Las madres imperfectas y cómo romper con el enfoque patriarcal de la maternidad

Ya hace unos años que movimientos como las «malasmadres» y otros grupos y asociaciones que rompen con la visión tradicional de la maternidad, surgieron para reivindicar las diversas realidades que se esconden tras esta. Palabras y luchas de mujeres que buscan deconstruir estereotipos a partir de unas denominaciones directas y simples, repletas de ironía y de verdaderas realidades (las malas madres, las imperfectas…), palabras y hechos que buscan romper con el mito de la madre perfecta. Una maternidad alejada de la visión patriarcal que nos encierra en el ámbito doméstico, que nos domestica (recordemos que el significado de «domus» en latín es casa) que nos alaba por dejar nuestros trabajos para criar y que nos convierte en mujeres abnegadas con un único y maravilloso fin: dar a luz a retoños y sentirnos felices y realizadas por dedicar nuestras vidas en exclusividad a nuestros hijos e hijas. Según esta visión nuestro objetivo final y la consecución de nuestra felicidad pasaba siempre por la acción de ser madres, lo cual daba sentido a nuestras vidas. Así, las mujeres, debemos (y digo debemos porque esto sigue vigente hoy en día) guardarnos para nosotras las complicaciones de nuestros embarazos, los dolores del parto, los sentimientos y problemas del postparto y en fin…todo aquello relativo a la crianza de los hijos que se alejara de ese «postureo» de madres felices y amantísimas cuando muchas veces no lo somos. Porque nuestras abuelas y madres lo habían superado sin quejarse (básicamente porque naturalmente se ve que estamos solo para dar a luz y hay que resignarse con lo que hay), porque compartir tus problemas o exponerlos delante de otras madres te convierte en una mamá horrible, porque tus sentimientos si van por otros derroteros que no sean «no hay nada en la vida más importante que ser madre» «yo dejo mi trabajo, mis amigos, mi vida….por criar a mis hijos» entonces nos convertimos en seres crueles y horrendos. 

Invisibilizar que para una gran parte de mujeres la llegada de un hijo puede suponer un giro extremadamente radical de su vida que puede dar lugar a problemas de salud mental, ocultarnos entre nosotras los llantos y los momentos dolorosos por la perdida de nuestra individualidad es algo meditado que busca, precisamente, que las mujeres acepten que su último fin es alcanzar la felicidad por el hecho de ser madres. Una vez tienes hijos ya no importa lo que eras o hacías antes. Ahora es el momento de dejarlo todo. Pero…¿Y si no quieres perder tus momentos, tus intereses, aficiones…? ¿y si quieres compaginar la crianza con otras actividades que te permitan llegar siempre con más fuerzas y energía a la difícil labor de ser mamá? Porque al final, encontrarte bien, sentirte feliz en otros ámbitos y poder dedicarte tiempo, es imprescindible para abrazar la bonita decisión que has tomado, esa decisión que viene sin manual de instrucciones. 

La no conciliación no nos lo permite y no lo hace para que nos centremos en nuestra «verdadera labor», nuestra vocación según la visión patriarcal de nuestras maternidades. Pero es que nuestras maternidades, todas diversas, son nuestras y tenemos derecho a vivirlas como deseemos, felices, infelices, con días malos y buenos, como algo extraordinario, como algo bello y a la vez complicado. Para algunas lo único y mejor que les ha pasado, para otras algo que da sentido a su vida junto con otras metas y objetivos…diversas, diferentes y todas asumibles y loables. 

Últimamente he leído varios artículos y he indagado en las web de tribus, clubs, grupos de apoyo o asociaciones dedicadas a visibilizar la realidad de la maternidad. En ellas se aboga por generar comunidades de mujeres y compartir experiencias sin tapujos. Donde nadie te

juzga por mostrar lo doloroso y lo hermoso, por sentir que a veces no puedes con todo o que te superan las circunstancias relativas a la crianza y la maternidad en sí. Allí las mujeres se sienten libres de contar que han perdido una parte de su vida, que han olvidado sus intereses, sus amistades o incluso su vida de pareja. O más bien, que muchas veces se han visto obligadas a hacerlo por imposición social. 

El número de mujeres con problemas de depresión o ansiedad relacionadas con el hecho de haber sido madres es alto. Que socialmente esté mal visto dar a entender que no es un camino de rosas, nos recluye en una prisión en la que nuestros sentimientos acaban por devorarnos porque vemos nuestras vidas sesgadas y nos da miedo compartirlo. 

Cuántas veces hemos escuchado «¡qué egoísta, no quiere darle un hermanito a su hija porque quiere poder dedicarse más tiempo a ella!» «desde luego, tantas mujeres deseando ser madres y no pueden y ella que puede no quiere» «se queja de que no tiene tiempo para ella pero tiene hijos, no se cómo no puede ser feliz sin más «y es que ya se nos juzga incluso antes de tomar la difícil decision de traer a un bebé al mundo, porque no tenemos derecho a ser felices fuera del ámbito de la maternidad. Así ha sido impuesto. En ese sentido es básico acabar con esa visión patriarcal de la mujer como hacedora de hijos e hijas, exclusivamente dedicada a ellos, sin otra meta en la vida que hacer felices a los suyos olvidando su propia individualidad y existencia. Mujeres con metas más allá de ser madres, con hijos e hijas a los que adoran y por los que seguramente todas darían su vida, pero personas al fin y al cabo, con objetivos de desarrollo personal y profesional, con ganas de viajar solas, de viajar con compañía de su familia, de sus pequeños, de sus amigos… 

La conciliación no será tampoco nuestra hasta que esa maternidad vista desde los ojos de los hombres que dominan no cambie, porque no interesa. Es por ello que se nos ha impuesto que cuando una amiga, una hermana o una conocida decide ser mamá, hemos de crear cánticos de alabanza de las maravillas diarias que supone el hecho de ser madres. Y así no les estamos preparando para lo que realmente viene, porque no estamos mostrando las diferentes realidades. Y así el «shock» emocional es más duro si cabe cuando nos enfrentamos a lo que viene, tanto s lo bueno como a lo menos bueno. 

Mi embarazo fue perfecto, el parto pasó sin complicaciones aunque con unos dolorcillos bastante intensos, claro…pero yo, como tantas otras, cansada, agotada por una intervención quirúrgica, sola en la sala de cirugía y con miedo…no sentí que ese era el momento más feliz de mi vida. ¡Porque no podía con mi alma! Cuando vi a mi peque me quedé pasmada…»un bebé, he traído al mundo un bebé», embobada, sin saber muy bien que hacer, decir o sentir…¿qué se supone que tengo que pensar ahora? La calidez de su cuerpecito contra el mío me enseñó que en ese momento empezábamos a aprender ambos, juntos. 

Conforme pasa el tiempo yo, como muchas otras mujeres, pienso en mi vida antes de ser madre, una vida de viajes, de independencia, de locuras responsables y de alguna que otra irresponsabilidad. Me siento mal muchas veces por no poder seguir con ese ritmo, me siento mal por no poder ser mejor madre a la vez que mejor profesional, me pregunto si de verdad estaba preparada y porqué nadie me avisó de que después de dar a luz llegaba un torbellino de emociones difíciles de entender, de dolor, de tristeza, de amor infinito que sobrepasa y de preguntas complicadas de responder. Estoy segura de que si a mi alrededor

otras mujeres me hubiesen hablado de que es normal sentirse mal, querer vivir una vida fuera de la maternidad pero a la vez junto a ella, de que no hemos de dar la imagen de madres perfectas o felices si no los somos y de que hemos de unirnos para apoyarnos y ser fuertes, estoy segura que entonces algunos días hubiese sabido que lo realmente normal es sentirse así. Que no soy mala madre si no «malamadre», una madre aprendiendo a serlo cada día, con sentimientos encontrados y con exámenes diarios. 

Yo no tuve esa opción porque en mi caso, en el ambito de mis amigas más cercanas, la mayoría en el mundo académico, se vieron obligadas a elegir entre hijos y carreras y ellas, como han querido, como han decidido libremente, decidieron no ser madres. 

Dejadnos sentir, llorar, tener nuestras dudas e inseguridades… y dejadnos compartirlo con el mundo para convertirlo en real. Así, asumiendo lo que es verdad, la verdad de la maternidad y pudiendo disfrutar de nuestra vida como mujeres también fuera de lo maternal, estaremos fuertes y más preparadas para afrontar esa tarea, especial y dura, a veces maravillosa y otras terrible, que es ser mamá. 

Soy Leticia Menéndez y hoy escribo sobre maternidad. Espero que muchas os sintáis apoyadas y que recibáis la fuerza de todas las mujeres del mundo para ser lo que queráis, viviendo vuestras maternidades como deseéis. Nunca como os lo impongan.

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