De Epstein y la isla del horror a la cálida cabaña de Tom Bombadil

Dicen que existe una isla en la que sucedían cosas horribles que no quisiera nombrar aquí, y que en ella operaban las élites del mundo. Y que esta no era más que la punta de un iceberg.

Dicen que se terminó el New START y que el mundo ahora es menos seguro. Más allá del Atlántico hay un continente, en ese continente hay un país que presumía de democracia, en el que se llevan a niños y rompen familias, y donde los indicadores actuales delatan la proximidad de la autocracia.

En las redes sociales las personas discuten unas con otras, en ocasiones con sentido, pero más a menudo por sinsentidos. Dicen que las libertades están muriendo y que debemos acostumbrarnos al egoísmo, la avaricia y la opresión, porque por más que protestemos, quienes protagonizan el papel de villanos no responderán por sus actos, y quienes reclamamos justicia somos radicales.

Estamos en febrero y el mundo nos muestra un rostro desfigurado que nos cubre de impotencia y nos obliga a pensar en lo peor.

Le di varias vueltas al teclado antes de ponerme a escribir. Tenía algo, lo prometo, pero no avanzaba, me vencía la desgana. Y es que, ¿servía de algo? ¿Iba a cambiar el mundo por un simple artículo? Y, lo peor, la pregunta que me asaltaba continuamente era opuesta a mis valores: ¿acaso nos merecemos ser libres? Porque, «cuando el ser humano es libre es capaz de lo peor». Necesitaba una acción humana, solo una, que dejara a la sombra cualquier injusticia.

Durante días venció la inanición. Nada merecía la esclavitud, los genocidios, la desigualdad, las injusticias…

Entonces, mi pareja me recordó un personaje ficticio: Tom Bombadil. El que para mí era el mejor personaje de El señor de los anillos. Tom Bombadil es el único personaje sobre el cual anillo no tiene poder, porque no lo necesita. Porque es feliz en su cabaña y con su amada Baya de Oro. Pero es un personaje ficticio… ¿O no? Quizá sí que exista un Tom Bombadil en la mayoría de las personas.

Es incuestionable que el ser humano ha hecho cosas horribles, pero también tenemos una historia que nos narra hechos hermosos. Huesos curados en la prehistoria que muestran el cuidado al próximo desde tiempos muy primigenios, e incluso un enterramiento de 14.000 años, en Alemania, en el que se hallaron los restos de un cachorro con evidencia de haber sobrevivido al moquillo gracias al cuidado humano. Podríamos decir que el ser humano es un animal que cuida. Que cuando se encuentra un ser herido se conmueve y lo arropa. Incluso tengo la osada e infundada teoría de que la domesticación útil tuvo una base sobre el cuidado altruista. Porque cuando pienso en ello, me imagino a un niño, con un ternerito en brazos, pidiendo que no lo maten, y a los adultos consintiendo primero, y después viéndole la utilidad con el paso del tiempo. De hecho, Peter Kropotkin, en El apoyo mutuo, ya visibilizó el sentido del cuidado entre especies a lo largo del tiempo, al ver como en ciertos lugares del mundo los animales eran compañeros, no utensilios.

No está en nuestro instinto soportar el sufrimiento ajeno. Hemos aprendido a normalizarlo para sobrevivir a catástrofes y a tolerarlo culturalmente, pero si escuchamos un infante llorar nos conmovemos y si vemos un animal herido sentimos compasión. Sí, quizá también exista quien haya convertido esa incomodidad en placer. El terror no es una experiencia placentera per se, y sin embargo adoramos las películas de miedo y los deportes de riesgo. También existe el instinto. Conocí un cazador que dejaba escapar a las presas heridas, y un animalista que confesó que cuando veía un animal correr le abordaba el pensamiento intrusivo de ir tras él. 

Las personas somos complejas. No soy una ilusa: la crueldad existe; no obstante, también existen la compasión y la solidaridad, porque ante una desgracia, son muchos quienes tienden su mano de manera inconsciente. Y, pese a la polarización actual, ante una emergencia nos tendemos la mano sin hacer preguntas.

Hace un tiempo llegó a mis manos Un paraíso en el infierno, de Rebecca Solnit. A través de sus páginas, la autora expresaba cómo las catástrofes unían a las personas. Hablaba de terremotos, de huracanes y otras desgracias, pero tenemos una aún más cercana. El 28 de abril de 2025 España se quedó a oscuras. Los teléfonos no funcionaban, los trenes dejaron de circular y era imposible realizar un pago con tarjeta. Para quienes trabajábamos lejos y debíamos transportarnos en tren, regresar a nuestro hogar fue una odisea. Pero también fue bello, porque vi a personas ofreciéndose a pagar el billete de tren de aquellos que no llevaban efectivo y fue mucha la gente que se ofreció a llevar desconocidos a sus casas.

La solidaridad es activa, irreflexiva, empática y altruista. No espera recompensa y… aun así, existe. La hemos visto a lo largo de la historia, no solo en los huesos que nos dejaron nuestros antepasados. La vemos a diario, cuando alguien nos tiende su mano sin conocernos, o cuando miles de personas hacen donativos anónimos para ayudar a la lucha contra el cáncer. Existe y ha sido explotada por las esferas de poder, ya sean teológicas —a través del diezmo, del cual una parte se utilizaba para alimentar a los pobres—, políticas —en busca del voto solidario— o empresariales —como quienes recaudan con fines sin lucro para llenar sus propios bolsillos.

El poder es el poder. Las personas somos personas. El poder destruye, las personas construimos. El poder lanza bombas, las personas gritan para impedirlo. El poder explota a menores, las personas los defendemos. Pero el poder, no como potencia, sino como fin, seduce a personas y las despoja de su valor intrínseco. El Señor de los Anillos es un claro ejemplo de ello, porque la literatura a menudo va más allá de las simples historias. Pero existe otro poder, uno sutil, pero deseado y valorado: el de la cooperación y el cuidado.

El mundo parece haberse convertido en un lugar horrible, porque los esclavos del poder lo mancillan y alardean de su inmunidad para dejarnos claro que están sobre nosotros. Pero ellos no son nosotros. Ellos no son la humanidad, porque se perdieron en el proceso. La humanidad somos nosotros, y tenemos la capacidad de alimentar su poder o hacernos responsables de nuestra propia fuerza colectiva.

Este cóctel os lo ha ofrecido Bárbara Muñiz-Pérez

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