olfato, para que le ayuden a entender, su lugar en… una receta.
Si los tuvieran, con suerte, podrían usarlos para descubrir que todos a su alrededor se sentían así, ya que era una sopa de letras.
A veces, todos nos sentimos la letra, la estrellita o el piñón, en una sopa de fideos, donde solo faltan las lágrimas.
Ahora verás, que si prestas atención, hay un «yo» en el «tú», y un «tú» en el «nosotros», al lado del «otro» un montón de «yos» están en los «otros».
Lo ves, todos podemos sentirnos confusos alguna vez.
La pasta de letras sin molde, totalmente artesanal y llena ya de verdad, quizás aprendió, como pudo, a flotar feliz en una piscina de sopa.
Dicen, que en aquella sopa de letras, se formaron nuevas palabras; y algunas otras muy antiguas, como el hambre y la alegría, se pudo leer “eudaimonía”, que era una palabra tan antigua, que todos deberíamos buscarla con buen espíritu.
Hasta que la cuchara, puso fin al complicado plato y pasó a ser… parte de otra cosa.
La niña, que ya sabía leer y tenía el estómago lleno, se levantó, y con un manotazo decidido, borró la pizarra del menú y sobre el borrón escribió con letras grandes y claras:
Sopa de pasta.

— Pero… ¡qué le pasa a esta!
Afirmó una persona, como cualquier otra, sin pararse a preguntar:
¿Y si todos creemos que somos la letra diferente de la sopa?
¿Y si… solo somos personas?
¿Y si…
Fin
Un artículo de Eneida Bardo para La Taska
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