Las historias de amores trufados de celos, despechos y traiciones siempre estuvieron, están y estarán de actualidad. Triste, penoso, lamentable, sí… pero también morboso, opinable, cotilleable; así somos los humanos: es en el amor donde damos nuestra mejor versión pero también la peor. Y sí, esta burbujilla llamada “filosofía” no es una excepción, pues podemos encontrar en ella, sin escarbar demasiado, “grandes” historias de amor (en las cuales a veces poco o nada hay de grandeza.) No hace demasiadas fechas, aquí mismo en LaTaska, os presentaba un artículo donde hacía alguna que otra referencia a la historia de Abelardo y Eloísa; pero hay otra aún más próxima a nosotros en el tiempo. Seguro que entre quienes estáis leyendo esto hay bastantes que conocéis buena parte de lo sucedido en términos sentimentales entre Friedrich Nietzsche y Lou Andreas-Salomé; pero por si acaso no fuera así, voy a dejaros en estas líneas unas poquitas pinceladas.
Si hay un filósofo que haya provocado (aún lo hace) las filias y fobias más extremas y apasionadas ese es Nietzsche. Aunque hemos hablado sobre él en otras ocasiones no puedo evitar repetir que lo conocemos mal y lo interpretamos aún peor ; incluso hay gente que, presumiendo ser de izquierdas, sigue tragando con aquello de que en la Voluntad de Poder nietzscheana estarían los gérmenes del fascismo y del nazismo; algunas de esas gentes aseguran además que el pensamiento de Nietzsche solo era postureo, presunción y fatuidad… En fin: allá ellos. Por mi parte, aquí y ahora, voy a haceros una revelación: creo que es imposible entender de verdad a Nietzsche sin conocer la importancia que tuvo en su vida una mujer increíble: Lou Andreas-Salomé. Veamos siquiera brevemente quién fue.
Se trata de alguien de unas dimensiones intelectuales gigantescas, dotada de un talento descomunal, adelantada varias décadas a su tiempo… y relegada injustamente a un segundo plano por una historia del pensamiento, trazada siempre a la medida de unos hombres que en ningún caso fueron más grandes que ella. Amada por ese genio de la lírica que fue Rainer María Rilke, admirada por Sigmund Freud hasta lo más profundo, pareja de hecho del filósofo positivista Paul Rée (aunque bien es sabido que esa pareja fue antes trío habiéndose sumado a la relación el propio Nietzsche) fue también pareja legal del célebre orientalista Friedrich Carl Andreas con quien formó un “matrimonio blanco”, pues es de todos conocido que, a petición de la propia Lou, no mantuvieron relaciones sexuales en los 43 años que duró dicha unión. Hecha esta mini-semblanza me comprometo a presentaros este mismo año (si la salud me respeta) un artículo monográfico sobre esta gran filósofa, literata y psicoanalista para hacerle justicia; pero quedémonos de momento con la segunda parte del título que le he dado a esto que leéis ahora: “(…) el amor tempestuoso”.
Nos encontramos en Roma a comienzos de la década de los 80 del XIX. Lou y su madre han viajado hasta allí desde Zúrich, en busca de un lugar más benigno para la delicada salud de la entonces joven veinteañera nacida en San Petersburgo. En la capital italiana son acogidas por la célebre escritora y feminista alemana Malwida von Meyesenbug, en cuya casa conocerán (entre otros) a Friedrich Nietzsche y al también mencionado Paul Rée. Ambos filósofos (y de momento amigos) quedan inmediatamente fascinados por la rica personalidad, ingenio y conocimientos de Lou, encontrando en ella no solamente a una excelente conversadora sino, con el tiempo, a una compañera de aventuras intelectuales y con toda seguridad también a una amante. Hasta tal punto fue así que acabaron por compartir vivienda y viajes. Abundando en ello, os diré que el propio Nietzsche puso como sobrenombre a aquella amistad a tres bandas “La Santísima Trinidad”. Poco les importó ser duramente criticados por Richard Wagner y la hermana de Nietzsche, Elisabeth (de nefasta influencia en la obra del filósofo por razones que ahora no vienen al caso).
Sabemos que en el transcurso de su relación ella rechazó las sucesivas proposiciones matrimoniales de ambos. Cabe destacar que Rée se suicidará 20 años más tarde (1901) lanzándose al vacío en el desfiladero de Charnadüra (Suiza) que al parecer fue el lugar donde ella lo rechazó por primera vez. Nietzsche por su parte no se quitaría la vida, pero ciertamente nunca dejó de jugar a la ruleta rusa con su frágil salud en una larga dinámica de lenta autodestrucción (consta a todos los efectos que fue tratado de sífilis cuando solo contaba 23 años, es decir, bastante antes de conocer a Rée y a Lou). En fin… teniendo en cuenta cómo es la naturaleza humana no es de extrañar que aquella inusual amistad a tres bandas acabara saltando por los aires aunque, según fuentes bastante fiables, las insidiosas intrigas de Elisabeth Nietzsche tuvieron mucho que ver en la ruptura. Sabemos con toda seguridad que Lou pasó el verano de 1882 en Tautenburg con los hermanos Nietzsche; al parecer Elisabeth, presa de unos celos terribles (¿hubo una relación incestuosa previa?) se ocupó de sembrar cizaña entre su hermano y la joven rusa. La consecuencia fue tan brutal que Lou se marcha de allí poco menos que corriendo y, por supuesto, sin despedirse. A partir de entonces los sentimientos de Friedrich hacia ella, siendo como era un individuo emocionalmente tan inestable oscilaron entre el amor más febril y el odio más exacerbado. Así, hemos averiguado que en una misiva dirigida al hermano de su antiguo amigo Paul, se refiere a su odiada-amada como <<Mona apestosa sucia y árida con falsos pechos, ¡una maldición!>>. Pero igualmente sabemos que Nietzsche, apasionado por la música y dotado de cierto talento para la composición, musicalizó en 1887 el famoso poema que Lou había publicado en 1881 titulado “Lebensgebet” (también “Himno a la vida”) una de cuyas estrofas había emocionado profundamente a Nietzsche poco antes de conocer a la joven rusa y que podéis leer a continuación: <<Igual que el amigo ama al amigo, / así te amo yo, vida enigmática. / Ya me hagas gritar de gozo o llorar / tanto me des placeres o penas. / Yo te amo en la aflicción y en la alegría / Y si algún día quieres acabar conmigo / yo me arrancaré de tus brazos con dolor / igual que se arranca el amigo del pecho de su amigo.>> Como podéis ver, en esta historia de amor y desamor TAMBIÉN hay música y poesía… aunque con otro sentido más profundo que en esa otra historia sobre la cual perfiero callarme sabiendo bien que intuís por dónde voy.
Sin embargo para este párrafo final no puedo resistirme a hacer alusión a ciertas especulaciones sobre un detalle puntual, acaso escabroso, protagonizado por el trío Friedrich-Lou-Paul… Hay una fotografía en la cual la joven pensadora empuña una especie de fusta mientras sus dos compañeros de aventuras parecen (tímidamente, eso sí) disponerse a tirar de un carro. En estos momentos nuestra redacción trata de reproducir dicha foto para intentar adjuntarla con calidad suficiente a este artículo; pero si no fuera posible, no os preocupéis: podéis teclear en google <<Lou Andreas-Salomé, Nietzsche y Paul Rée. Fusta y carro, fotografía>> y la veréis sin problema; solo os quedará interpretar y juzgar por vuestra cuenta. Yo, ahí lo dejo…
TXESKO C.