Últimamente me harto de escuchar que «ahora todo el mundo quiere etiquetarse». Incluso cuando vas a por un diagnóstico te dicen «¿en serio necesitas etiquetarte a ti o a tus hijas?». Las personas somos seres sociales, de eso no hay duda. Por tanto, es habitual querer saber por qué se encaja más o menos en determinados grupos. Aunque no solo es eso. Al negar a un niño o niña su derecho a un diagnóstico (no en el sentido de enfermedad, porque las neurodivergencias no son patologías) le estás negando el derecho a un currículum adaptado a sus necesidades (no se trata de nivel, sino de formas), a becas o terapias, porque no debemos olvidar que, si bien no son patologías, a menudo se acompañan de ciertas dificultades.
La misma frase la he escuchado en cuanto al colectivo LGBTQI+, lo que ya de por sí es absurdo. ¿En serio, si alguien dice ser gay, se está colocando una etiqueta? Esto denota un desconocimiento generalizado respeto al significado, utilidad y causa de las etiquetas sociales, por lo que urge aclarar este malentendido.
¿Qué son las etiquetas?
Dentro del estudio de la desviación social, la teoría del etiquetaje social «no interpreta la desviación como un conjunto de características de determinados grupos o personas, sino como un proceso de interacción entre los que llevan la etiqueta de desviados y los que no la llevan». En consecuencia, «lo importante es saber quiénes son los que cuelgan la etiqueta de desviados, a qué personas o grupos y por qué motivo» (Mostaza, 2019, p. 19). La etiqueta la ponen «los otros». No es ser TDAH, TEA o ACI, sino que te estigmaticen de «rarito».
En mi caso, como, como persona TDAH, siempre me han etiquetado de «torpe», «despistada», «desastre», «terremoto» y un largo etcétera. No se puede huir. Si te desvías de la norma, la sociedad te etiquetará. Pero buscar un diagnóstico para valorar una mejor adaptabilidad o una reafirmación política de identidad de grupo dista muchísimo de la «teoría del etiquetaje».
La importancia del diagnóstico
Es común que la palabra «diagnóstico» se asocie a una enfermedad. Sin embargo, no tiene por qué ser así. Una de las acepciones que ofrece la RAE es la de «recoger y analizar datos para evaluar problemas de diversa naturaleza» (ASALE & RAE, s. f.). Es un reconocimiento de la situación, lo que te permite una serie de herramientas para paliar las dificultades que se pudieran gestar. En el caso de las neurodivergencias, estas dificultades suelen ser de índole social y a lo largo del tiempo se traducen en fracaso escolar, inestabilidad laboral, baja autoestima, ansiedad, drogodependencia, depresión crónica, enfermedades surgidas como respuesta somática y un elevado índice de suicidios (entre otros tantos). Tener en tus manos una valoración te empodera. Te pone en contacto con los pros y los contras, así como con otros individuos que diverjan de un modo similar al tuyo. Esto te permite un gran intercambio de información y ver cómo han abordado otras personas aquellas dificultades con las que te cuesta lidiar.
Un ejemplo muy sencillo y que la mayoría de las personas entenderá es el hecho de ser zurdo o diestro. Las personas zurdas viven una serie de dificultades en su día a día que han asumido y normalizado, como abrir latas, pelear con tijeras para diestros o aprender a tocar la guitarra «a la inversa». Por suerte, los productos para zurdos cada vez son más accesibles, pero hubo un tiempo en que incluso se obligaba a las personas zurdas a escribir con la derecha, lo que daba pie a la lateralidad contrariada, la cual ha demostrado «ser causa de problemas del lenguaje, de la escritura y de ajustes e interferencias generales de la psicomotricidad» (Pircornell Buendía & Pérez Pérez, 2023).
En la actualidad, cuando una niña o un niño muestra una clara preferencia por la izquierda, se le enseña a escribir con esa mano. Jamás se le diría «no hay necesidad de etiquetarlo, mejor que siga teniendo “una letra de pena” con la mano derecha».
Las neurodivergencias no son discapacidad. Eso es cierto. No son una discapacidad de la persona en sí, pero sí son una muestra de la discapacidad dentro de la sociedad, de sus dificultades para flexibilizarse y del daño que genera a quienes se desvían de las normas. Todo esto se traduce en unas dificultades que no deberían existir, pero existen, y encubrirlas con barro no las hace desaparecer, sino al contrario.
Vindicar la diferencia no es etiquetarse: es rebelarse contra la convergencia arraigada y obsoleta que perdura en los memes culturales, la «unidad de transmisión cultural» (Dawkins, 1990, p. 313). Es alzar la voz, darle un espacio a la diferencia, legitimarla.
La rebelión de la otredad
La razón por la que es molesto para «los otros» radica en el mero hecho de que vindiques con orgullo algo por lo que deseaban «etiquetarte» de manera peyorativa, como si les robaras su privilegio. Se traduce en una cuestión de ego camuflado, en el miedo a la pérdida de poder. En plena rebelión de la otredad, las viejas instituciones se enojan, se resisten, se aferran a la sociedad cual brea al mar. Buscan a toda costa cómo perdurar. Estigmatizar el cambio es un arma más, que se expresa a través de las personas. En ocasiones con buena fe, pero debemos mirar más allá del discurso. ¿Por qué es tan problemático que una persona se identifique con lo que se considera una desviación? Quizá, la diversidad cuestione los pilares de la normalidad; quizá, los encauzados teman perder sus privilegios o vean temblar los cimientos de su realidad. La diversidad de perspectivas, la coalición grupal, el acceso al conocimiento abierto y al diálogo plural están dando a una revolución en la cual los infinitos «otros» toman control sobre su existencia, más allá del eurofalocentrismo normatizado a lo largo del tiempo.Ello lleva implícito una crisis de valores: lo que se conocía se tambalea, las creencias se debilitan y los prejuicios se cuestionan. Aceptar y vindicar la desviación es una amenaza directa contra las viejas instituciones, y, por tanto, constituye un acto de rebeldía. Por tanto, antes de preocuparnos por etiquetas «autoimpuestas» deberíamos preguntarnos por qué incomoda tanto la normalización de la desviación. ¿No serán las viejas instituciones expresándose a través de nosotros?
Este cóctel os lo ha ofrecido Bárbara Muñiz Pérez
Referencias bibliográficas
ASALE, R.-, & RAE. (s. f.). Diagnosticar | Diccionario de la lengua española. «Diccionario de la lengua española» – Edición del Tricentenario. Recuperado 20 de marzo de 2025, de https://dle.rae.es/diagnosticar
Clouder, L., Karakus, M., Cinotti, A., Ferreyra, M. V., Fierros, G. A., & Rojo, P. (2020). Neurodiversity in higher education: A narrative synthesis. Higher Education, 80(4), 757-778. https://doi.org/10.1007/s10734-020-00513-6
Dawkins, R. (1990). El gen egoísta. Bruño.
Ma Raquel. (s. f.). El riesgo de suicidio en personas con autismo, un problema emergente, según un estudio—Infocop. Recuperado 20 de marzo de 2025, de https://www.infocop.es/el-riesgo-de-suicidio-en-personas-con-autismo-un-problema-emergente-segun-un-estudio/
Mostaza, E. (2019). La sociedad (I). El proceso de socialización. En Sociología. UOC.
Pircornell Buendía, M., & Pérez Pérez, E. (2023). Lateralidad contrariada. REIDOCREA, 12(33), 282-293.
Torrico Linares, E., Vélez Moreno, A., Villalba Ruiz, E., Fernández Calderón, F., Hernández Cordero, A., & Ramírez López, J. (2012). TDAH en pacientes con adicción a sustancias: Análisis de la prevalencia y de los problemas relacionados con el consumo en una muestra atendida en un servicio de tratamiento ambulatorio. Trastornos Adictivos, 14(3), 89-95.
cuanta razón…