Transcurrido poco más de un mes desde el 24 aniversario del 11-S, aprovechando que el Potomac pasa por Washington y que “red-neck Trampas” podría volver a sentarse en el trono, lo cual sin duda habría acontecido si los demócratas (así llamados) no hubieran logrado persuadir al otro venerable anciano para que lo dejara… decía, perdón por la digresión, que si el tío Donald se acaba acomodando finalmente en el sillón presidencial de yanquilandia, pasaríamos de “La Amenaza Fantasma” a la amenaza de un fantasma o, si lo preferís, allende el Atlántico cambiarían la derecha a secas por la derecha rabiosa. En fin-Serafín, al grano: a rebufo de la todavía caliente efeméride y el inminente peligro que representa Mr. Pelocohete, se me ha ocurrido reivindicar la figura de Noam Chomsky a quien casi nos asesinan los bulócratas hace apenas un cuatrimestre.
95 años: una de esas personas que querríamos que no murieran nunca. Confieso que el falso obituario me pilló a contrapié a pesar de que, dada su avanzada edad, lo lógico era estar preparado para tan triste noticia, aunque finalmente fuera un BULO (lo digo a voces, sí). No creo estar exagerando cuando afirmo que se trata de un pensador a la altura de los más grandes; a mi juicio uno de los diez fundamentalísimos en los últimos 100 años, al menos en el ámbito de las humanidades. Si me preguntarais nombres se me ocurren estos: Heidegger, Wittgenstein, Sartre, Ortega, Foucault, Zambrano, Russell, Arendt, Habermas (que aún vive, sí, sí, también) y Chomsky… así, “a bote pronto”.
Como casi todo el mundo sabe Chomsky se hizo célebre por sus investigaciones como lingüista, si bien es cierto que con el tiempo esa faceta suya ha ido quedando relegada a un segundo plano (entiéndase: “para el gran público”) en favor de su fama como activista y politólogo. Algunos, bastantes de hecho, entre quienes nos hemos dedicado de un modo u otro a la filosofía, tanto desde la docencia como desde la investigación, habremos tenido en algún momento alguna obra del genio de Filadelfia como libro de cabecera: “El lenguaje y el entendimiento”, “Reflexiones sobre el lenguaje”, “ La segunda guerra fría”, “Cómo se reparte la tarta” “La aldea global” (con Heinz Dieterich Steffan), “Lucha de clases”, “El nuevo orden mundial (y el viejo)”, “Hegemonía o supervivencia: la estrategia imperialista de EEUU”, “Estados fallidos: el abuso de poder y el ataque a la democracia”, “Gaza en crisis”, “Razones para la anarquía”, “¿Quién domina el mundo?”… Noam Chomsky ha tenido el tiempo y la lucidez suficientes para escribir muchísimo y buenísimo. También ha dado tiempo para que se escribiera muchísimo (y no siempre buenísimo) sobre él; y aún se seguirá escribiendo.
Mi primer contacto con los trabajos de Chomsky fue la lectura de “El lenguaje y el entendimiento”, en una etapa de mi vida donde mis intereses se habían tropezado con el mundillo de la psicolingüística. Me pareció fascinante, distinto, estimulante. Pero fueron días en los cuales yo andaba todavía muy desorientado y me dedicaba a picotear de aquí y de allá; eran los primeros años ochenta. Por aquel entonces mi nuevo interés por el campo de la lógica me había llevado hasta un club de ajedrez donde conocí a alguien cuya amistad iba a ser clave en mi vida y en mi formación. Por respeto a su persona no diré aquí su nombre (no le gustan estas cosas) pero sí revelaré que era y es un chomskyano de la cabeza a los pies (chomskyano y no chomskysta, espero que se capte el matiz). Mi amigo sigue siendo a día de hoy una de las figuras más relevantes en el campo de la semiótica. Gracias a él descubrí una nueva vía en el célebre y controvertido tema filosófico de los CONCEPTOS UNIVERSALES. Hace algún tiempo, en este mismo foro, escribí un artículo relacionado con dicho asunto en el cual dejé constancia de la aportación que hizo en este sentido Noam Chomsky: los UNIVERSALES LINGÜÍSTICOS, caballo de batalla de su monumental teoría la cual conocemos hoy como Gramática Generativa Transformacional.
A mediados de los noventa empezó a ganar terreno en mi corazón y en mi cabeza el Chomsky político adelantando pulgada a pulgada, cícero a cícero, al Chomsky lingüista. Volvió a caer en mis manos “Sobre el poder y la ideología” y fui acompañando esa segunda lectura de notas y subrayados (a lápiz, naturalmente). Últimamente lo que más me ha interesado de este gran pensador ha sido su punto de vista sobre el conflicto entre el estado de Israel y Palestina; he de decir que ya en su día Fue Chomsky quien me hizo entender sin paliativos ni equidistancias el vergonzoso y atroz asunto de la NAKBA (y lo grito, sí). Pero imagino que habrá todavía bastante gente que no esté familiarizada con esta palabra árabe, convertida ya en nombre propio, de ahí que ahora la escriba con mayúscula: Nakba; hace referencia al desplazamiento forzoso y masivo de los palestinos a partir de 1948; el significado preciso del término es “catástrofe” o “desastre”. Pues bien: Noam Chomsky, norteamericano y de origen judío, ha criticado y censurado como pocos las atrocidades del sionismo israelí (en connivencia con los sucesivos gobiernos estadounidenses) contra el pueblo palestino habiéndose posicionado de manera rotunda e inequívoca para denunciar la Nakba como uno de los “errores” deliberados y calculados más insoportables en la historia de la humanidad. Por eso el lingüista de filadelfia ha resultado ser tan incómodo para la Casa Blanca como lo ha sido en todo momento para la Beit Ha Nassi. Crítico implacable con respecto al capitalismo y a su correlato el imperialismo, Chomsky nunca ha dejado de batallar contra las injusticias y arbitrariedades del sistema denunciándolas en multitud de foros.
No voy a contaros nada más. Solamente quiero pediros una cosa: leed; leed siempre. Y hacedlo con una perspectiva crítica, contrastando, cotejando aquí y allá. Leed, por favor: es la mejor medicina para combatir la enfermedad del bulo. Y leed también a Chomsky.
TXESKO.C.