LOU (ANDREAS) SALOMÉ

Sí, os llama la atención que la segunda palabra del título aparezca entre paréntesis y os gustaría una explicación al respecto. Vamos con ella para empezar. Luíza Gustávovna Salomé (San Petersburgo 1861, Gottinga 1937) se casaría con un tal Carl Friedrich Andreas, un curioso personaje nacido en las Indias Orientales holandesas (actualmente Indonesia) de ascendencia malaya y armenia, quien al parecer convenció a la joven judeo-rusa para contraer matrimonio sirviéndose de chantajes que incluían el suicidio. Por lo que sabemos dicha unión nunca se llegó a consumar “carnalmente” y se trató de una relación “abierta” muy a pesar del sr. Carl Friedrich, a todo esto reputado orientalista. He aquí el porqué del paréntesis.

A Lou Salomé se la ha conocido, en un alarde más de injusticia machista y patriarcal, por haber sido compañera en varios sentidos de figuras tan relevantes en la intelectualidad europea como el célebre filósofo Friedrich Nietzsche y el genial poeta Rainer María Rilke; también estuvo vinculada (junto con Nietzsche) al experto en filosofía del derecho Paul Ree. Se suele aceptar que en 1911, tras haberse interesado vivamente por el psicoanálisis, Lou conocerá finalmente a Sigmund Freud (algunos cronistas manejan fechas anteriores a 1909) y acabará siendo la primera mujer admitida en el Círculo Psicoanalítico de Viena. Así pues, e insisto en lo de la injusticia, durante décadas será considerada pura y simplemente como la “consorte intelectual” de varios “grandes hombres”; y no quiero decir con esto que ellos no fueran grandes, sino que ella no lo fue menos.

Hacia 1915 Lou (Andreas) Salomé abre consulta psicoanalítica en Gotinga (Baja Sajonia, Alemania). Sabemos que Freud la admiró profundamente y que existió entre ellos un cariño fraternal muy potente; el pensador vienés nunca dudó en elogiarla tanto por su gran inteligencia y sagacidad como por su modestia y discreción; también por su naturaleza equilibrada, afable, comprensiva y por ser alguien que estaba muy alejada de cualquier tipo de presunción o egocentrismo.

Sobre su relación con Nietzsche no diré nada más, pues las hemerotecas y bibliotecas están repletas sobre este particular y las podéis consultar y valorar tranquilamente por vuestra cuenta. Que se las apañen los nietzscheanos y ya está, puesto que sobre el vitalista-irracionalista de Röcken también se ha dicho y escrito mucho (tal vez hasta demasiado). En cambio sí voy a dejaros algunas pinceladas de la relación que la filósofa tuvo con ese otro gigante de la literatura que fue Rainer María Rilke, a mi juicio uno de los imprescindibles en el ámbito de la lírica. Fue Lou, quince años mayor que él, quien le abrió de par en par las puertas de la literatura y lengua rusas, quien le enseñó cómo leer adecuadamente a Tolstói y sobre todo fue ella la que le orientó para poder comprender a un poeta de la riqueza y complejidad de Pushkin (cuya obra es tremendamente difícil para alguien que no domine el idioma ruso, esto os lo puedo asegurar con pleno conocimiento de causa).

Para llevar a cabo un primer acercamiento al pensamiento de Lou Salomé es necesario, de entrada, tener en cuenta algo fundamental sobre ella: se trata de una mente muy, muy, muy (muuuuchos “muys”) avanzada para su época; una auténtica adelantada a su tiempo, carente de prejuicios, con un talante abierto a más no poder, brillante y original. Aunque se nos ha querido “vender” que su trampolín, valga la expresión, habría sido el psicoanálisis, esto no es del todo cierto puesto que sus inquietudes intelectuales habrían brotado mucho antes de haber trabado contacto con los círculos freudianos. Así, en el prólogo de “Lou Andreas-Salomé, una mujer libre”, Isabelle Mons se refiere a ella como <<…encarnación de una mujer moderna que ganó su libertad sin preocuparse por nada que no fuera hallar el camino que lleva a una misma…>>. Lou publica su primera obra en 1885, titulada “En la lucha por Dios” y es que, aun estando convencida de la inexistencia de divinidad personal alguna, sin embargo ella siempre tuvo (y conservó) una gran preocupación sobre las cuestiones relacionadas con la fe; de hecho, pese a su convicción de que Dios no existe, nunca dejará de preguntarse si se puede vivir sin fe. De hecho habría sido un peculiar (diríamos que heterodoxo) teólogo llamado Hendrik (o Henrik) Gillot quien introdujera a la joven e incipiente pensadora en las obras de Spinoza, Leibniz, Kant y Kierkegaard quienes, como bien es sabido, realizaron grandes aportaciones en asuntos relacionados con la Filosofía de la Religión. Obviamente la cuestión religiosa está muy presente en el psicoanálisis, no solamente en la ortodoxia freudiana sino también en todas las demás vertientes del mismo (Jung, Lacan, Jolande Jacobi…) y no podemos descartar consecuentemente que fuera este el primer motivo de interés de Lou por la figura de Sigmund Freud.

Llegado un momento, y sin dejar completamente de lado sus preocupaciones de corte religioso, Lou Salomé deriva sus inquietudes intelectuales hacia una cuestión capital que le llega a través de los escritos freudianos: las pulsiones humanas. Así, en 1910 publicará un ensayo que os recomiendo encarecidamente (para mí es una lectura imprescindible) que tiene como sencillo título “El Erotismo”, en el cual postula las diferencias entre los hombres y las mujeres (¡y el derecho a dichas diferencias, por supuesto!) y donde asegura que <<…una mujer no se libera compitiendo con los hombres y volviéndose como ellos, sino feminizando al mundo y logrando que los hombres encuentren y aprovechen su lado femenino…>>; ahí queda eso para que lo rumiemos, le demos vueltas e incluso nos peleemos. En todo caso no voy a continuar y os dejo aquí con ello invitándoos a la reflexión.

TXESKO C.

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