Hay quienes aseguran que Trump se ha estado equivocando en sus ataques contra la universidad de Harvard. El tío Donald tenía la convicción de que su cruzada contra el socialcomunismo (y esto incluye cualquier sucedáneo de progresismo) pasaba por arrodillar y acogotar a esta prestigiosa universidad, verbi gratia, torpedeando su financiación; y así lo planteó aun a riesgo de perder un potencial aliado inteligente, que le podría venir de perlas, pues él de inteligencia va bastante justito. Pero… ¿Qué se estaba cociendo realmente en este asunto? Puede que la cosa no sea tan sencilla.
Durante los últimos dos o tres años, es decir recientemente, se les ha dado mucha bola a las corrientes éticas del helenismo, en especial al estoicismo. Y la punta de lanza que ha liderado esta tendencia… llamémosla “neoestoica” ha sido precisamente la universidad de Harvard. Sería de género bobo que yo me pronunciara ahora contra un auténtico y genuino estoicismo como guía moral de aquellas personas a quienes convenga adoptar dicho código de conducta; pero el neoestocismo actual es otra cosa… Por eso no me resisto a hacer mención de algo que el estoicismo ortodoxo comparte con sus primas no-hermanas coetáneas helenísticas (epicureísmo y escepticismo) y ese algo es clave y esencial: individualismo frente a comunitarismo alienante. Echemos un vistazo a sus fundamentos y tratemos de arrojar algo de luz sobre esta cuestión:
El origen del helenismo debemos rastrearlo en la figura de Alejandro (334 al 323 a.C.) y la construcción de su imperio, que pese a su efímera existencia pasa por ser uno de los acontecimientos históricos más influyentes. Una consecuencia especialmente relevante de dicho evento fue el hundimiento de la polis en su versión ateniense (núcleo de la vida política y ético/racional de la Grecia clásica) y la “desidentificación” del hombre con respecto a ella.
A este cataclismo ¡y el de su IDEAL filosófico! no le siguió la aparición de otras concepciones político-filosóficas potentes que recogieran el testigo, pues las monarquías helénicas (Egipto, Siria, Macedonia y Pérgamo) que surgirían al morir Alejandro fueron tan débiles que no pudieron constituirse en referencia ética. Y por añadidura los ciudadanos se convirtieron en súbditos; los administradores en funcionarios y los defensores de la comunidad en mercenarios. Consecuentemente el antiguo ciudadano adoptó ante el Estado (en tanto que entidad racional) una actitud a menudo desconfiada, desafecta e incluso hostil.
En el 146 a.C. Grecia es incorporada al Imperio romano. El pensamiento helenístico, no habiendo encontrado una alternativa a la polis, se replegó hacia un cosmopolitismo en principio idealizado. A este ideal le corresponde un nuevo prototipo identitario para el hombre: el de “individuo aislado en la multitud”. Su fundamento arranca del hecho de que la nueva/vieja forma de hacer política, donde el poder se encarna en uno o unos pocos, fijaría en cada sujeto el deseo de forjar a su modo la propia vida (y a fortiori su personalidad); esto es: “el hombre que se hace a sí mismo”. Ello comporta de alguna manera una cierta escisión entre la ética y la política. Desde Sócrates hasta Aristóteles (pasando también por Platón, desde luego) la ética griega había tenido como fundamento la identidad entre “hombre” y “ciudadano”. Pero con el helenismo la ética se independiza y pasa a fundamentarse en un individuo aparentemente “re-naturalizado”.

Posteriormente el cristianismo buscó un equilibrio (ciertamente complicado) con el helenismo: por una parte, se presentó como única religión verdadera; pero frente a las filosofías helenísticas también lo hizo como la única filosofía verdadera: la ley natural remite a Dios. Sin embargo para poder propagarse en un contexto helenizado (con tendencia a la especulación racional) ese cristianismo, que habría nacido como “emocional”, necesitó teñirse de racionalidad; así, asimiló la koiné y adoptó, junto con las formas literarias griegas, conceptos filosóficos clave como el logos estoico (que se convierte en “Verbo” o “Palabra” divinos). Este “nuevo” cristianismo beberá en definitiva de fuentes como el neoplatonismo y el estoicismo (de este último sobre todo). Es aquí por tanto donde se encuentra la primitiva justificación racional del cristianismo, embrión de la filosofía cristiana. Tendríamos que dar un gran salto hasta llegar a la ética protestante y nos llevaría demasiado tiempo y espacio explicar su peculiar concepción del trasunto «feligresía-rebaño», con elementos divergentes respecto a la idiosincrasia católica; pero incluso sin la explicitación de dicho salto podemos ver que ahora ya están disponibles todos los ingredientes para preparar el indigesto “banquete” del que somos invitados forzosos. ¿Seguimos…?
Quedémonos con la aseveración de todo líder plenipotenciario según la cual “Dios está conmigo, me ha armado con su espada flamígera y hago su voluntad, por eso ordeno y mando”. Fijemos nuestra atención por fin, sí, en esa figura pseudomesiánica hecha carne y avancemos para destapar una odiosa y nauseabunda manipulación cuyo resultado es la perversión de lo individual y hasta de la mismísima libertad.
Todos los políticos populistas (y Trump es uno de ellos) basan su éxito en la capitalización del descontento, el miedo, la envidia y la codicia es decir, la irracionalidad (emocionalidad) en su formato más negativo; también lo basan en su condición de matones. Antes he tildado a Trump de poco inteligente; pero no he dicho que sea estúpido. Es un manipulador, un fantasmón sin duda atractivo por su habilidad para encontrar chivos expiatorios; su arrogancia de “hombre autoforjado” lo postula como modelo a seguir para ser “un triunfador” (algo parecido aunque con matices y contextos diversos cabe decir también de Milei, Putin, Orban…) Pero estos sujetos empachados de sí mismos, si quieren perpetuarse como matones-mandamases, acaban necesitando antes o después de quienes puedan justificarlos racionalmente frente a inevitables descontentos. Los “mandomatones” habrán de dar soporte racional a esos tres pilares: miedo, codicia y envidia e intentar funcionalizar dicho soporte. Eso sí, también tendrán que promover (desde su atalaya de matones, claro está) acuerdos con muchos de esos entes a los que combaten, en especial cuando se trata de enemigos económicos como la Unión Europea quien, a día de hoy como bien sabemos, va perdiendo por goleada.
Es aquí donde podrían llegar a jugar un papel relevante varios neo-estoicos de Harvard: conciliando la justificación racional del Estado-mínimo-inevitable (Nozick) con el proteccionismo arancelario más agresivo, todo ello orientado hacia una exaltación máxima del individualismo y los grandes negocios. Es pura especulación pero no tengo dudas de que algunos de estos “neoestoicos” serían unos magníficos consejeros para el tío Donald (si es que no lo están siendo ahora mismo) pero como ocurre con todos los ególatras, el grandullón se cree omnipotente…¡y omnisciente! En fin, ya sabemos que a Nerón le acabó yendo fatal en cuanto dejó de escuchar a Séneca… aunque solo fuera de vez en cuando. Justo es señalar que, aparentemente, en Harvard ha tenido lugar una bajada de pantalones ante Trump… ¿Pero quién nos dice que no se acabará repitiendo la historia de Séneca, que se rebeló contra su señor quitándose la vida sin su permiso, negándole así el placer de ejecutarlo? Es verdad que el actual presidente de los EEUU parece haber atemperado algunas de sus “trumpadas” como si en efecto estuviera escuchando a gente de Harvard; sin embargo yo no me fío un pelo de semejante sujeto.
Para evitar ser arrollados por la realidad más actual tal vez sea ahora el momento de aventurar algunas observaciones que nos permitan acuñar algunas propuestas, siquiera preliminares y enganchadas con alfileres, e intentemos salir adelante ¿Vamos a ello?

Las éticas helenísticas (estocicismo, epicureísmo, escepticismo) resultan atractivas tanto en lo intelectual como en lo estético; sin embargo llevan dentro de sí un germen para el advenimiento de sujetos demasiado replegados sobre sí mismos, incluso dóciles. Ahora mismo, con la que está cayendo, quizá toca revisar las éticas procedimentales, los planteamientos dialógicos e incluso recuperar el rigorismo kantiano con su imperativo categórico (actualizándolo si cabe). Con toda crudeza y con mucha jeta hago la siguiente formulación: estoy bastante seguro de que es necesario «reizquierdizar» la Teoría de la Justicia formulada por Rawls (en el fondo, un procedimentalista) reconciliarla con la propuesta dialógica de Habermas y asestarle una contundente patada en el culo a Nozick y a sus acólitos mimetizados ahora en neoestoicos. ¿Qué demonios quiero decir con todo esto? Sencillo: ahora que los trumpeteros parecen saber que el neoestoicismo de Harvard les podría venir como anillo al dedo para darnos a los europeos “tas-tas en el culete”, logrando además que nuestros gobiernos les den las gracias, debemos recuperar la iniciativa desde la izquierda y construir una ÉTICA DE COMBATE; y lo acabo de escribir gritando, SÍ. Así que… ¿Ataraxia…? ¿Apatheia…? Suena tan bonito, tan intelectual, tan cosmético, tan pimpollesco… Pero, no gracias: ¡A otro perro con ese hueso! No es el momento. Perdón por el escándalo y por la insistencia: ¿ATARAXIA…? ¡¡¡¡NO, GRACIAS!!!!
Termino ya. No podemos ser tibios ni quedarnos a verlas venir con el actual esperpento que se sienta en el trono de la Casa Blanca, ese a quien algunos pretenden proponer como candidato a Nobel de la Paz. Tampoco podemos quedarnos en modo gilipollas ante unos gobiernos europeos que hacen gala de unas tragaderas XXL. No nos podemos permitir el lujo de la ataraxia, del ascetismo, del retiro, de no darnos por enterados del peligro que supone bailarle el agua ese individuo (y a otros como él, cómplices por acción o por omisión, y que son bien conocidos). No, no nos lo podemos permitir a este lado del Atlántico… y no se lo deberían permitir en aquel lado tampoco. De hecho no se lo deberían permitir ni siquiera en Harvard… ¡Qué digo! ¡Mucho menos en Harvard! Necesitamos YA, insisto en ello, una ética desenmascarante y sacarla a la calle, una ética beligerante que nos haga pasar de la reflexión a la acción.
TXESKO C.