Peorismo y Manlio Sgalambro (Sicilia,1924 – 2014) fue un filósofo a quien apenas conocimos en España. Es a él a quien debemos la teoría conocida como peorismo, si bien es cierto que el entramado peorista no se agota en las tesis formuladas por el pensador de Catania; por eso he usado en el título la palabra “arquitecturas” ,en plural, y no el singular “arquitectura”.
Pero vayamos por partes:
1) Esto es una introducción; nada más. Me puedo comprometer a elaborar en un futuro, a medio plazo, algo cuyo contenido supere en calidad y profundidad a esta modestísima primera inmersión
2) El peorismo es un continente de contenidos cuya escala tiene un alcance cosmológico (el preferido por Sgalambro) pero también abarca lo antropólogico (a fortiori lo político) lo metafísico, lo religioso, lo ético y lo estético. Como el artículo es simplemente introductorio pasaré un poco de puntillas sobre esos “sectores filosóficos” que acabo de mencionar.
3) Confieso que hasta hace poco solo conocía a Manlio Sgalambro de oídas y que me interesé sincera y comprometidamente con su pensamiento a raíz de una investigación que estoy realizando sobre el peculiar cantautor (también siciliano) Franco Battiato.
Hecho el triple mini-prolegómeno del párrafo anterior, vamos a ver hasta dónde llegamos. Sgalambro está influenciado sobre todo por Schopenhauer aunque también por Mainländer y Leopardi, así como por ciertos principios que emanan de la vertiente más entrópica de la termodinámica del siglo XX liderada por el ruso-belga Ilya Prigogine (creador del concepto de estructuras disipativas, cuyo alcance va mucho más allá de la química). Supongo que lo que acabo de escribir os estará resultando bastante raro, pero lo aclararemos inmediatamente. Aunque parte de Schopenhauer el siciliano es muy crítico con el filósofo alemán y su pesimismo, que encuentra excesivamente anclado en una condición humana de dolor e infortunio. Por eso abunda en la línea que abre Mainländer según la cual el cosmos es el resultado de un decadente élan mortel (frente al élan vital bergsoniano) generado en la descomposición de un Dios suicida; esto entronca con la mencionada tesis de las estructuras disipativas que formulaba Prigogine. Por consiguiente Sgalambro profesa un nihilismo de cuya radicalidad brota la idea de un «comunismo de la desesperación» articulado en ciertos postulados marxianos concomitantes con las conclusiones más pesimistas (a escala antropocosmológica) de Schopenhauer y que apunta a lo que ciertos estudiosos de Sgalambro (v.g. Antonio Carulli) han catalogado como “ética de las postrimerías”. El eclecticismo que, sin embargo, también caracteriza al singular filósofo siciliano le ha llevado a reivindicar la literatura de la consolación (que podemos rastrear en Séneca y Boecio) tanto como las músicas ligeras contemporáneas, en especial el pop y el rock, los cuales vienen a ser los últimos reductos que nos quedan para no morirnos de asco en un mundo que, lejos de ser el mejor de los posibles, es sin duda alguna el peor… ¡Y eso que el bueno de Manlio murió en 2014, que si llega a vivir hasta hoy…! ¡Mamma mià!
Es esta última mención, “el peor de los mundos”, la única concordancia entre Sgalambro y los filósofos posmodernos, a los cuales critica tan dura como amargamente. Debo decir, y aquí me mojo con sumo gusto, que coincido plenamente con él cuando arremete contra los niñatos de la posmodernidad. Nunca entendí que se le diera tanta bola a sujetos de dudosa catadura moral como Gianni Vattimo: su “pensamiento débil” ha causado más daño a la humanidad que la viruela, la peste negra o la mal llamada “gripe española”… ¡Aunque la humanidad no sea consciente de ello!. Sgalambro (y le aplaudo por eso) consideró la filosofía posmoderna como frívola, acomodaticia y lacayesca. El filósofo posmoderno es, en efecto, el lacayo intelectual ideal del neoliberalismo que, a día de hoy, nos está jodiendo vivos. Es el pensamiento débil posmodernista, con su relativización mezquina y torticera de la verdad, con su negación de la objetividad, no ya como hecho posible, sino siquiera como horizonte orientativo, quien le ha dado teta ¡Y de qué manera! A los niñato-burgueses responsables de la odiosa y miserable posverdad, punto culminante de la perversión más perversa y plataforma de lanzamiento de los grandes señores tecnofeudales, que usan los agujeros de sus lujosos campos de golf para follarse al planeta a su antojo caiga quien caiga.
Si os fijáis bien, en el párrafo anterior os he presentado sin decirlo de manera explícita, otra arquitectura del peorismo: un peorismo mezquino que da una vuelta más de tuerca al corolario del “cuanto peor, mejor” apostillándolo hasta mimetizarlo en un “cuanto peor esté el gran prójimo, mejor estará mi pequeño y codicioso ego”.
Lo más demoledor de lo que nos propone Sgalambro como trasfondo de la realidad (ojo: ¡¡¡Cosmológica!!!) es que el peorismo y lo existente son indisociables. En este sentido, el siciliano es un fatalista; pero en ese fatalismo aún cabe cierta esperanza, pues se trata de un fatalismo mediterráneo es decir: sonriente, musical, más melancólico que trágico o (mejor) más a menudo melancólico que trágico. Y es que aunque en el eclecticismo del filósofo-poeta italiano hallamos también las huellas de Spinoza, Kant, Cohen, Nietzsche, Hegel, Marx, Rensi, Papini, Cioran, él se va a decantar claramente por la vertiente lírico-dionisíaca del hombre mediterráneo haciendo epojé con todo lo heroico-apolíneo, que permanecerá en un “standby” poco menos que irreductible. Por eso, como su gran amigo Battiato, él «prefiere la ensalada / a Beethoven y Sinatra / a Vivaldi uvas pasas / que me dan más calorías» Porque… ¿Qué podemos hacer cuando la perspectiva que tenemos del mundo es aún peor que el peor de los pesimismos? ¿Convertirnos en ascetas amargados y ocultarnos en una ermita rupestre de la Merindad de Valdivielso? Pues no: podemos escribir poemas y ponerles música, danzar como los zíngaros del desierto, con candelabros encima y deleitarnos con frenéticas músicas balcánicas acompañando a los bailarines búlgaros, descalzos sobre braseros ardientes, en verbenas de verano. Porque, a pesar de los pesares, a pesar de todo, la estación de los amores volverá, sí, con el temor y las apuestas ¡Y esta vez TE SORPRENDERÁ! Le queda pues, un nuevo entusiasmo por latir al corazón: la capacidad creativa de sobreponernos a lo inevitablemente peor para sentirnos mejor: la vida es un regalo (a veces envenenado, sí) y rechazar un regalo es de mala educación y denota falta de elegancia. Nunca deberíamos rechazar los regalos que nos llegan con música.
…y yo ya os contaré más cosas sobre Sgalambro otro día, con el mismo cariño de siempre.
TXESKO C.