“Cuando no tiene agua el molino, el molinero tampoco vino.”
Paseando por el pueblo hace unos años, escuché este refrán a una señora que tomaba el fresco junto a unas amigas, y me hizo gracia. Entonces creí entenderlo. Hoy retumba en mi cabeza como una advertencia que no supe escuchar. Un ejemplo más de cómo muchas veces, la respuesta a eso que nos perturba, se encuentra en la cultura popular. Aunque el edadismo cognitivo, se empeñe (y en ocasiones me incluyo), en ignorar las enseñanzas de una sabiduría milenaria.
El agua es la única materia prima insustituible. No existe alternativa tecnológica, ni recurso que pueda reemplazarla, pero la tratamos como si fuera un desecho sin ningún tipo de valor. Según la ONU y la OMS, más del 80 % del agua que usamos regresa contaminada a los ríos. Un dato, que evidencia el fracaso del ciclo urbano del agua, lo que enferma los ríos y, por consiguiente, nos enferma a nosotros mismos, porque “cuando está enferma el agua del molino, enferma el molinero y su vino”
Y es que el destino de las grandes civilizaciones ha corrido siempre paralelo al de sus ríos: Egipto floreció gracias al Nilo, Mesopotamia se levantó sobre el Tigris y el Éufrates, y en ambos casos, la gestión del agua marcó la diferencia entre prosperidad y decadencia. Pero parece ser que por mucha sabiduría milenaria que alberguemos, “no aprender” es una característica de la identidad humana: hoy, nuestras ciudades no solo depredan los ríos, si no que los enferman de manera sistemática y alteran sus cauces. Y todo esto, entre otros daños, se refleja en la dramática extinción de la fauna de agua dulce, que, aunque parezca una locura, es el doble que la de los ecosistemas terrestres o marinos. Desde 1970, las poblaciones de vertebrados acuáticos (peces, anfibios y reptiles) han disminuido un 86 %.
Según la ONU, para 2050 se prevé que el 70% de la población mundial vivirá en zonas urbanas, lo que «tendrá consecuencias para la calidad de las aguas superficiales, especialmente de los ríos» Por lo tanto, es crucial implementar políticas de gestión sostenible del agua.
Pero también: ESCUCHAR A LA CULTURA POPULAR

En Salamanca existe una tradición artística, que sitúa a la provincia como el mayor exponente de un inmenso patrimonio, desarrollado en la soledad del monte y transmitido generacionalmente: El arte pastoril. Una cultura (que debería ser patrimonio de la humanidad) que generó una rica y expresiva iconografía, ligada a leyendas y creencias, que tenía como objetivo decorar utensilios. Y uno de los elementos más representativos de este arte popular es la sirena de río, figura mítica que, en Salamanca, en vez de conducir a la perdición, protegía a quién la veneraba. Así los antiguos pastores, las grabaron en sus útiles a modo de talismán contra el lobo, las tormentas o la enfermedad de su ganado
Hoy, con el objetivo de concienciar sobre la salud de nuestros ríos, desde el proyecto “Una historia de río” y la marca de ropa urbana RURAL VANDALS, reactivamos el imaginario pastoril salmantino desde la cuenca del Águeda, para reivindicar la figura mítica de la sirena de río como símbolo protector frente a los peligros contemporáneos: la despoblación, los megaproyectos mineros y un modelo económico que amenaza con agotar los recursos naturales y humanos del planeta. Colocamos así a la cultura popular como bandera de resistencia, conciencia medioambiental y orgullo identitario. La sirena de río ha despertado y con ella, la defensa de nuestros ríos.
NADIE
Para más info visita @nadie.art y http://www.ruralvandals.com