Creo que no os descubro nada en este pequeño artículo si os digo que la vinculación de Botero con la política era alta. Solo nos hace falta recordar aquellos famosos retratos de una gran clase pudiente latinoamericana acompañados de señores de la guerra, empresarios y burgueses de la época y como no… la iglesia.
De hecho, la crítica a la iglesia es constante en las obras de Botero, no por necesidad o por ponerle una nota discordante, si no que viene de la necesidad de reflejar en su obra una sociedad que él había vivido.
Hace poco tuve la gran experiencia de visitar una de sus exposiciones en Barcelona. En ella aparecía él hablando sobre esto que os estoy comentando. Según él, cuando un sacerdote o alguien notorio de la iglesia aparecía en su pueblo era como si: ¡Hubiera venido el Santísimo Papa a vernos!

Esto nos da una idea de cómo nuestro querido autor, tenía en su imaginario la idea de la política en su forma de hacer arte.
Creo que esa vertiente de Botero está muy estudiada, y digamos que “manoseada”. Voy a ir por otros derroteros y vamos intentar que nuestras ideas “hablen” a partir de sus pinturas, siendo las pinturas el lugar en el que, a partir de nuestros sentimientos y de nuestra propia filosofía, dejen una pequeña ventana para que puedan respirar y hablar con cada trazo del autor.
Sabéis por todo lo que podáis leer de mí en anteriores artículos, que soy un verdadero enfermo de la política. Disfruto con ella y siempre intento aportar, o dar una vuelta a las cosas, aunque en los momentos en los que estamos, desearía muchas veces tener algún otro tipo de afición.
Digamos que, en Botero, una de las cosas que observamos con claridad son sus formas, sus curvas y su gran conocimiento del cuerpo humano. Si observamos detenidamente, detrás de cada curva, aunque sea exuberante, hay un conocimiento del sistema humano y de sus músculos. Esto choca mucho con las facciones de la cara; vemos que los ojos son muy pequeños, como una pequeña mota en un mar de piel. Esa técnica la utiliza también en sus obras de naturaleza muerta en las que, por ejemplo, pinta una gran pera, y con un tamaño muy pequeño y gran minuciosidad, pinta un pequeño bichito que sale de sus entrañas.
Con esta técnica lo que nos quiere transmitir es, precisamente, la grandiosidad. Hace grande aquello que pone en perspectiva, haciendo que con algo tan pequeño que debería ocupar el centro o prácticamente toda la atención de la composición, se vea empequeñecido y menospreciado, quedando relegado simplemente a una herramienta para hacer grande su contexto.

Esto nos pasa muchas veces con las ideas y con la política en general; en innumerables ocasiones tenemos – desde muchos recovecos de la sociedad- ideas espectaculares e incluso formas de cambiar el mundo que nos rodea con simples acciones. Dichas acciones, muchas veces se ven empequeñecidas por la grandiosidad de todo un sistema político y tecnológico que se utiliza para gobernar. Las ideas pasan a otra perspectiva: de ser motor, o el posible centro de interés, pasan a formar parte de un complejo sistema en el que se hace más grande aquello que lo rodea.
Bien, podríamos pasar a otra cosa, pero hablemos del uso de los colores en las obras de Botero. Observamos claramente colores pastosos, en los que la mayoría cromática o la composición primaria es el blanco. En Velázquez, en contraposición, vemos como en el dibujo de una “simple” mano se utiliza muchos cambios tonales, pero en Botero no sucede así; él hace un uso drástico de los cambios tonales y poco profundos, prácticamente sin sombreados o sin una perspectiva, llegando a tener una lectura plana en sus cuadros, ya que todo resalta y está a primera vista.
Esto es muy característico de nuestros tiempos, de la sociedad en la que vivimos y las formas que tenemos de gobernar. En ella, es muy poco frecuente encontrar en debates esos matices que hacen tan bonita nuestra comunicación y esos oscuros que hacen predominar una argumentación imparable. En todo esto, hallo algo preocupante: si alguien quiere destacar con su argumentario, si alguien quiere ser fresco con lo que dice, se ve opacado por una amalgama de colores y discursos pastosos que le hacen pasar inadvertido.
Antes hablábamos de Velázquez, del modo en el que, en sus composiciones, destacan las líneas son poco nítidas e incluso prácticamente invisibles. Los objetos están hechos con escasos trazos, casi anárquicos, pero cuando te alejas de la obra y la ves en perspectiva, todo cobra un sentido y un orden. En la obra de Botero, los trazos y líneas son prácticamente perfectas, en las que todo se distingue a la perfección, dejando muy poco espacio a la mezcla de colores y a la imaginación.
Los discursos, al igual que las líneas de este artista, son muy poco transpirables y encorsetados, sin dejar que se contaminen por los otros pigmentos que acompañan al debate. Esto deja dentro de un “ideal” aquello por lo que hicimos grande la política y la utilización del debate como base de nuestra forma de comprender y gobernar: entendernos para prosperar. Esta última afirmación, refuerza la idea de no dejar que nuestro “ojo”, y que nuestras ideas, cojan perspectivas: la línea es la línea, y no debes de saltártela.

Vayamos a analizar las líneas importantes de Botero, aquello que siempre nos ha atraído de su planteamiento visual; sus contornos y sus grandes, elocuentes y vistosos volúmenes.
Cuando observaba esos cuadros en la galería, no me dejaba de sorprender la naturalidad con que hemos adquirido esa forma de comprender el ser humano. Es interesante analizar el cómo interpretaríamos esas líneas y esas formas, si las pusiéramos al lado de otro tipo de concepto pictórico, como por ejemplo la figura de Velázquez: ¿Qué pasaría si al lado de una menina del profesor Velázquez apareciera un gato de Botero? Fácilmente nos podría parecer una aberración, un mal concepto o una mala idea, porque las dos formas de comprender el ser humano y la naturaleza no son de igual modo.
Botero, por su parte, hace de esa “aberración” un concepto conjunto, una idea unitaria y un todo en su compresión. Consigue que lo “diferente” y lo “abominable” sea estético.
Esto nos pasa muy frecuentemente –por desgracia- con formas de comprender el mundo desde posicionamientos racistas y/o xenófobos, entre otros muchos apelativos. Nuestro sistema económico -que lo impregna todo-, que lo embadurna todo de rivalidades y elementos a destruir para nuestro propio bien, ha alcanzado tal nivel de sofisticación, que ha convertido un acto atroz y despectivo en algo común y, por tanto, en algo plausible.
Tal y como hace Botero en sus cuadros, el artista ha convertido todo un “quizás” en un lugar donde la abominable y lo poco plausible en otros momentos históricos, sea posible dentro de un determinado momento.

¿Por qué nos hemos dejado seducir por interminables curvas y por sus voluptuosas carnes?
Tal y como decía Botero en su serie “circo”, en ese maravilloso lugar, todo es posible y todo es real. El imaginario, – más allá del espectáculo, de risa y de mofa-, se han convertido en realidad: el elefante caminando por una cuerda es algo que puede realizarse; el payaso tiene ahora un atril y poder. Se le ha caído la nariz y ya no hace gracia.
Pero, la pregunta es: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo hemos dejado que algo así se convierta en lo correcto?
¡Bienvenidos al circo!