A veces uno escribe para explicar, otras para convencer, pero hoy escribo para desahogarme. No vengo con pretensiones de dar lecciones ni de soltar discursos solemnes: vengo con la necesidad de soltar lo que me pesa, de poner en palabras lo que arde por dentro mientras, fuera, el país también se quema.
Mirad, tenéis que entender que el verano ha sido un poco duro. Muchos pensamientos se me escapan, sobre todo de indignación, cuando media España se quema y muy pocos son los que colaboran. De hecho, colaboran aquellos que tendrían que colaborar menos, dejando paso a aquellos que supuestamente entienden.
Lo define muy bien un alcalde –creo recordar– de León, cuando, contestando a la ministra Robles (que unos momentos antes había rogado que se dejara actuar a los técnicos), le espetó que le encantaría dejar paso a los técnicos, pero ¿qué técnicos?, si en su pueblo no había ni un alma en pena con media capacidad de controlar algo… En fin.
Por casualidad, me acerqué en mis días de vacaciones a comer a Extremadura, más concretamente a la zona de Hervás, en un restaurante que se llama Chinato’s Bar, conducido por unos jóvenes que se habían quedado con la regencia mientras Chinato (el mítico letrista de Extremoduro y Marea, entre otros) hacía otros quehaceres. Pues bien, al fondo de la montaña se veían unos focos de fuego que, hablando después con algún técnico que estaba allí, nos comentó que llevaba una semana ardiendo y que, mientras estoy escribiendo esto, todavía no se da por estabilizado. Llevamos ya dos semanas sin ser apagado o, tan siquiera, controlado.
Solamente vimos un avión que, a marchas forzadas, realizaba descargas para intentar calmarlo. Un trabajo encomiable: en menos de treinta minutos había hecho cuatro cargas en el pantano, con sus respectivas descargas.
Ya no es simplemente lo que ves –que es desgarrador–, sino que el ataque se convierte en frontal y por todos los lados, –como si fuego fuese–, cuando escuchas por la radio cualquier tipo de sandez, con el único objetivo de echar la mierda, o en este caso el fuego, al adversario político.
Fijaos que digo adversario, porque en estos momentos que nos encontramos la causa política no parece un intento de hacer política, sino que se ha convertido en el lugar, el sitio, para intentar dejar “KO” al otro personaje que tienes delante, como si de un Street Fighter se tratara.
Escuchando todas las acusaciones cruzadas que se realizan mientras los bomberos se achicharran por unos miserables mil doscientos euros, hay un trasfondo en todo esto, algo que huele a naftalina, a ese traje de soldado que guardas en el fondo del armario y que es de tu abuelo, cuando hizo la mili.
Da la sensación de que ese traje está en algunos de los armarios de nuestros queridos políticos. Da la sensación de que añoran aquellas épocas donde todo el poder se concentraba en algunos personajes con galones en las mangas y tachuelas poco punkys. Ya nos pasó en la Dana, cuando pusieron a un comandante del ejército “al mando”. Por cierto, ha dimitido ya… Cómo tiene que ser para que un militar se vaya con la cabeza gacha.
Da la sensación de que las claras muestras de incompetencia de algunos las quieren suplir con tanques y mano derecha, sin darse cuenta de que la política, la buena política, está precisamente para hacer lo contrario: ayudar cuando el otro lo necesita, colaborar cuando el otro se quema, escuchar y ser escuchado cuando necesitas ayuda.
Pero parece que a otros, con cierta nocturnidad y alevosía, les encanta sacar a relucir sus incompetencias y dejar su lugar a un poder central. Muy trumpiano, por cierto: dejemos que las fuerzas lo ocupen todo, quitemos el poder a aquellos que son unos incompetentes, dejadme a mí hacer y confiad en que todo salga bien. Eso, queridos, se llama totalitarismo, y creía que hacía mucho tiempo habíamos pasado de pantalla, pero veo que no.
Recuerdo aquellas famosas palabras de Dumas, donde decía aquello de:
“España es un país hecho para los poetas y los soldados: se respira orgullo en sus montañas y poesía en sus llanuras.”
Esta España querida, donde hay más soldados que poetas; donde hay más palabras como balas que palabras enlazadas; donde hay orgullo que quema nuestras montañas y llanuras, y donde la poesía nos castiga con su indiferencia.
Si la poesía, si el arte de enlazar palabras, está desaparecido, ¿qué nos queda?
Fuego…
Este cóctel fogoso os lo ha ofrecido RODRIGO T.M