STOP ley Celaá. ¡No! STOP ley Wert, al menos de momento.

Cómo padre asistí a una reunión informativa en el Instituto con el fin de asesorarnos en los itinerarios a seguir según la (entonces) nueva ley Wert. Mis oídos no daban crédito a lo que estaban oyendo. Antes de terminar la ESO, a esa edad tan difícil en la que todo parece tan claro y todo es tan incierto, había que escoger el itinerario formativo a seguir; pero no por un camino abierto, sino por un callejón cerrado con alares que remataban en un redil formativo, que no educativo. Alguien ha tildado la LONCE de darwinista. Por lo que yo entendí ¡darwinista! era poco. La Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la mejora de la calidad educativa (LOMCE), denominada popularmente como «ley Wert» era totalmente selectiva. Me parecía tan increíble el sentido de la ley que interpelé incrédulo en varias ocasiones a la directora del Instituto, siendo confirmados y agravados mis espantosos temores. La forma y el espíritu de la ley me pareció ¡terrible!.

La Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre, por la que se modifica la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación, es decir, la LOMLOE o “ley Celaá”. Puede no gustarme porque consolida la política de inmersión lingüística en las comunidades con lengua propia afianzado ciertos desvaríos que no ayudan a eso que llaman integración. Pero a mí eso ya ni me va, ni me viene, lo doy por causa perdida. Com diuen a la meva estimada terra catalana ja s’ho trobaran!



En los años 60,70 y 80 Cataluña era todo un referente cultural para el resto del mundo. La mejor literatura en castellano se escribía en Cataluña (con permiso del gran Miguel Delibes en Castilla y García Márquez en Colombia). La generación del 50 y concretamente la conocida como “escuela de Barcelona” llevaron a lo más alto el movimiento cultural en Cataluña y espolearon la creación y desarrollo de la industria cultural catalana como un referente a nivel internacional. Casi se puede decir que no se publicaba un libro o se rodaba una película en lengua española si no intervenía la industria cultural catalana con todo el potencial cultural y económico que esto supone. Además, este florecimiento de la literatura catalana escrita en castellano no fue en detrimento de la literatura escrita en lengua catalana. Nadie ha vuelto a llevar la lengua escrita catalana a la altura que la llevaron Salvador Espriu, Josep Plá, Emili Teixidor, Terenci Moix o la gran Mercè Rodoreda. Igual que ahora, cada vez más provincianos; no siempre se avanza. ja s’ho estan trobant!

Que la ley no haya rectificado esta deriva provinciana que ya viene de largo no me gusta, pero lo que menos me gusta es que esta ley no haya participado del consenso del principal partido de la oposición porque los modelos educativos triunfantes son aquellos mantenidos en el tiempo. La propia EGB funcionó porque, reformada, se alargó en la práctica hasta 1990. Fue la ley educativa de la transición. Gracias a su estabilidad y a muchos maestros con solera, oficio y vocación, y otros de nuevo cuño, con ganas de cambiar las cosas, trabajando codo a codo, nos educaron en el sentido crítico, quizá en las mejores escuelas (mayoritariamente públicas) que ha tenido España.

Este necesario consenso quieren hacerlo imposible escudándose en las lenguas cooficiales y en la asignatura de religión.

El hecho religioso forma parte del pensamiento humano. No se puede entender la humanidad en general y nuestra sociedad en particular sin entender el hecho religioso, pues la religión ha dado respuesta a (acertada o no) a nuestras preguntas existenciales desde que nuestra especie ha tenido capacidad para planteárselas. La religión cristiana y en menor medida las otras dos religiones del libro han forjado nuestra cultura. ¿qué problema hay en enseñar desde niños filosofía, humanismo y con ello el hecho religioso como parte de nuestra formación para poder entendernos mejor? ¿se puede entender el arte, nuestra propia sociedad actual, sin cultura religiosa?

Paradójicamente la ley Wert reforzó la asignatura de religión mientras debilitaba las asignaturas humanística, aquellas que nos forman como hombres, como personas. Paradójicamente desde todos los lados se protesta por la falta de formación humanística de las nuevas generaciones y cada vez estas asignaturas tienen menos peso. Y, mientras andamos a vueltas con la asignatura de religión, y nos cargamos educación para la ciudadanía, y la formación ética y humanística brilla por su ausencia; la sexualidad se “aprende” por internet.

Una formación integral debe abordar la formación humanística en el más amplio sentido de la palabra, esta formación es incompleta si no incluye cultura religiosa ¿Por qué no incluir en este área la enseñanza religiosa escogida por los padres, siempre que respete los principios de los derechos humanos reconocidos y que oficialmente todas las religiones recogen?. Ser creyente no te hace mejor persona ni ser ateo te hace más sabio; ignorar el hecho religioso te hace más ignorante.

Pero la otra barrera es la enseñanza privada y aquí ¡con la iglesia hemos topado amigo Sancho!.

Aristóteles hace más de 2300 postuló: “Como el Estado todo sólo tiene un solo y mismo fin, la educación debe de ser necesariamente una e idéntica para todos sus miembros, de donde se sigue que la educación debe ser objeto de una vigilancia pública y no particular, por más que este último sistema haya generalmente prevalecido….. Sin embargo, lo que es común debe aprenderse en común….. En nuestra opinión es de toda evidencia que la ley debe arreglar la educación, y que ésta debe ser pública” (Política · libro quinto, capítulo primero, Condiciones de la educación)

Salvar esta segunda barrera es tan fácil como seguir los criterios de los patriarcas de la civilización occidental: la enseñanza debe ser pública.

La enseñanza privada debe compartir objetivos y complementar a la pública garantizando la pluralidad, comprometiéndose en el acceso a la calidad educativa, la igualdad de oportunidades y el cierre de la brecha social si quiere ser subvencionada. Lo que no puede ser es que la enseñanza privada vaya por su lado y que exista a costa de la pública. Lo que no puede ser es que el beneficio sea privado y la inversión pública.

Sería ignorar la realidad no reconocer el compromiso, la profesionalidad y la vocación de muchos maestros de las escuelas privadas. Seria engañarnos no reconocer instituciones privadas de enseñanza cuya labor es encomiable y puede que hasta ejemplarizante; basadas en el esfuerzo, la excelencia y la innovación, quizá no tanto la equidad.


Pero hay otra realidad de otras entidades educativas privadas a las que se accede sin ningún nivel de exigencia y con tiempo y dinero se acaba titulado con un título. Título que maquilla el acceso a consejos de dirección y otros lugares de poder y decisión a los que se llega por meras influencias. Esto tiene como consecuencia que a muchos talentos sin posibles se le cierren puertas mientras otros mediocres llegan a puestos de relevancia, perpetuando la mediocridad, el clasismo y la brecha social. Para unos esto será bueno, pero para el país no. Mientras el ministro Wert platicaba sobre el mérito y esfuerzo, dejaba abierta la puerta de atrás a los niños de papá.

Hace poco conversaba con dos profesoras, una española y otra nicaragüense que por méritos académicos había sido becada para hacer una una “Maestría” (eso que por aquí tan malamente llamamos master, ¡ay que ver! tienen que venir del otro lado del charco a enseñarnos a llamar las cosas por su nombre) ambas coincidían en la falta de formación humanística de las nuevas generaciones. La española (profesora de una escuela privada) disculpaba la ley Wert dando a entender que se había equivocado minusvalorando la enseñanza humanística, pero sin mala intención; a lo cual los dos contestamos airados que un ministro no se equivoca en algo así, sabe lo que hace. No nos engañemos, la lengua vehicular, la clase de religión y otras menudencias no son más que una tapadera que esconde otras pretensiones y otros intereses, ideológicos y económicos.

El objetivo de un plan formativo puede ser:
Formar personas libres con la finalidad que se puedan desarrollar tanto en lo personal como en lo profesional en la medida de sus cualidades, que no posibilidades.
o
formar trabajadores, profesionales y directivos sin más pretensión que el encaje en el engranaje productivo.

El fin pueden ser:
promover la igualdad de oportunidades,
o
clasificar las personas según sus posibilidades.

Planteémonos cual debe ser la finalidad del sistema educativo ¿Romper o aumentar la brecha social?. ¿Educar seres pensantes, críticos y autónomos, o “instrumentos de producción”? es decir: “idiotas” en el estricto sentido etimológico de la palabra que viene del griego”idios: (particular, propio de cada uno) refiriéndose así a las personas solo preocupadas por sus asuntos en contraposición a “politikón” (lo social, lo político), término aplicado a quien estaba interesado en las cuestiones públicas y el bien común. Que cada cual encaje a José Ignacio Wert Ortega, su LOMCE y su ideología liberal en el concepto “idios” o “politiKon”.

Como ciudadanos de un país democrático debemos posicionarnos, escoger entre A o B, entre “idios” o “politikon” no para nuestro hijo, si no para “nuestros hijos”.

Mientras nos ponemos de acuerdo entre “idios” o “politikon” y esperamos el imposible consenso, me quedo con la Ley Celaá porque acaba, al menos de momento, con el desvarío de la Ley Wert.

fd.
Carlos Antonio Trinidad Sánchez
07 de febrero del 2021

2 comentarios sobre “STOP ley Celaá. ¡No! STOP ley Wert, al menos de momento.”

  1. Magnífico artículo que incide con toda claridad en los errores, arbitrariedades de una ley fuertemente ideologizada y partidista como la LOMLOE. Bien en lo que se refiere a la valoración crítica de la LOMLOE que, en efecto, tampoco es una panacea aunque mejora sustancialmente (o al menos corrige) lo peor de la «ley wert». Solo una observación: en mis años de docencia, unos treinta, jamás me visitó delegación alguna del ministerio de educación o de la consejería autonómica correspondiente; ni los políticos ni los tecnócratas se han dignado a visitar las aulas, vamos… que yo sepa. Así, ¿cómo saber cuáles son las necesidades reales para, una vez conocidas, poder llevar a cabo un planteamiento justo y realista de la función docente? No se puede conocer la playa si no se pisa la arena. Si queremos que haya una reforma educativa eficaz, un entramado legal coherente, quienes dirigen la política deben establecer conexión necesariamente con los interlocutores adecuados, es decir, quienes forman la comunidad educativa, que no es un ente abstracto, que no son pura y simplemente «los/las votantes» . En cualquier caso, felicito a Carlos Antonio por su brillante y lúcido artículo.

    Txesko C.

    1. Le agradezco su atención y su felicitación me congratula especialmente. Mis apreciaciones son desde mi punto de vista y experiencia personal. Si nuestros políticos tuvieran verdadero interés en hacer un ley educativa al margen de ideologías sin lugar a dudas recurrirían a la comunidad educativa. Si yo fuera presidente del gobierno encerraría a pan y agua a diputados y senadores hasta que consiguieran consensuar una ley educativa y aun así dudo que lo consiguiera. Si sentara en una mesa a diferentes miembros de la comunidad educativa de diferentes tendencias estoy seguro que en cuatro días tendríamos la mejor ley educativa pues les une una misma vocación.

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