Hace muy poquito que he leído un interesante artículo donde explicaban cómo desde el actual gobierno italiano de la señora Meloni, rizando el rizo del identitarismo más estrambótico (al menos en apariencia) se honraba y hasta se reivindicaba la figura de Antonio Gramsci. A más de uno y más de una se le habrá ocurrido pensar que, ante tal gesto, quizá Benito Mussolini se esté revolviendo en su tumba (en caso de que fuera capaz de hacerlo, claro…) ¿fascistas ensalzando a un comunista?¡Huy…!
Veamos: doy por sentado que el fundador del fascismo italiano no era ningún tonto y sospecho que se daría cuenta enseguida de que, en realidad, la derecha actual (la extrema y la de extremo centro: TODA la derecha) está jugando a las mil maravillas la baza del mimetismo, que es lo que toca ahora y lo que le confiere cierto e innegable éxito, y es de donde extrae casi todos sus réditos o beneficios. Dicho mimetismo puede ser rastreado por toda la escala cromática de esa facultad a la cual nos tiene tan acostumbrados la derecha, de modo que iríamos encontrando desde la escenificación más histriónica (acaso tributaria de “La Matanza de Texas”) pasando por el castizismo más chotístico y cañí, hasta la intentona intelectualoide y supuestamente integradora mencionada en las primeras líneas de este artículo (y cito: <<imaginario comunitario>>, ¡menuda perla!, y <<síntesis nacional>>, ¡toma ya!); tres modelos sin duda paradigmáticos.
¿Y dónde está ese mimetismo, quizá os preguntéis? Muy sencillo: en la impostura del lenguaje y en la perversión del relato, por supuesto. Sencillo sí; tanto como lo es en apariencia la palabra “libertad”, cuyo significado parece conocer a la perfección incluso el más simplón de los mortales. Pero expliquémoslo un poquito: en un contexto civilizado cualquiera, “lenguaje” es facultad e instrumento para que alguien transmita algo a alguien, un mensaje inteligible, con respecto a algún elemento de la realidad (normalmente realidad compartida y, a fortiori, elemento igualmente compartido).
A menudo, el elemento aludido puede ser categorizado como “contenido”, es decir algo de alguna manera sustancial; pero otras veces se trata más bien de un “continente”… o sea, algo que contiene sustancias sin que ello mismo sea necesariamente sustancial. Sin embargo, en ocasiones, ese “algo” puede ser ambas cosas; esto es: continente y contenido. La cosa se empieza a poner delicada y hasta peligrosa. ¿Por qué? Pues porque dependiendo de la voluntad del emisor del mensaje (dicho a la manera castiza “el que corta el bacalao”) “eso-algo” podría ser más continente que contenido o viceversa según convenga.
A estas alturas de discurso ya os habéis dado cuenta de que esta circunstancialidad de la que os hablo es perfectamente aplicable a la palabra (o concepto, o vivencia, o impresión, o creencia… usad aquello que más os guste) LIBERTAD. ¿Qué es entonces la libertad? Pues según parece, eso depende de quién la profiera. Así, no es ningún secreto que una buena cantidad de dictadores y tiranos, dictadorzuelos y tiranuelos de la más diversa condición (incluyendo las de sexo y género) han manoseado verbalmente la “LIBERTAD” hasta la náusea… ¿Habéis jugado alguna vez a esa especie de deconstrucción infantil que consiste en pronunciar tantas veces una palabra que acaba perdiendo, no solo su significado sino hasta su sentido?
Pues bien: yendo un poquito más allá de lo que acabo de sugerir en el párrafo anterior, me atrevo a asegurar que esa provisión de sentido y significado se agota completamente cuando quien profiere la bendita y manida palabra es un impostor o una impostora; y se agota de tal modo que acaba siendo devorada por el absurdismo de manera que, en el caso que nos ocupa, acabamos encontrándonos con una libertad idiotizada, infantilizada, irresponsable, egoísta, insolidaria. ¿Y por qué sucede esto? Pues porque el relato sobre la libertad ha sido pervertido o, peor todavía, por tratarse de un relato deliberada y premeditadamente perverso.
¿”Perversión del relato”…? ¿Y eso qué es…? Muy simple: consiste en apropiarse de un discurso cualquiera, sobre cualquier parcela de la realidad, colocando en él palabras que sirvan para hacer que triunfe una intención o tendencia concreta, es decir, valiéndose de la impostura al usar el lenguaje. Así Antonio Gramsci era comunista, ciertamente, pero ante todo un patriota; “un italiano-muy-italiano mucho italiano” y por eso su pecadillo de comunismo merece indulgencia… ¿acaso no tienen derecho a equivocarse los patriotas-mucho-patriotas?¿Acaso un pequeño genocidio no es más que otro pecadillo, o daño colateral, cuando se trata de hacer valer los motivos de quien es punta de lanza del pueblo elegido por Dios…?¿Acaso no es mejor que sea Dios quien, metafóricamente, limpie las cunetas de restos humanos?. Esto nos empieza a sonar, ¿verdad…?.
Termino haciendo breve referencia a la impostura en el lenguaje religioso (a lo mejor algún día me centro en ello). Y es que, como estamos viendo últimamente, hay otras gentes haciendo profesión del pervertir y del <<imposturar>> (lo tomo prestado del portugués) invitándonos a rezar el rosario y a morir de rodillas para no vivir de pie (jejeje) y ofreciéndonos un relato, según el cual hasta el mismísimo Dios instaba (y poco menos que nos obligaba) “a putodefender España”; y además nos mostraban “el verdadero camino hacia la libertad (¡carajo!)”. Como bien dice Patricio Di Nucci en un celebrado y lúcido artículo, […]<<el emisor construye una realidad paralela. Hay una impostura sobre otra impostura. Y nace la ficción, nace el relato constructor de una realidad paralela. Se genera una arquitectura, más o menos sofisticada, que forma un mundo nuevo, un mundo corrido de lo que entendemos en sentido corriente por la verdad.>> […] No se trata, por tanto, de la (así llamada) “pos-verdad”, “posverdad”, “post-verdad”, “postverdad”… ¡o como leches se escriba!, sino quizá más bien de una verdad secuestrada o incluso prostituida… ¿una “putoverdad”?
Con cariño (y algo de mala leche también) TXESKO C.