Fe, política y otras formas de martirio

Llega ese momento del año donde las lecturas que has ido atrasando durante toda esta temporada salen a la luz. En mi caso, me sucede por un motivo muy simple: durante el resto del año paso leyendo cosas “obligatorias” que tengo que leer para la universidad, y ahora es cuando, después de todo eso, puedo dedicar tiempo a las lecturas que tenía pendientes. ¡Sí, queridos lectores! Hasta en los tiempos de lectura uno se tiene que rendir a los pies del sistema capitalista y ordenarlo todo bajo unos intereses de rendimiento e importancia… En fin… Si algo tiene este sistema y sus “virtudes”, es que todo, absolutamente todo, siempre cae a sus pies.

Pues bien, llegué a Unamuno después de pasar por las manos del último libro de Javier Cercas. Libro que escribe cuando alguien de la Iglesia católica le dice a nuestro autor —persona atea confesada y anticlerical— que tiene que escribir un libro sobre el viaje que iba a hacer el papa a Mongolia. Cercas, en su libro, se pregunta todo el rato sobre la resurrección de la carne y la vida, hasta el punto de que el propio papa lo invita para resolver sus dudas… Y hasta aquí puedo leer.

Durante todo el viaje de Cercas, presume de que, gracias a Unamuno y su pequeño “cuento” San Manuel Bueno, mártir —si no lo habéis leído, ya estáis tardando, porque es una lectura muy rápida y descorazonadora—, encuentra en este cuento la forma de hacerse ateo durante su juventud. Para los que no lo habéis leído, os puedo explicar que hay un cura que va para santo de tan bueno que es, pero en un momento dado de la historia, dicho cura pierde la fe, y lógicamente no puede ser cura. Pero el pueblo lo necesita, porque el pueblo es él. Y todo el rato hay un hilo conductor: la supremacía del interés personal respecto al interés colectivo. ¿Os imagináis quién gana?

Pues, al igual que hago con Cercas, aquí también os voy a pedir que os dignéis a leerlo.

La clave de todo este relato no está en el supuesto semidiós que es Manuel, sino en quien lo explica. Y ella es una mujer, más santa que todas las santas y menos mujer que todas las mujeres: Ángela Carballino.

Ángela es una mujer que, de bien joven —y para no quedar como una cateta—, sus padres envían a la ciudad a estudiar “cosas de mujeres”, pero echa mucho de menos su pueblo, y se enamora sin enamorarse del párroco, quedando para vestir santos.

Pero Ángela vive un momento crítico: la llegada de su hermano, que viene de EE. UU., o según como dicen ellos, “el nuevo mundo”. Su hermano, ateo, poco a poco se va acercando a nuestro santo mártir hasta que es bautizado, acto que celebra todo el pueblo, ya que en ese lugar no es muy aconsejable ser ateo… sobre todo mientras haya tal párroco honorable en sus huestes.

Pero a mi pobre Ángela poco le dura la alegría, ya que nuestro querido cura no bautiza a su hermano por convicción, sino porque de esta manera el hermano es acogido por todo el pueblo y se integra mejor en la comunidad. Lo bautiza por un bien personal y no por la fe. Aquí es cuando nuestra pobre Ángela se da cuenta de que nuestro querido santo tampoco cree.

Te das cuenta de que estás leyendo algo bueno cuando, entre sus líneas, sus comas, sus palabras, cada una de ellas brota tus pensamientos; las líneas que estás leyendo empiezan a entretejerse con tus pensamientos y se hacen uno. El texto te atrapa, se hace uno contigo, y el texto ya forma parte de ti.

Poco a poco, Ángela mutaba en Rodrigo; poco a poco, las crisis de identidad de Unamuno reflejadas en sus textos, cobraban vida en mí y —lo que es más acojonante— San Manuel Bueno, mártir se convertía en política. Toda esa fe que representa San Manuel se convertía en todo mi bagaje en esta vida política que he decidido llevar a cabo.

Después de mi larga travesía en el desierto —que se convirtieron los años después del 15M, donde milité con tanta dedicación y que después me aislé para encontrar mi propio yo como ser político—, me transfiguré en Ángela. Rodrigo había vuelto del “reformatorio” para volver a su pueblo, donde quizás nunca se habría tenido que ir. Donde todo se estructura en algo que es tan material como inmaterial: la política, la fe.

Pero es en ese momento, y después de vivir todos los desvaríos habidos y por haber, después de haber visto —querido lector— cosas muy feas en política, y cosas que ni el más mínimo ser humano dudaría en alzar la voz (como hice), la cabra tira al monte, y la fe tira más que la razón a veces. Y volví al redil, volví al pueblo, he vuelto a la pantomima.

Pero en este caso no es una pantomima, no es un muñeco manoseado. He vuelto, como si de un reflejo de San Manuel Bueno, mártir quisiera enseñarse desde un atisbo clerical. Me he dado cuenta de que San Manuel Bueno, mártir es un ser humano, un ser con sus problemas y sus contrapuntos, que decide que lo mejor para su comunidad es la martirización de su fe: poner algo personal al servicio de lo colectivo, poner la fe —algo tan poco explicable y tan poco colectivo— al servicio de unos pocos, o muchos: la sociedad. Creo que todos tenemos algo del pobre San Manuel; todos tenemos algo de mártires; todos, en un momento dado, hemos puesto el beneficio personal por debajo del colectivo, sobre todo si decides, en este mundo, que la vita pública es tu vida, que lo público también abarca lo privado.

¿Y qué decir de la “fe”, esa palabra? Creo que todas y todos —yo en particular— hemos perdido la fe en los políticos, al igual que nuestra querida Ángela. Pero nuestra protagonista se da cuenta de que no pierde “la fe”, sino que pierde la fe en San Manuel. Yo me agarro a la idea de que la fe, al igual que la política, mueve montañas; es simplemente —y básicamente— una opción de cómo caminar en esta vida: creer o no creer, existir creyendo o existir sin creer. Y lo que es peor, o más interesante: mientras tienes fe, mientras crees, ¿existes?, ¿eres?

Tengo que confesaros que, mientras estemos en los momentos actuales, mientras el espacio público y social esté tan devaluado, corrupto, tan denostado, tan poco público, tan poco humano, mientras el pueblo de nuestro Manuel esté tan desconsolado, todos tenemos un poco de Manuel. Y yo, concretamente, me siento muy identificado con su idea. Quizás haya perdido las ganas, quizás ya no nos sintamos identificados, quizás esa fe ya no exista, pero hay algo que don Manuel entiende: la fe en las personas. En el rebaño. Porque entiende y comprende que lo colectivo está por encima de lo personal, que las personas y su bienestar están por encima de uno mismo, porque el bienestar de las personas es el bienestar.

Lo que movía a don Manuel es lo mismo que nos puede mover a algunos: no es un tema de fe, es la creencia y la virtud de entender que lo que estás haciendo es lo mejor para el ser humano.

Y esa, quizás, es la mayor virtud del ser humano: la fe en la humanidad. Porque, al final, os propongo una idea: ¿no era Jesús en su cruz sino un ser humano sin fe? ¿Recordáis aquello de “Padre, por qué nos has abandonado”? Al final, nuestro hippie sin rastas —creo— murió como humano sin fe. Adoramos a un ser humano, y por lo tanto, nos adoramos a nosotros mismos.

¿Quizás eso es la fe?

Este coctel os lo ofrece Rodrigo Trinidad Morán

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