Estos días me hacen revivir con mucha intensidad una de mis estancias predoctorales, la cual tuvo lugar en una ciudad bonita y pequeña, comparada con otras, más modesta, llena de gente acogedora, amable y cariñosa. Una ciudad muy diferente a lo que quizá Estados Unidos nos tiene acostumbrados. También diferente a lo que yo pensaba. En su skyline destacan sólo algunos rascacielos, unidos por pasarelas para evitar el frío helador de la calle (se me congelaban las pestañas). Desde una zona residencial podías pasar al estadio de los Timberwolves, después a los grandes almacenes Macy’s (donde compré una muñeca preciosa de Dorothy, igualita a Judy Garland) o a algún restaurante local.
La calidez de los edificios y, en especial, de su gente, contrastaba con el frío extremo de Minneapolis. Sí, Minneapolis: una de las ciudades gemelas. Un lugar del que guardo recuerdos preciosos por su belleza pintoresca y por las personas que lo habitan, personas que lo hacen especial, algo que parece no gustar a muchos.

Me fui sola a vivir la aventura estadounidense y a preparar mi tesis durante varios meses, recogiendo la extensa bibliografía con la que contaba la Universidad de Minnesota. Al llegar al aeropuerto ya me recibieron con cariño. Empezaba a intuir que era un lugar donde no temer, donde iba a sentirme segura. Es extraño, porque al principio pensaba que me encontraría a cada paso inseguridad, racismo, individualismo extremo… Ciertamente, Minneapolis tampoco estaba exenta de todo esto, pero no parecía demasiado perceptible. Creo que no sabía que había elegido un lugar donde se daban unas condiciones diferentes a otros lugares de Estados Unidos, al menos actualmente. Me di cuenta poco a poco y pude corroborarlo viendo las imágenes de estas últimas semanas y leyendo las historias contadas por sus habitantes, a alguno de los cuales conozco.
Una estudiante esperó pacientemente las horas de retraso de mi vuelo hasta que llegué al aeropuerto. Fue tan dulce, tan amable… La profesora que ejercía de mi tutora allí le había pedido por favor si podía recogerme esa noche tan fría. No lo dudó. Me llevó al edificio donde me alojaría: una antigua hermandad en el campus.
Siempre pendientes de mí: invitaciones a conciertos, compañía para comprarme las mejores botas de nieve, meetings para una hora feliz en algún bar del campus, entradas a espectáculos en la ciudad, invitaciones a sus propias casas, visitas a lugares preciosos. Amabilidad, amor, dulzura. Sin juzgar, solo pensando en acompañar, en acoger, en hacerte parte de su comunidad. Me sentí tan segura, tan querida, tan ayudada en un país lejano y diferente… Ni que decir tiene que en la universidad me trataron como nadie había hecho antes, ni siquiera dentro de las fronteras de mi propio país. Pensé en quedarme allí.
Minneapolis: un lugar tranquilo donde todas las personas se ayudan. Una mano para retirar la nieve de la entrada de casa de tu vecina; miradas cómplices para verificar que estabas bien y que tu trasero había sobrevivido al resbalón en el hielo; una rosquilla caliente de regalo con tu café americano la primera vez —y todas las siguientes— en las que, en la cafetería de la esquina, te preguntan quién eres y de dónde vienes. Vengas de donde vengas, eso no importaba.
Una rosquilla para mí, otra para la joven latinoamericana que acababa de salir de su trabajo nocturno. Una rosquilla para el anciano nativo americano, de rostro complejo, marcado por genes realmente originarios. Otro dulce para Omar, conductor del tranvía, de origen árabe, que en diez minutos entraría a trabajar para llevarte lejos. Otra para Renee Good, con forma de corazón, y otra para Alex Pretti, que grababa con el móvil el círculo perfecto que había trazado la pastelera. Todas y cada una de las rosquillas servidas con una cálida sonrisa.

Es evidente que en Minneapolis son estadounidenses si atendemos a los estereotipos habituales y a otra serie de asuntos: grandes coches, el bus escolar amarillo, las hermandades del campus y los “felices 16”, alguna persona sin hogar arrastrando un carrito de la compra, policía bien visible, miles de armas legales en las casas (de esas que te dejan comprar, pero luego quienes lo permiten te llaman terrorista), comida ultraprocesada y botes de leche de cinco litros… Pero la solidaridad, la ayuda mutua, la vida en comunidad también son evidentes. Quizá sea ese frío —esos 36 grados bajo cero en invierno— lo que les lleva a arroparse y darse calor y cariño. O quizá es que en Minneapolis piensan diferente, por diversas razones.
No era lo que esperaba, esta ciudad. Estados Unidos es un país de inmigrantes, empezando por los colonizadores blancos que ahora repiten como loros que haber desembarcado en otra tierra no da derecho a ser sus amos. ¡Cuánta hipocresía! ¿Quizá porque el inmigrante europeo está hecho de otra pasta? ¿Una pasta blanca y pura, de ojos azules y cabello rubio? Quizá porque para muchos hay niveles y niveles dentro de quienes huyen. Sin embargo, todos emigran por lo mismo: para mejorar sus vidas. Algunos de manera desesperada, para sobrevivir como pueden, dejándose la piel en trabajos que otros no hacen. Y otros… otros emigran para aprovecharse del trabajo de los primeros y luego pisarlos, aludiendo a su supuesta condición de seres superiores, y para delinquir de una manera tan terrorífica que ni en las peores películas se ve algo igual: pederastia, trata de blancas, asesinatos, crimen.
Es curioso: a unos los deportan por querer llevar pan a casa y a otros los hacen presidentes de un país o asesores financieros de las más altas esferas.
No era lo que esperaba, esta ciudad. Pero era lo que esperaba lo que ha acabado sucediendo: lo malo y lo que vino después. Las personas que allí conozco me han contado la realidad, la terrible situación de terror a la que han sido sometidas.
Han detenido a sus vecinos: detenciones ilegales, por supuesto. Han llevado a cabo secuestros, palizas. Han entrado en colegios y universidades, en sus casas. Han cortado suministros básicos de energía y alimentación. La gente temía salir con sus hijos, y muchas escuelas cerraron para evitar que a los niños les arrebatasen a sus padres y madres en las mismas puertas. Niños usados como cebos humanos para capturar a sus familias y a ellos mismos. Ni la dulzura de unas orejas azules de conejito ablanda a un nazi, porque —disculpadme— si hablas como un nazi, actúas como un nazi, matas como un nazi y vistes como un nazi… “no lo sé, Greg, quizá seas un nazi”.
Un estado de sitio ilegal creado para atemorizar a los inmigrantes de baja alcurnia, los de piel morena y canciones cálidas, pero también, con la más evidente intención, a los estadounidenses que no están de acuerdo con el fascista de Trump y sus amigos. Dos de ellos murieron defendiendo a sus vecinos. Han muerto pieles blancas defendiendo a pieles rojas, amarillas o negras. Pero esos ya no son de los suyos: han cruzado una línea roja. Ayudar al que lo necesita, alzar la voz por quien no puede hacerlo, defender a los más vulnerables. Terroristas domésticos. Fans de conejos malvados y sanguinarios que pretenden usurpar la supremacía blanca de la Super Bowl.
Pero la resistencia no es fútil, contradiciendo a los Borg (esto es para quienes me leen y son muy frikis). La resistencia es necesaria. Han muerto asesinadas varias personas, pero queremos pensar que no fue en vano. La comunidad salió a las calles. Se enfrentó a mercenarios con el “síndrome Stephen Candie”. Y, como en «Django Desencadenado» y aquel mayordomo afroamericano que odiaba a los suyos, los mercenarios latinos desataron su odio contra sus propios compatriotas y contra cualquiera de sus defensores…

Lejos del famoso “¡Huid, insensatos!”, cada persona salió a la calle animada por sus vecinos, en medio de uno de los peores temporales de nieve de los últimos años. Salieron con frío, con miedo, con rabia, pero también con la convicción profunda de que quedarse en casa ya no era una opción. Y lo hicieron de forma pacífica, pero firme. Contundente. Porque cuando el terror se institucionaliza, el compromiso, el sentimiento de formar parte de una comunidad y de proteger a tus vecinos, se convierten en resistencia.
Y no se rindieron. Y consiguieron cosas. Sintieron el apoyo de muchos, dentro y fuera, y demostraron que frente al odio organizado, frente al fascismo, aún queda algo más valioso y poderoso: personas comunes defendiendo a otras personas comunes.
Las calles de Minneapolis están heladas pero el calor necesario se consigue gracias a la gente que decide no dejar sola a la persona que tiene al lado.
La ciudad de Minneapolis cuenta con unos 430.000 habitantes. Alrededor de un 59% es población blanca no hispana, un 18.9% es de origen negro o afroamericano, un 10’4% es de origen latino o hispano, un 5’8% de la población es asiática, un 5’24 es mixta y un 1’2 % son los verdaderamente estadounidenses, indios americanos.
Un artículo de @letiberebel para La Taska