Autocrítica

Autocrítica

Según la RAE la palabra autocrítica tiene las siguientes definiciones:

1. Perteneciente o relativo a la autocrítica.

2. adj. Que practica la autocrítica.

3. f. Juicio crítico sobre obras o comportamientos propios.

4. f. En algunas organizaciones, especialmente en las comunistas, reconocimiento público y forzoso de los errores o desviaciones con respecto a la línea oficial (¡caramba!)

En líneas generales podemos decir que autocrítica es la capacidad que tenemos los seres humanos de reconocer los errores propios con el objetivo de solventarlos. El fin último debería de ser la mejora y la construcción de unos pilares sólidos sobre los que descansen nuestra base ideológica, nuestras acciones, nuestra vida en definitiva, ¿no?.

En los últimos tiempos escuchamos continuamente la necesidad que tiene la izquierda de hacer autocrítica. Cuando digo continuamente me refiero a medios de comunicación, debates, chats, redes sociales, la mesa de tu casa durante la cena y las asambleas ciudadanas de los propios partidos de izquierda. Ah, y se me olvidaba, aprovechando el tema los partidos de centro, derecha y ultraderecha se suman al asunto reclamando la necesidad de una reforma de la izquierda y una autocrítica imprescindible de la misma. Curioso cuanto más, en especial en el momento en el que estas personas, organizaciones o partidos que se suben al carro para criminalizar las ideas progresistas, son los primeros que no enjuician su más que conocida corrupción y su gran capacidad para el latrocinio.

La verdad es que esto no es nada nuevo, la izquierda ha sido constantemente crítica consigo misma, desde los orígenes.  Tan crítica que las flagelaciones individuales, colectivas y públicas, así como el sentimiento de fracaso, de depresión, de dolor continuado han sido una de las características que han acompañado a las ideas de izquierda. Somos de desear hurgar en nuestras heridas como modo de redención cuando no conseguimos lo que esperábamos, nos agrada machacarnos mutuamente y desgarrarnos individualmente. Somos los eternos sufridores en este mundo de vacuos ideales.

Existen tantas reencarnaciones de Marx y Engels como interpretaciones de sus teorías que otros consideran suyas. Tantos y tantas adalides y abanderadas de los férreos ideales izquierdosos que no existe lugar alguno que pueda recogerlos a todos. Todos queremos ser los más justos, los más inteligentes, los más intelectuales, los más superiores moralmente. Esto se traduce en una lucha continua, de nuevo individual y de nuevo colectiva, por convertirnos en seres casi divinos que puedan finamente conseguir la paz, la equidad,la libertad de las personas y los pueblos. Y así la izquierda acaba por autodestruirse. Luchamos entre nosotros por alzarnos por el premio al más  progre. Y es que nuestra bella teoría de derechos, paz y amor para todas, no es siempre posible si nosotros mismos no trabajamos la humildad, si no luchamos colectivamente por llevar a los demás nuestros conocimientos a través de la didáctica. Es nuestra responsabilidad. Que no se nos olviden las calles, las escuelas, las plazas y los altavoces. Mantengamos la memoria de los y las maestras republicanas, de sus Misiones Pedagógicas, de su esfuerzo diario por educar al pueblo con la palabra, la mejor arma. ¿Dónde han quedado Lorca y Miguel Hernández?

Quizás algo tiene que ver con la herida abierta que no sana esa tan pretendida intelectualidad de muchos de sus miembros.  Algo tiene que ver también ese interés constante en el perfeccionismo de la teoría en torno a la justicia social a través de unos buenos fundamentos que a veces no son fácilmente adaptables a cada realidad. Quizás todo ello ha tenido como consecuencia la sensación de vacío y de frustración viendo cómo las luchas no terminan de funcionar. Nos planteamos cómo es posible que las personas en situaciones de vulnerabilidad puedan votar a quienes restringen sus derechos y libertades. Cómo es posible que nosotras, que basamos nuestro ideario y proyectos precisamente en asegurar dichos derechos, no seamos el ejército del cual se valen estos colectivos en las urnas para cambiar la situación.

En este sentido creo que debemos de tener en cuenta varias cosas, que parecen alejadas entre sí, pero que son complementarias y que quizás podrían explicar juntas algo de lo que ocurre:

1. Una sociedad falta de opinión crítica. Políticas educativas orientadas a generar individuos sin criticismo.

Son ya siglos de una educación caracterizada por escasos contenidos humanistas. Donde las materias que deben fomentar el pensamiento crítico brillan por su ausencia. Donde se nos ha enseñado a empollar fechas y acontecimientos, sin pensar en el contexto que les dió lugar. Los ¿Porqué? ¿Cómo? y ¿Qué? ¿Dónde han quedado? 

2. Una larga historia de autoritarismo y de control de la información, desde la infancia.

La efectividad de la propaganda es uno de los mayores logros del capital y sus secuaces. Necesitamos este mundo de competitividad extrema, donde cada uno tiene su lugar en el sistema y en el cual debe permanecer sin rechistar. Individualismo y muerte a la colectividad, al juntas somos más fuertes. Porque así se estructura todo y si cada elemento de la cadena se mantiene donde debe, sin plantearse el porqué, todo ha de encajar y funcionar. Hay ricos y hay pobres, y así debe ser esta sociedad. Y por si alguno pretendiese más, se crea una clase media para hacernos creer que quizás podamos conseguir algo mejor. Pero este sistema se fundamenta en privilegiados y no privilegiados, lo demás son engaños, propaganda. Nuestro lugar en el mundo ya está establecido, nos lo graban a fuego en el colegio, en las noticias, en los libros..Es una ardua, compleja y eficiente labor de picar piedra en el cerebro, desde nuestro nacimiento.

3. Autocrítica destructiva e intelectualidad enclaustrada que no  ejerce su responsabilidad en la transferencia del conocimiento. Ello deriva en la creencia de algunas «izquierdas» en una supremacía intelectual que les impide tocar tierra en la calle o acariciar la piel de las personas que la pisan. Ya existen para eso otras izquierdas perroflautas y pies negros que les puedan dar nota de lo que sucede allí abajo, entre las plazas. 

Ello deriva muchas veces en la búsqueda de una polarización de la sociedad entre ignorantes e intelectuales como un hecho natural y sin posibilidad de cambio. Se olvida nuestra responsabilidad de educar, de armar al pueblo con la palabra y la opinión. Nos lo quedamos para nosotras mismas y así ejercemos nuestra supremacía intelectual. Damos por hecho que educar en conciencia crítica no sirve de nada. Asumimos el «borreguismo» pero no hacemos nada por cambiarlo. ¡Todo para nosotros! 

Autocrítica si, por supuesto, pero de todo y de todas. Autocrítica para construir unos pilares fuertes, potentes, basados en aquello que realmente nos ha de definir: la conciencia de clase, la educación y la palabra, la lucha por la justicia social desde las calles, de abajo arriba, sin supremacías, con humildad. Con esa tan ansiada humildad de la que tan faltos hemos llegado a estar.

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