Si a un txiki de Nafarroa le hubieran dicho hace unos años que llenaría dos noches Sant Mamés, en Bilbao, cantando íntegramente en euskera y abriendo todos los informativos nacionales, mezclando tradición y música electrónica, nadie lo habría creído.
Porque lo que ha sucedido estos días en Bilbo, tal y como hemos visto en Mitoaroa, es de otro planeta.
Para quienes todavía no conozcáis a Zetak, os invito a perderos un rato por ese rincón de internet. Allí descubriréis un proyecto que, con una maestría extraordinaria, rescata lo antiguo, lo tradicional, aquello que nos une a la tierra y a nuestras raíces, para fusionarlo con la música electrónica de una forma que parece imposible. Una mezcla sin estridencias, precisa, equilibrada, como las mejores recetas: pocos ingredientes, pero escogidos con acierto.
Mitoaroa es la culminación de una historia que ha ido creciendo con el tiempo, como los buenos vinos o las grandes melodías. Es el desenlace de una serie de obras que nos sumergen en lo mejor de la cultura vasca. Un viaje sensorial narrado como una película, retransmitido en directo por la televisión vasca, donde la música y el cine avanzan al mismo compás hasta confundirse en una misma historia.
Pero, en lo musical, prefiero dejar que seáis vosotros quienes descubráis ese universo. Porque si algo deja claro Zetak es que la cultura —aunque algunos insistan en convertirla en una bandera para dividir— debería ser justo lo contrario: un lugar de encuentro y que, con gusto y precisión, encontrareis en su directo. Un espacio común donde podamos reconocernos, conectar con nuestra historia, con nuestra tierra y, sobre todo, con los demás.

Es una huida hacia adelante. Un regreso a aquello que quizá nunca debimos abandonar: nuestra naturaleza humana. Esa que nos une a la tierra, a nosotros mismos y a quienes nos rodean.
Durante todo Mitoaroa aparecen las mascaradas, los animales y los espíritus que forman parte del imaginario popular. No son simples elementos estéticos. Son símbolos de esa naturaleza que permanece viva y que nos recuerda quiénes somos, incluso en una época dominada por la inteligencia artificial, por los algoritmos y por el lenguaje de los ceros y los unos.
Y luego está el idioma.
Zetak canta íntegramente en euskera y, cuando invita a otros artistas, lo hace en las demás lenguas oficiales de la península, como el catalán o el gallego. Sin embargo, ocurre algo curioso: muchas veces no hace falta entender cada palabra para emocionarse. Porque comprender Mitoaroa no pasa únicamente por el idioma. Se comprende desde un lugar mucho más profundo, desde ese rincón del alma donde la música habla un lenguaje que todos entendemos.
Quizá por eso pone la piel de gallina.
Esa emoción compartida es la que consigue unir a los 273 artistas que hacen posible este enorme espectáculo del siglo XXI. Una producción con ecos de las grandes óperas, pero alimentada por la fuerza salvaje de nuestras tradiciones. Máscaras que descienden de la montaña. Personajes paganos que nunca pudieron entrar en las iglesias, pero que siempre encontraron un lugar en la imaginación de los niños.
Porque, al final, todos hemos querido ser uno de ellos.

Todos seguimos siendo, en cierta manera, esos niños que soñaban con esconderse detrás de una máscara y correr libres por el monte. Antisistema, o quizá simplemente libres de un sistema que demasiadas veces nos obliga a olvidar quiénes somos.
Y eso es precisamente lo que veo en Pello Reparaz.
Veo a un niño que nunca quiso dejar de jugar con el mito. Que decidió adentrarse entre las bambalinas de la cultura, como las utiliza en su espectáculo, para demostrar que nuestras leyendas, nuestras máscaras y nuestras raíces todavía tienen mucho que decir. No eligió el camino fácil. Eligió el más salvaje, el más entrañable y, probablemente, el más humano.
Porque, al final, crecer nunca debería significar dejar de ser ese niño capaz de maravillarse con las historias que un día le enseñaron quién era.
Este cóctel musical os lo ofrece Rodrigo Trinidad Morán