Cosas de la vida, hace tiempo que no escribo desde la perspectiva de un exprofesor de filosofía y me da en la nariz que hoy tampoco va a poder ser: la actualidad resulta demasiado estúpida, predominan las idioteces ¿Qué me diréis, si no, de Trump, Díaz Ayuso, Florentino Pérez etc…? ¿La actualidad? Pues ahí la tenéis: la estatua dorada gigante de Trump y su viaje a China para nada, Ayuso y Hernán Cortés, la nueva paranoia pandémica, la conspiración periodístico-arbitral contra el Real Madrid… ¡Uf! Dan ganas de meterse en la cama a esperar el nuevo milenio (para alguien llegará, supongo… o no, o yo qué sé).
Estaba escribiendo el párrafo anterior cuando mi amigo Nano me llamaba para invitarme a jugar, este próximo sábado, un minitorneo de mus entre los ocho tipos que sabemos algo del tema por estas latitudes (Pirineo Aragonés, tierra del guiñote y, en esta comarca, de la belota. ¿Sabéis jugar al mus? ¿Sí…? ¿No…? Bueno, es igual… Voy a explicaros un par de cosillas muy básicas sin meterme en reglas, dinámica de juego u otras complicaciones. En el mus hay varias modalidades; me voy a centrar en la más conocida que es popular incluso en Madrid: baraja española de 40 naipes, dos parejas de jugadores (dato crucial) ocho reyes (los treses hacen de reyes) ocho ases (los doses hacen de ases). Hay 4 lances en el transcurso de una mano: “mayor”, “menor”, “pares” y “juego” (y si no, “punto”) Lo importante a destacar, primariamente, es que se juega por parejas, que hay apuestas en cada lance y que la clave para ganar no es tanto el tener buenas cartas cuanto sacar el máximo partido de aquellas de las cuales se disponga; el mus tiene cierto aire de familia con el póquer pero es más complejo y, por consiguiente, la estrategia acaba siendo también más complicada. Con esto quiero decir que, por ejemplo, la pareja Feijóo+Florentino, la pareja Ayuso+Milei, la pareja Trump+Netanyahu muy posiblemente no serían ganadoras en este juego (es una impresión ciertamente subjetiva y sin duda discutible, pero es lo que creo) y no lo serían a menos que fueran capaces (¡Y lo son!) de hacer trampa.
Para continuar con el tema considero ahora conveniente esbozar algunas pinceladas sobre la TEORÍA DE LOS JUEGOS. Se suele acotar su origen en el libro Theory of Games and Economic Behavior, de 1944, cuyos autores fueron el matemático Von Neumann y el economista Morgenstern; sin embargo se puede rastrear en los Cuadernos Azul y Marrón de Wittgenstein (1933-34) donde el genial pensador vienés ya postulaba su TEORÍA DE LOS JUEGOS DEL LENGUAJE. Sobre esto último, en esencia y para lo que nos interesa en la construcción de este artículo, cabe destacar lo siguiente: el lenguaje vendría a ser como un conjunto de “juegos” o de “jugadas” regidos por reglas. El significado de las expresiones viene dado por el uso que los hablantes hacen de ellas según tales reglas y en virtud de un determinado contexto (no por la correspondencia de las expresiones con los hechos del mundo o con los contenidos mentales). Estas reglas son prácticas humanas comunes que han de ser aprendidas; por otra parte son válidas solo regionalmente, y por tanto no es posible un “metajuego” que permita formular enunciados universales (válidos para todos los juegos). Esto implica un relativismo lingüístico que en definitiva niega la posibilidad de una filosofía total y universal. Este relativismo lingüístico conduce a un RELATIVISMO GENERAL que, como dijera en su momento (y acertadamente) Lyottard, dominará la sociedad posmoderna. Y es a partir de la Posmodernidad cuando se impone una razón fragmentada a partir de lenguajes no comunicantes y reglas locales.
Wittgenstein no tuvo la culpa de todo lo que vendría después; él se limitó a constatar un hecho. En ese sentido, cabe hacer mención del aserto acuñado por el profesor Ortiz Osés según el cual«La Realidad ES Lenguaje». Y admitiendo esa relatividad antes aludida, no hay más remedio que admitir igualmente que eso “Lo-Real” resulta ser, en el mejor de los casos, brumoso, nebuloso: está pixelado, ho-llado y hasta fo-llado. En consecuencia, como todo vale, como importa más la posverdad que la verdad (puesto que eso “La-Verdad” resulta ser inaprehensible) el actual GRAN JUEGO DE LA GEOPOLÍTICA es como un torneo de mus donde solo pueden triunfar: a) quienes sean más hábiles yendo de farol b) quienes sean más hábiles para colocar sobre el tapete una baraja marcada.
LA TEORÍA GENERAL DE JUEGOS nos dice que ha de haber una forma racional de poner en funcionamiento cualquier «juego» (o de gestionar un conflicto) especialmente cuando concurran situaciones engañosas y segundas intenciones; así por ejemplo, lo que conocemos como anticipación mutua de las intenciones del contrario que acontece en juegos de naipes como el mus, origina cadenas de razonamiento (en principio infinitas) que pueden extrapolarse al ámbito de resolución de conflictos reales y complejos. En definitiva los individuos, cuando interactúan en un conflicto, deberán obtener resultados absolutamente dependientes de dicha interacción. Pero a esto le faltaría aún otro elemento clave: lo que Kant llamó en su día (y con muy buen tino) LA BUENA VOLUNTAD. Ahora bien: ¿Existe acaso esa “buena voluntad” entre tahúres…? Fijémonos bien en una cosa: esa buena voluntad nunca podría ser teórica, sino prospectiva, trascendental, es decir: condición indispensable de posibilidad para un “fair-play”. Y esto, como bien sabemos, es imposible en la derecha contemporánea y yo diría que hasta incompatible.
Voy acabando. Antes os he anticipado que existen varias modalidades en el mus, de manera que también nos vamos a encontrar con sistemas de reglas diversos y propios para cada una: en el mus más convencional (lo hemos dicho) hay 8 reyes y 8 ases; en el mus navarro, 4 reyes y 4 ases. En el centro de España el lance llamado “juego” da máximo valor a la suma de 31 puntos entre las 4 cartas de cada jugador… siendo superior la combinación de 3 sietes más una figura (rey, caballo o sota) llamada “Treinta y una Real”. En una de las variantes vascofrancesas se juega individualmente y el mejor tanteo en el lance de “juego” son los 33 puntos; además el descarte inicial es distinto: se reparten cinco cartas y cada jugador solo puede desprenderse de 1 quedándose con el resto, mientras en las demás modalidades el descarte es igual que en el póquer. Hay variantes donde participan simultáneamente más de dos parejas en cada partida. ¿Cómo podría ganar al mus la pareja Trump/Netanyahu? Haciendo precisamente lo que ya están haciendo: se juega con sus reglas y con su baraja ¿Entonces…? «Jugar o no jugar (con ellos): that´s the question». ¿Cómo podría salir victorioso el tándem Ayuso+Milei? De dos maneras: con la baraja y las reglas de Trump y prestándonos nosostros a jugar con ellos en dichas condiciones. Conclusión: o rechazamos sus reglas (trampas) y/o rompemos la baraja; porque, si no, estaremos bieeeeen jodidos… de hecho ya lo estamos.
TXESKO C.