JUGAR SIN EXCLUIR: EL VERDARERO GOL DEL RECREO

He trabajado en distintas escuelas y en cada una se gestiona de manera diferente la respuesta a esta pregunta: ¿Se puede jugar al futbol durante el recreo? Algunas permiten juga solo un día a la semana; otras prohíben el uso del balón; y hay quienes permiten la pelota, pero siempre y cuando no para jugar a este deporte.

Durante un tiempo no sabía bien dónde posicionarme. Lo que sí veía con claridad era que, cuando se permitía el fútbol, la mayoría de los niños se adueñaban de la pista principal y muchas niñas (y otros pocos niños) quedaban relegadas a los márgenes, conversando o almorzando, sin importar la etapa educativa de la que habláramos.

En Infantil, evitar la pelota es sencillo: no les importa demasiado. Pronto empiezan a reunirse niños y niñas para inventar juegos propios. Pero en los cursos superiores la cosa cambia: cuando se les dice que “este año no se jugará al fútbol en el recreo”, los conflictos aparecen. Aunque tienen muchos otros momentos para practicarlo — yo misma los veo como juegan en la plaza al salir de la escuela, otros lo practican en equipos de barrio o en extraescolares— siguen sin verle “sentido” a esos 30 minutos de recreo si no es pasándose el balón.

Se enfadan, se quejan y, sobre todo los más mayores, llegan a decir que el profesorado está “a favor de las niñas” e incluso que esto es una forma de “desigualdad”. Hablan de feminismo como si fuese sinónimo de discriminación, aunque no sea ese el trasfondo real de esta cuestión.

Yo misma tenía dudas sobre este debate. Era un tema recurrente en los claustros, hasta que hace poco asistí a un partido. Vi caer a un jugador y escuchar al equipo contrario gritar: “¡Pero písale!”. Los simpatizantes hacían gestos obscenos y gritaban al contrario. El árbitro quedó servido de quejas. Me decepcioné. Siempre pensé que el deporte, y, por lo tanto, también el fútbol, servía para unirnos, no para enfrentarnos. Pero allí, adultos y jóvenes parecían crecerse despreciando al rival. Y pensé: ¿qué ejemplo damos a los más pequeños?

El recreo debería ser un espacio de juego libre, no estructurado, que brinde la posibilidad de moverse y divertirse sin que la competitividad marque la dinámica. Para actividades organizadas ya existen las clases, las acogidas de mañana y tarde o las extraescolares. En el patio deberíamos fomentar el ocio, el juego por el placer de jugar, no solo por el deseo de ganar.

¿Cuánto tiempo hemos dedicado los maestros a resolver conflictos originados en partidos del recreo? ¿Cuántas veces me han reprochado que no arbitro bien? Lo he intentado: poner reglas claras, promover el diálogo, exigir equipos mixtos. Pero siempre ocurre lo mismo: el alumno al que nadie pasa la pelota, la niña o niño elegida/o que queda en último lugar… El fútbol tiene valores positivos, sin duda, pero quienes quieran practicarlo tienen muchos espacios fuera del horario escolar.

En la escuela, el juego debe ser inclusivo. ¿Qué pasaría con los alumnos/as con discapacidad motora o de cualquier otro tipo que no pueden jugar al fútbol? ¿Deben limitarse a sentarse conmigo a conversar mientras comemos el bocadillo? Cuando un deporte deja de ser inclusivo —y en mi experiencia el fútbol lo es cada vez menos a medida que crecen—, es necesario buscar alternativas. Y buscarlas desde la escuela y entre toda la comunidad, me parece fundamental.

Hay vida más allá del balón. Pintemos juegos en las pistas, creemos dinámicas colectivas, inventemos nuevas formas de divertirnos, de decorar nuestros patios. Los maestros no queremos prohibir el fútbol porque sí, sino porque creemos que el alumnado puede disfrutar mucho más si, entre todos, construimos un recreo donde todos tengan un lugar.

Deja un comentario

Descubre más desde LaTaska.Info

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo