Viaje de vuelta a las estrellas

Ayer falleció la madre de mi mejor amigo. Con este artículo, reflexionando sobre la muerte, quiero recordarla a ella y hacerle también un homenaje a él, Ores, quien siempre ha estado presente, disponible, sin juzgarme y queriéndome con mis rarezas y divergencias. Como yo le quiero a él.

Se que puede parecer pretencioso escribir sobre algo así, pero al fin y al cabo la muerte siempre nos ha acompañado, forma parte de la vida y van de la mano, como compañeras de un largo viaje. Hablar de ello debería ser algo cotidiano y normal y no un tabú. Estoy segura de que, antiguamente (pienso en la Prehistoria pero también en contextos y lugares algo más actuales), las cosas se veían de otra forma. El ciclo de la Naturaleza es inequívocamente un ciclo de vida y muerte, pero también de transformación. Vivir en la naturaleza es sobrevivir a la muerte el mayor tiempo posible, ganarle la batalla hasta que podamos y pensar y aceptar que puede ser que mañana un depredador nos sorprenda mientras dormimos.  Entonces seremos alimento y formaremos parte, sin ser ya nosotros, de un nuevo ser al que hemos nutrido, sin pretenderlo.

A pesar de ello, los humanos siempre hemos reflexionado sobre lo que ocurre después del deceso. Resulta, a todas, todas, inevitable. Parece casi imposible pensar que cuando fallecemos todo termina, teniendo en cuenta que la vida cuenta, y mucho. Cuentan nuestros actos, nuestros sentimientos, nuestras acciones, las redes eléctricas que se tejen entre nuestras neuronas para dar lugar a pensamientos, las palabras que navegan por el aire, siendo eternamente sonidos transformados.  Dejamos huella, para bien o para mal, en aquellos con los que hemos interactuado y también en el Universo al que pertenecemos. Necesitamos pensar que no es posible desaparecer sin más.

Mi amigo me contó que su madre pasó sus últimos momentos consciente y serena, aceptando lo que llegaba. Que infundió paz a todos quienes estuvieron con ella hasta el final. Me contó también que los médicos le explicaron que la gente del campo, en continua relación con los ciclos de la Naturaleza, entendía la muerte de manera muy distinta, con un grado de aceptación superior al resto. 

Somos tierra, la que cultivamos, la que acuna las semillas en su vientre y las deja libres, luego, de emerger en dirección al cielo. Somos tierra y a ella volvemos cuando morimos para renacer en la flor de la cebada. Y alimentaremos a otras plantas y a otros animales, formando nuevamente parte de la materia infinita que continuamente se transforma. Quizás eso piensen quienes trabajan el campo y por ello lo ven todo diferente…

¿Qué creo yo que es la muerte? Creo que es un viaje de vuelta a las estrellas. Y no me alejo mucho de lo que piensan quienes basan su vida en el contacto con la Naturaleza.

Como algunos sabéis, me interesa muchísimo la Astrofísica y no es novedad que, para esta increíble Ciencia, somos «polvo de estrellas». Lo cierto es que me interesa el origen de todo,  entendiendo el todo como algo infinito. Me llevo preguntando el porqué de las cosas desde que tengo uso de razón. Y es que lo finito y los límites no me cuadran personalmente porque tengo una zona de confort un poquito extensa. Es lo que ocurre con ciertos cerebros neurodivergentes con velocidad de procesamiento rápida, que van sin frenos y a lo loco, que no pueden parar de pensar en el origen de todo: la creación del Universo, la humanidad, la extensión de la vida entendida como cambio constante, como transformación y como regreso… No soy experta en absoluto en estas cosas y, muy probablemente, meteré la pata al usar algunos términos o al intentar explicar ciertas cosas, pero me gusta leer, pensar y opinar. 

Cuando se produjo el Big Bang, según las principales teorías del Universo Primitivo, hacia tantísimo calor que las partículas elementales estaban dispersas y no podían, de ningún modo juntarse. Electrones, quarks, bosones…vagando por el protouniverso, esperando un pequeño enfriamiento para darse la mano en un baile que, millones de años después, daría lugar a galaxias, estrellas, planetas y… VIDA.

Creo que la muerte es el mismo proceso, pero al revés. Cuando morimos puede que se produzca una explosión a pequeña escala.  Quizás todas esas partículas elementales vuelven a dispersarse y a volar solas, cuando nos queman, cuando nos entierran (quizás así se produzca también el final del Universo, si este tiene un final, como en una danza cíclica). Pasado un tiempo vuelven a unirse, esta vez con las que tienen más cerca. Se unen con la tierra, con el agua, con el cielo. Pasan a formar parte de otros organismos complejos, de esos que hacen a este planeta tan especial: seremos parte de las flores, de un insecto, o del gato que tus tataranietos acogerán en casa dentro de unas décadas. Y quizás en ese pienso gatuno haya una parte de mí, o de ti, o de todos nosotros. Algunas de estas partículas, las mismas que conformaban el Universo en sus inicios, volverán también, tarde o temprano, a las estrellas. De hecho, aunque se necesita una cocción a fuego lento para que la vida llegue a formarse, podemos decir que estamos compuestos de partículas que ya existían hace más de 13.000 millones de años. Si nos gusta pensar en la «eternidad» puede que nos interese conocer todo esto. Evidentemente no somos eternos, entendidos «nosotros» como seres vivos, compuestos por células que se han creado partir de otros elementos más pequeños, si no que lo más elemental que nos conforma ya formaba parte del Universo al que dio lugar el Big Bang. Visto así, creo que pensar en la vida y la muerte es bello. Nunca acabamos de desaparecer y hemos sido formados a partir de partículas que fueron parte de otros seres vivos o de otra materia inanimada, durante cientos de millones de años. Ya estaban antes y seguirán estando después. Cuánto tiempo durará el «después», eso es ya harina de otro costal.

Recuerdo que mi amigo me dijo: «pero…¿y qué pasa con el alma?». Yo entiendo el alma como una creencia, pero si hablamos de conciencia, creo que esta solo se crea a partir de unas uniones muy específicas, en una red neuronal compleja que, a su vez, transmite impulsos a todo el cuerpo. Cuerpo y mente son uno solo. Cuando las partículas se dispersan nuestra conciencia también lo hace y deja de existir como tal. Pero opino que no sin dejar antes impronta: las voces, los sentimientos, las emociones…. no dejan de ser impulsos eléctricos, luces, sonidos, que se mantienen en el aire una vez los hemos dejado salir. Y no creo que se vayan tan fácilmente. 

La luz permanece de manera indefinida hasta que es absorbida o interactúa con otros objetos. Las ondas sonoras desaparecen en cuestión de segundos o minutos, pero la energía de esas vibraciones sí permanece en el entorno durante años o siglos, aunque lo haga totalmente transformada.

Creo que cuando alguien siente una voz, un aroma, una caricia por parte de quienes han volado a las estrellas, es porque el material que dejaron latente aún persiste y en los momentos más frágiles nos volvemos más sensibles a esas pequeñas sutilezas. Quizás podamos explicar así las cosas que a veces nos pasan. O, también quizás, porque dentro de nosotros sobreviven partículas heredadas de todos y cada uno de nuestros antepasados. Conocer que la muerte se acerca puede que nos acerque a nosotros mismos, a nuestro propio mundo interno, donde pervive la materia elemental que procede del Universo Primitivo y los sentimientos que guardamos sobre nuestros seres queridos.

Por eso creo que morir es transformarse, volver al origen de todo y a la vez transcender hacia el futuro. Y por eso cuando alguien muere le deseo UN FELIZ VIAJE DE VUELTA A LAS ESTRELLAS.

Un artículo de @letiberebel para La Taska

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