No más lejos de lo habitual, en lo que respecta a mis últimos cuatro veranos, este no ha distado demasiado de los anteriores, salvo por la pequeña diferencia de que por fin he comprendido que quiero pasar mis vacaciones como en el sanatorio Berghof. Para quienes conozcáis al joven ingeniero Hans Castorp, deciros que mi estío ha sido muy parecido: contemplativo y en horizontal, exceptuando las mantas de piel de camello, que no las he echado en falta.
He tenido tiempo de enamorarme, no de la distinguida y aristocrática Clawdia Chauchat, desde luego, ya que más bien me recordaba a una femme fatale, sino de la inocente y humilde Catherine Barkley. A pesar de mi estancia reposada y los líos del corazón, también he tenido tiempo de cruzar montañas, vadear ríos, atravesar bosques y, por supuesto, fumar en pipa la mejor yerba de la Comarca, beber en jarra la cerveza más reconfortante de la Tierra Media y disfrutar de canciones que sanan el alma en la casa de Elrond, de la mano de mis amigos los Hobbits.
Sin ánimo de dar pelusilla a nadie con mis aventuras estivales —que es mi intención para aquellos que no se hayan dado cuenta todavía—, eso no eran más que los entrantes. No solo me he tumbado a la bartola, enamorado, corrido juergas y vivido aventuras, sino que, además, he asistido a conciertos matutinos con Little Richard y a jam sessions por la tarde con Miles Davis y Nat King Cole. Y, por si todo esto fuera poco, que no lo es, he pasado tiempo con mis más queridos seres: mis padres, mi hermana, mis primos y mis amigos.
Dejando a un lado los aperitivos, para aquellos a los que os gusta señalar, juzgar y criticar las vacaciones de los demás, atención: no estoy destripando mi verano ni quemando los últimos cartuchos que me sobraron en San Juan por vosotros, sino por mí. Aquí viene el plato principal. Hoy soy yo el que se las da de bohemio, el que maneja la pluma y no va a dejar títere sin cabeza. Voy a juzgar vuestras vacaciones, y no porque me considere moralmente superior —que en parte sí, salta a la vista—, sino porque la mayoría de vuestras aventuras carecen de más sentido que los tiempos que nos ha tocado vivir. Sin ofender a nadie, vuestros periodos no laborales son casi tan absurdos como una novela de Kafka.
Estoy harto de ver “culazos” en tangas y torsos esculpidos por artesanos renacentistas y decorados con tatuajes tribales en playas que parecen postales. De los selfies en destinos exóticos —spoiler, ya no lo son tanto— que antaño fueron escenarios de la codicia del ser humano y fotos aesthetics como quien no mira a la cámara en ciudades que se han prostituido.
¡Enhorabuena! Habéis conseguido el pin a los turistas menos originales. No solo arremeto contra vuestra forma de exponer las vacaciones, sino también contra cómo las experimentáis: contra los ciclistas que circulan por carreteras de montaña, contra los excursionistas que se pasean por el Montseny como si fueran Las Ramblas de Barcelona, contra los vanlifers que se creen que cualquier sitio donde planten el culo de su furgoneta cochambrosa es un camping y, por último, contra los mochileros que se pasaron de moda en la época de los 2000 y siguen haciendo autoestop.
Ahora, que nadie piense que soy la versión veraniega del Sr. Scrooge, aunque aborrezca el calor y a las moscas. En parte, la culpa no es de todos los que he mencionado, ni de los adultos que solo se mueven por zonas Adults only y miran por encima del hombro a los demás. La culpa es de la sociedad; de la sociedad de consumo que hemos fomentado, esa que exprime hasta reventar cualquier tipo de experiencia que pueda ser expuesta en las redes sociales.
Naturalmente, yo no soy mejor; incluso puede que sea el peor de todos vosotros. Porque si hay algo que me gusta menos que el postureo, es el postureo cultural y los pedantes, y en parte estoy haciendo eso. ¡Sorpresa! Aquí no hay nadie especial, aunque de repente uno decida hacer el pino puente en lo más alto de la torre de Tokio mientras se come un ramen.
En el fondo, somos todos iguales —aunque a algunos les escuezan los ojos más que a otros, os mando saludos—. Creamos productos, los compramos, inventamos experiencias, las vivimos, pero no dejamos de ser un experimento social, un trozo de carne, una mercancía con una etiqueta colgando que marca nuestro valor de mercado. Y, desafortunadamente, en verano nuestro valor de exposición lo dictan nuestras vacaciones.
Para ir concluyendo, me da igual lo que decidáis hacer en vuestro paréntesis veraniego, del mismo modo que a vosotros os importa entre cero y nada lo que haga yo. Tanto si pienso que no sois más que unos borregos persiguiendo una zanahoria como si vosotros pensáis que yo soy un apolillado. No os preocupéis, todos y ningunos podemos tener razón. La cosa va más allá de prender la llama de un eterno debate que no se extinguirá nunca; solo quería reivindicar que hay muchas formas diferentes de sobrellevar las temperaturas extremas y el camino que yo elijo es la cultura y, por descontado, pasar tiempo de calidad con mi familia y mis amigos.
Por último, os deseo un feliz inicio de septiembre y que la rutina nos vuelva a poner en nuestro camino. Y ahora sí, sin más dilación, os dejo porque Frodo y Sam están a punto de entrar en Mordor.