Si os dijera “Comunidad Ideal de Diálogo”, ¿a qué os sonaría? Os dejo unos segunditos para que lo penséis y me digáis … … ¿Ya…? Vale; estáis en lo cierto: se trata efectivamente del marco de referencia que propone Habermas, en su Teoría de la Acción Comunicativa, para mostrar un nuevo modelo de ética procedimentalista, es decir, su propuesta para que todo funcione mejor entre los seres humanos dado nuestro empecinamiento de vivir en sociedad (¡mira que somos tozudos…!)
Para entender claramente lo que Habermas propone es preciso que retrocedamos en el tiempo hasta dar con los primeros pasos de la Escuela de Frakfurt, es decir, cuando echa andar la primera generación de la misma, con Max Horkheimer y Theodor Adorno a la cabeza como coautores de la obra clave “Dialéctica de la Ilustración”, cuya primera edición data de 1944 la cual revisarían en el 47. Con estos dos grandes maestros regresaremos momentáneamente a Hegel, nuestro primer filósofo con “H” de esta serie ¿os acordáis…? Pues bien: Adorno, aunque no tan sistemáticamente como Horkheimer, desplegó una potente crítica contra el ontologismo y el positivismo; también contra el materialismo dialéctico ortodoxo para denunciar su sesgo idealista, extremo hasta el punto de ignorar la realidad. Así, a diferencia de las citadas ideologías propugna una recuperación de la dialéctica hegeliana ¡pero sin el lastre de su ontología!. Su objetivo fue hallar una posición intermedia entre el subjetivismo que ignora la dimensión social del hombre (tal sería el caso de Husserl, nuestra “H” número 2), así como cualquier planteamiento que diluya al individuo concreto en la sociedad, como por ejemplo los totalitarismos fueran estos los que fueren. Propone pues, una “dialéctica negativa” en oposición a la tradicional (positiva). Con esta dialéctica negativa Adorno se opone a la consideración del yo (en sus formatos empírico y trascendental) como algo que estaría por encima de las cosas, del mismo modo que rechaza la inmersión hasta el ahogamiento de ese yo en cualquier paradigma sistémico.
Para no extendernos más ni desviarnos diremos que Habermas (miembro, aunque controvertido, de la 2ª generación Frankfurtiana) recoge el testigo de Adorno que, en esencia, viene a ser una revisión correctora del viejo proyecto ilustrado según el cual habría que sacudirse de encima cualquier tipo de prejuicio (es decir, cualquier apriorismo o juicio previo) para poder aspirar legítimamente a interpretaciones y conocimientos fiables sobre nuestra realidad, muy particularmente en el ámbito de las ciencias sociales. Habermas polemizará especialmente con Hans George Gadamer cuando este sostiene que no hay un verdadero conflicto entre la razón y la tradición, es decir, que no tenemos por qué rechazar los prejuicios como inválidos, sino que debemos purgarlos o sustituirlos por otros mejores.
La hermenéutica de Gadamer (brújula y santo y seña de la posmodernidad) apunta a que el intérprete de un texto, o de cualquier manifestación cultural, no es una tabula rasa; se aproxima a él con sus prejuicios, que consisten en su memoria cultural (lenguaje, teorías, mitos…); es algo a lo que resulta imposible escapar y con lo que debemos contar sí o sí; por eso ataca en su raíz el intento de la fenomenología Husserliana de realizar una “epojé” (suspensión) de todos nuestros juicios, al considerarlo erróneo e imposible. Para Gadamer resulta incuestionable que los juicios de hoy serán los “prejuicios” de mañana, del mismo modo que los juicios de ayer son nuestros prejuicios; por eso asegura, enfatizando aún más el valor propio de la tradición, que “los prejuicios del individuo son algo constitutivo de su realidad histórica, en mayor medida que sus juicios”. Ante este posicionamiento Habermas reacciona rechazando los puntos de partida de la hermeneútica de Gadamer (prejuicios y tradición) porque distorsionan toda interpretación, lo que imposibilita el conocimiento verdadero. Y es que Habermas trata de descubrir los intereses que subyacen en los discursos de las ciencias sociales, porque ellos constituyen dependencias que mediatizan su autonomía. En definitiva, la “teoría crítica” de Habermas busca evitar que la crítica de las ideologías no sea objetiva por culpa de los prejuicios; por eso es una “metahermeneútica”: trata de hallar los prejuicios (camuflados o mimetizados) del sujeto.
Hecha esta larga contextualización ha llegado el momento de regresar a la cuestión inaugural de este artículo: ¿Qué es en concreto una COMUNIDAD IDEAL DE DIÁLOGO? Ya adelantábamos que se trata de un marco referencial, pero ¿de qué tipo? Vamos a abordarlo con ayuda de la semántica. Una COMUNIDAD es cualquier conjunto de individuos que comparten un espacio, físico o de otra índole, dándose a causa de ello tanto intereses compartidos como enfrentados; IDEAL remite a que tal comunidad aspiraría a armonizar dichos intereses en virtud de un equilibrio pleno; el DIÁLOGO sería el instrumento para tratar de lograr dicho equilibrio superando los conflictos de intereses.
Para Habermas, después del fracaso del intento “neokantiano” del prescriptivismo de Hare, la razón moral sólo podría ser rescatada por medio del “diálogo”. Pero no por el diálogo empírico, distorsionado por la ausencia de información, la preponderancia de una de las partes, los actos de habla fallidos, etc. Habermas investigó en los pragmatistas americanos (Austin… 1er Searle…) hasta diseñar una situación de DIÁLOGO “PURO” (llamada “comunidad ideal de diálogo”) donde el diálogo sería auténtico (no aparente) y estaría organizado por las reglas de una pragmática universal ideal. Todos sus miembros tendrían la misma competencia para poder realizar actos de habla; es decir: nadie podría manipular a otro miembro de la comunidad, de modo que el diálogo pondría de manifiesto el verdadero peso de las razones de cada uno de ellos. Evidentemente, teninendo en cuenta todo ello, esta comunidad ideal de diálogo ni existe ni puede existir. Sin embargo, como adelantábamos, sirve como referente ético: la conducta moral habrá de ser aquella que se adecue a las normas que podrían haber sido acordadas de forma racional (sin condicionantes empíricos) por esta comunidad ideal de diálogo. La “razón práctica” kantiana se transforma así en una “razón dialógica” (igualmente trascendental); y el “sujeto trascendental” kantiano, que descubría los principios universales de la moral, pasa a ser una “comunidad trascendental” (o “comunidad ideal de diálogo”) que llega a acuerdos racionales. Esta ética no parte de ninguna concepción metafísica de naturaleza humana, algo que cree debe ser superado, sino del ser humano como “ser-capaz-de-argumentación”.
TXESKO C.
JÜRGEN HABERMAS Y LA ACCIÓN Comunicativa.