Ética y Estética: ¿Separar al Autor de su Obra?

Ética y Estética me vinieron a la cabeza hace un par de meses. Los que disfrutamos de la ficción tuvimos que enfrentarnos a una noticia que nos pilló desprevenidas: varias empresas cortaban sus relaciones con Neil Gaiman debido a las numerosas acusaciones sobre delitos sexuales. No tengo poder ni conocimiento para sentenciar, pero como lectora, cinéfila y feminista reconozco que me dolió. No es la primera vez que me veo inmersa en esa contrariedad interna, en la que sientes que debes escoger entre la ética y el gusto personal. Lo más curioso es que basta una pequeña mirada a las redes sociales para darse cuenta de que esa incomodidad es lo suficiente universal como para generar debate y abrir una polaridad a su alrededor. Están quienes consideran que no se debe separar la obra del artista y, quienes, por el contrario, opinan que el artista es irrelevante.

En lo personal, considero ambas respuestas viscerales, nacidas desde la rabia y desde la vergüenza, lo que nos muestra hasta qué punto el arte es importante para el ser humano: si el autor de nuestra obra favorita nos decepciona, corremos el riesgo de caer en rabia o negación, como en un duelo, como si la obra fuera una parte de nuestras mismas.

Estas son solo dos respuestas posibles, quizá las más extremas, aunque existe una infinita escala de grises que se adapta en proporción a los distintos tipos de espectador. No obstante, hoy me gustaría analizar solo dos grupos: el espectador investigador, que busca ver más allá del arte y que, por tanto, debe conocer a la perfección el contexto de la obra —lo que implica las circunstancias y la personalidad del autor— y el espectador lúdico. Este último busca disfrutar del arte en sí mismo y no siente la necesidad de ir más allá de la obra, pues pretende desvelar y juzgar su propia recepción, sin nada que lo mancille. Un ejemplo claro de esta posición lo vemos en el movimiento surgido en los años treinta, New Criticism, que proponía una lectura cerrada de los textos, sin mirar más allá de la obra. Esta visión convierte al artista en una parte irrelevante de la obra.

Para el espectador investigador, separar obra y autor no es posible, aunque duela. Conocer al autor es indispensable para conocer la obra en profundidad y comprender las distintas metáforas o juegos ocultos. Incluso para conocer la verdadera intencionalidad de la obra (que no siempre es la que se recibe). Por el contrario, para el espectador lúdico, conocer al autor podría resultar contraproducente. ¿Por qué? Bien, podría decirse que todas las personas somos portadoras de una brújula moral interna. Cada una es distinta, obvio, pero según la fuerza y la dirección a la que apunte nuestra aguja, nuestros gustos e intereses se relacionarán en cierto modo con ella. Por tanto, descubrir que la brújula del autor de la obra admirada apuntaba en dirección contraria se sentirá como una traición. Peor aún, al identificarte con la obra —porque el espectador suele subjetivizar la obra— puedes convertirte en objeto de vergüenza y culpabilidad, sentirte cómplice. Separar a la obra del autor, en este caso, se convierte en una especie de venda autoimpuesta, mientras que no hacerlo implica una ruptura con algo a lo que amabas. Es loable dejar de apoyar al autor cuando se descubre como una especie de monstruo, pero eso no lo hace menos doloroso.

Reitero en que solo me he referido a dos grupos de espectadores, lo que no significa que no haya más. El espectador, entendido como la forma de relacionarnos con el arte, no se limita a uno por persona. En ¿Qué es un autor? (1969), Michel Foucault separaba el sujeto, la persona, de la función, el autor. Esta visión de función puede extenderse al receptor, por lo que cada una de nosotras puede ser varios tipos de espectador en función a infinitas variables (el tipo de arte que se contempla, la identificación, la compañía o el estado anímico).

Esta controversia de posturas enfrentadas me inspira que, quizá, no deberíamos centrarnos en exclusiva en la obra o su autor, sino en nuestra manera de percibirla. ¿Está sesgada? ¿Es realmente objetiva o contiene tintes subjetivos?

FRANCE. French writer and semiologist Roland BARTHES. 1963.

Queramos o no, a menudo, nuestra percepción del autor influirá sobre nuestra percepción de la obra, y eso no es malo. La objetividad es una quimera, un imposible, al menos dentro de los mundos del arte. Ahora bien, deberíamos ser capaces de distinguir lo subjetivo de lo objetivo. No quiero emplear la palabra separar, barrera o frontera: ambos se van a mezclar, es inevitable. Pero podemos marcar el ritmo, el color, el tono. Establecer una especie de dualidad que permita dilucidar nuestra percepción a dos voces de manera que el autor no ensucie la obra. Ser capaces de tomar y desechar. Sentirnos libres de criticar al autor, reinterpretar sus obras con base en lo que conocemos de él o negarnos a colaborar en su riqueza. Sin embargo, eso no debe influir en la valoración técnica ni en la manera en la que hemos subjetivizado la obra. Al fin y al cabo, el arte no le pertenece al autor, sino al espectador.

Como escritora, entiendo que para un artista su obra es como un hijo, un gólem en el que ha dejado una parte de su alma. ¿Cómo decir que no es suya? Pero los hijos crecen y se independizan. Una vez hemos liberado el mensaje a través de la obra, debemos ser conscientes de que es el receptor quien le otorgará uno u otro significado, y no podremos controlarlo, por lo que es posible que el significado se interprete de manera contraria a su intencionalidad inicial o que le otorguen nuevos significados. Porque cuando una obra ya está interiorizada en el espectador, ya forma parte de este. Como decía Roland Barthes en La muerte del autor (1968): «el nacimiento del espectador se paga con la muerte del autor».

Pero un segundo, que hemos perdido el rumbo. Repito: ¿debemos separar al autor de la obra? Desde mi perspectiva, se puede intentar, pero el autor está en la obra, la obra que hemos devorado y que ahora es parte de nosotros. Quizá los espectadores seríamos más felices sin conocer al autor de la misma manera que los comensales de un restaurante son felices sin saber quién les prepara el plato Hubo un tiempo en el cual la figura del autor ni siquiera existía, no era más que el artesano que producía para el uso y disfrute del espectador. El autor no robaba protagonismo al arte.

En la actualidad no existen suficientes pseudónimos, o, si lo hacen, estos en su mayoría no son anónimos. El autor se ha convertido en producto de marketing para su propia obra, en artista-producto, por lo que no conocerlo se hace complicado y separarlo de su obra es imposible. Una vez el autor se ha desvelado, ya no se puede mirar a otra parte, por lo que al separarlo de su creación es casi tan imposible como separar a la obra del espectador.

Deja un comentario

Descubre más desde LaTaska.Info

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo