¡Oh, no! por favor, no llaméis a Pompeya ciudad en ruinas, no os refiráis a ella como «las ruinas de Pompeya». A las arqueólogas y arqueólogos nos claváis un puñal en la espalda cada vez que escuchamos algo como esto: «las ruinas del foro», «las ruinas de Palmira» «las ruinas de Cartago». La sensación que tenemos es más o menos como cuando César murió a manos de Bruto (bueno, quizás esté exagerando un poco, pero hay que buscar recursos para hacernos entender). Pompeya es el testimonio de la grandeza del Imperio preservada bajo un manto de cenizas compactadas, hija de Roma, más viva que nunca. Y es que bajo cada estrato salen a la luz las historias y testimonios de los habitantes que allí perecieron. La ciudad está VIVA, vuelve a la vida con cada descubrimiento, con cada resto de actividad humana, de vida cotidiana, escondido entre cenizas.
Cada vez que leo alguna noticia relacionada con los últimos hallazgos de Pompeya se me eriza el pelo. He visitado la ciudad dos veces (y una vez Herculano), pero son muy pocas. Al principio quería dedicarme la estudio de la Época Clásica, que me fascina. Luego sabéis que me fui a buscar los restos de la actividad humana más temprana. Pero es que Pompeya y su hermana Herculano, significan algo extremadamente especial para cualquier arqueóloga, historiador o amante de la Historia en general. Sus calles, sus plazas, sus aceras, sus tabernas y lupanares…. se quedaron inmóviles e inmortales después de aquella fatídica y mortífera erupción en el año 79 D.C (no está claro si fue en agosto o en octubre y por tanto no sabemos si gobernaba el emperador Vespasiano o quizás lo hacía Tito).

El Vesubio se alza imponente sobre la costa de Nápoles. Parece un dios de los que creamos los humanos para dar explicación a aquello para lo que no encontramos explicaciones. Eso mismo debieron pensar sus habitantes al verlo estallar en llamas. Años antes de la erupción, la ciudad había sufrido un terremoto que obligó a reconstruir una gran parte de los edificios, algunos de los cuales nunca llegaron a terminarse. Nadie sabía que el Vesubio era un volcán y este estalló con furia dejando miles de muertos y a las ciudades y villas cercanas cubiertas por una capa de arena, cenizas y piedra volcánica. Precisamente este hecho ha permitido que hoy podamos ver muros en los que se preservan metros de pared, ventanas y puertas de madera carbonizada, restos de alimentos perfectamente preservados, objetos de la vida cotidiana, “pasos de cebra”, grafitis y moldes de muchas de las personas que fallecieron intentando huir de la tragedia.
Plinio el Joven relató en primera persona tamaña destrucción en sus cartas a Tácito, donde relata la muerte de su tío, Plinio el Viejo, quién habría visto el Averno bajo la forma de una negra y espesa nube que lo cubrió todo en minutos:
«Cayo Plinio a Tácito, salud. Me pides que te describa la muerte de mi tío a fin de que más verazmente se transmita a la posteridad. Te lo agradezco porque estoy convencido de que, si tú conmemoraras su muerte, alcanzará gloria inmortal. Porque, aunque haya perecido en la destrucción de una de las tierras más bellas, con tantos pueblos y ciudades, y aunque aquel inolvidable acontecimiento le asegure una vida inmortal y aunque él mismo haya dejado obras permanentes, la eternidad de tus escritos le añadirá eternidad (…). Aunque los temblores habían comenzado días antes, no creímos que fuera la señal de que se aproximaba el fin del mundo. El día amaneció despejado, pero no tardó en ir oscureciéndose. Antes del mediodía la ciudad ya se estaba adentrando en penumbras y del cielo los dioses, como dando fe de su castigo, comenzaron a lanzar cenizas y piedras que caían con fuerza sobre los tejados. Se cernía con violencia la mayor catástrofe que había tenido lugar en la historia y no cabía lugar para pensar en la manera de sobrevivir. Corrimos en bandadas, con lo puesto, abrazando a nuestros hijos para no perderlos en el camino. Algunos se demoraron, preocupados en esconder a buen recaudo sus más preciados bienes. También hubo quienes, confiados, optaron por resguardarse entre los muros de sus hogares, creyendo que allí estarían a salvo. Han llegado algunos navíos a la costa, alertados del peligro implacable que nos acecha. También está nuestro amigo, el filósofo Plinio el Viejo, que ha acudido a socorrernos tan pronto como, a lo lejos, observó la tragedia. A nuestro alrededor la gente, exhausta, cae y es pisada por los que continúan corriendo, cegados por la desesperación. Desconozco si lograremos llegar a donde nos esperan…»
Se trata de un relato estremecedor en el que Plinio el Joven explica como, en aproximadamente 20 horas, Pompeya quedó arrasada y miles de personas fallecieron. Pero gracias a ese fatídico día hoy disponemos de un tesoro escondido bajo cenizas, una verdadera maravilla para los arqueólogos que cada año nos ofrece hallazgos espectaculares y un nuevo y mejor conocimiento de la vida en las ciudades del Imperio.

Uno de los últimos descubrimientos realizados en un área poco excavada nos informa sobre los modos de vida y costumbres de la sociedad pompeyana. Se trata de dos cuerpos (un hombre y una mujer) localizados en la habitación de una casa, concretamente en una de las habitaciones. Los investigadores opinan que ambos se resguaradon allí para evitar la lluvia de piedras y ceniza. Junto a ellos, al lado mismo de la mujer, varias monedas y joyas que, seguramente, pretendían salvar junto a sus propias vidas. La erupción habría bloqueado la salida de la casa y allí, junto a su tesoro, encontraron la muerte, seguramente debido a los gases tóxicos emanados por el volcán. Gracias a las huellas en las cenizas se ha podido constatar la presencia del mobiliario justo en su lugar original: restos de una cama, un pequeño armario, un candelabro de bronce, piezas de mármol y algunas cerámicas. Y, por supuesto, sus objetos más preciados, joyas y monedas que, lamentablemente, ya no podrían usar en esta vida. Os dejo por aquí el enlace a un vídeo de las excavaciones a las que aludo. No os lo perdáis, es emocionante.
https://www.rtve.es/play/videos/telediario-1/nuevo-hallazgo-pompeya-dos-cuerpos-ocultos-habitacion/16217640/
Frescos excepcionales, edificios casi completos, calles y plazas, restos de la vida cotidiana, de las costumbres, de las actividades diarias y de las diferencias entre clases sociales. Y así la muerte se desentierra para devolver a Pompeya a la vida. Pompeya no está muerta, Pompeya está viva.
Un artículo de @letiberebel