Aquel revolucionario 15 mayo en el que dejamos de callar


Quizás os sorprenda un poco lo que vais a leer en estas primeras líneas. Este trabajo está escrito de manera conjunta: una especie de carta colectiva que intenta explicar el qué y el cómo de aquello que todas nosotras vivimos con tanta intensidad.

Y quizá precisamente por eso esta sea la mejor forma de hacerlo: escribiendo en diálogo, dejando que cada voz converse con la siguiente. Porque, al final, el 15M y todo lo que representó para nosotros fue exactamente eso: un espacio donde nos sentimos escuchados en mitad de una crisis y donde, por un instante, creímos de verdad que aquella crisis podía terminar gracias a una sociedad unida. Así queremos recordarlo y enmarcarlo en este texto.

Siempre que pienso en aquel día tengo sentimientos encontrados. Por cierto, soy Rodrigo, encantado. Y siempre digo que, para mí, estos aniversarios realmente no “pintan” nada. Lo dice alguien que vivió aquello de manera demasiado intensa, igual que muchos de mis compañeros del 15M, implicados de una forma quizá exagerada.

Porque para mí el 15M no murió… pero tampoco nació nunca. No hay nada que celebrar porque no fue un acontecimiento aislado, sino una forma de caminar por la vida. Una manera de entender la lucha, el apoyo mutuo, la convivencia y hasta el amor.

Quizá mis compañeros, a quienes leeréis ahora, lo vean de otra forma. Pero todo aquello me enseñó que las cosas podían hacerse de manera diferente. Tal vez no siempre salieran bien, pero, joder, qué bonito fue intentarlo. Hoy muchos de aquellos compañeros son directores, profesionales con carreras dilatadas, personas que han levantado proyectos importantes. Y es ahí donde sigue vivo el 15M: en sus formas de trabajar, en cómo entienden la vida, en la idea de que vivir no consiste únicamente en existir, sino también en convivir.
Querido Txesko, te toca.

Cojo la cuerda.
No puedo precisar la fecha exacta, pero sí recuerdo perfectamente aquellos días alrededor del 15 de mayo. Me encontraba en el muelle de Ripa, en Bilbao, tomando un café —cuyo nombre ya no recuerdo— en los bajos de aquella casa de miradores blancos que aparece a la derecha de la fotografía.

Santi y yo, amigos y compañeros de trabajo, tomábamos unas cervezas después de una jornada intensa preparando al alumnado para la Selectividad.

Todavía escucho con claridad las palabras que pronunció mi querido y añorado amigo, fallecido hace ya dos años:
—Txesko, podemos ganar las instituciones a partir de hoy mismo; pero si perdemos las calles, estamos muertos. Jamás debemos olvidar eso. Jamás.
Sus palabras siguen resonando en mi memoria exactamente igual que aquella tarde frente a mí.

Cuánto echo de menos a mi amigo. Y cuánto echo de menos a nuestra querida izquierda.

Cuánta razón tenía, querido Txesko.
Vuelvo a ser yo, Rodrigo. Este pequeño artículo —o carta, llamadlo como queráis— está construido a base de fragmentos, recuerdos y reflexiones. Sobre todo, reflexiones.

No quería escribir justo después de mi compañero, pero todo está tan ligado entre sí que necesitaba tomar un poco de aire antes de continuar. Antes hablaba de aquellos compañeros que llegaron lejos profesionalmente: directores de empresas, personas dedicadas a la política, gente muy diversa.

Y sí, en cierto modo conquistamos espacios. O, al menos, la filosofía del 15M llegó a lugares muy altos; tan altos que hoy puede verse reflejada en muchas políticas y debates actuales. Pero también es verdad que, por el camino, quizá perdimos el pulso de la calle, la confrontación directa contra el sistema a pie de trinchera. Y otros, con ideas mucho más dudosas, ocuparon ese vacío.

En fin, no quiero ocupar más espacio. Te paso la pelota a ti, querida Bárbara.

Gracias, Rodri.
Mi hija mayor nació a finales de 2010, así que cuando llegó el 15M todavía no había cumplido un año. Fue una época extraña: estaba tan ensimismada en la maternidad y tan desconectada del mundo que, si os soy sincera, no me enteré de lo que estaba pasando hasta el día siguiente, cuando mi hermana me dijo:
—¿Es que no te has enterado? La gente se ha despertado.

Aquellas palabras fueron para mí como la lluvia final de una película de Bollywood. Un instante mágico que parecía anunciar el final del bipartidismo que tanto nos asfixiaba y, sobre todo, la recuperación de las calles.

Ese mismo día —y muchos de los siguientes— me los pasé asistiendo a la asamblea del 15M de Sabadell, participando en reuniones con mis amistades y llevando conmigo a aquella pequeña a la que, de algún modo, también tenía que preparar para el mundo.
El 15M me devolvió la esperanza. Me hizo recordar aquel deseo infantil de cambiar el mundo.

Con el tiempo, sin embargo, esa esperanza ha ido flaqueando —que no la fuerza ni la cabezonería— al ver cómo nos han vuelto a robar las calles, el futuro y hasta la mente. Por eso recuperar el espíritu del 15M, junto con la soberanía popular y el espacio común de las calles, se convierte casi en una necesidad.
Porque el 15M fue una llama que realmente cambió cosas. De allí surgieron movimientos como la PAH —de la que aún hoy sigo sintiéndome parte— y tantas otras iniciativas. Fue un tiempo de unión, empatía y humanidad.

Y, puestos a vivir tantos momentos históricos, el 15M es uno de los pocos que me emociona profundamente haber presenciado.

¿Y tú, Leti? ¿Cómo lo viviste?
Me acuerdo de aquellas acampadas con muchísimo cariño. De las manifestaciones, los silbatos, las caceroladas frente a algunas sedes políticas, los gritos y, sobre todo, del compañerismo. A pesar de las circunstancias, había una sensación muy hermosa: la de que, por una vez, todas íbamos a una.

Lo viví junto a mis mejores amigos, aunque allí había muchísima más gente: jóvenes, mayores, madres, abuelas, personas conocidas y desconocidas… Todos y todas unidos por la misma desilusión hacia el sistema.

Entonces todavía no sabíamos que aquello marcaría un antes y un después. Que daría lugar a movimientos que aún persisten y a partidos políticos que todavía hoy sobreviven, aunque sea con el agua al cuello.

Con el tiempo pensé muchas veces: “Vaya… aquello era el 15M”.

Fue increíble sentir que, por fin, el pueblo despertaba ante una situación desesperada. Pero ahí está precisamente la pregunta: ¿hasta dónde tenemos que llegar para salir a las calles? ¿Cuánto tenemos que aguantar?
Deberíamos reaccionar en cuanto viéramos retroceder nuestros derechos aunque solo fuera una milésima.

Pero claro, yo tengo un carácter que me impide callarme ante cualquier injusticia, ya sea contra mí o contra los demás. No puedo evitarlo. Y sí, eso a veces me trae algún que otro problema. Hace tiempo incluso me compré una camiseta con el lema: “Calladita no estoy más guapa”, porque ya había escuchado demasiadas veces eso de que siempre me estaba quejando. Ya se sabe: mujer y roja… mejor callarse.

Pero no todo el mundo funciona igual. A veces hace falta llegar al límite real para despertar.

Y creo que aquel mayo despertamos.
Aunque, con el tiempo, el pueblo ha vuelto a adormecerse al ritmo de las nanas que algunos le cantan. Canciones de cuna que anestesian y esconden realidades mucho más oscuras de lo que parecen.

Quizá necesitemos tocar de nuevo fondo para que el arrullo se detenga y vuelvan a escucharse, con fuerza, los gritos contra la precariedad, el fascismo, el racismo, el machismo y todos los demás “ismos”.
Que vuelvan a sonar alto. Como el mejor álbum de Heavy Metal.

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