ORGULLOSO DE TODA ESTA GENTE

Hace ya unos cuantos años, en clase de ética, una alumna quiso conocer mi opinión sobre la homosexualidad… Perdonad, que no he empezado bien. En esa misma clase alguien había mostrado interés acerca de lo que la antropología recoge en relación a las diversas orientaciones sexuales. Debo aclarar que de esto hace algo más de “unos cuantos años”. Mi respuesta a esto último fue muy general o muy genérica, pues expliqué aquello de que la actividad científica tiene, de entrada, dos objetivos fundamentales: explicar y predecir; en algunos casos, dicha actividad va algo más allá y entonces además trata de intervenir sobre los hechos para cambiar alguna cosa.

La antropología cultural en concreto trataría de explicar (con respecto a lo que nos ocupaba en aquella clase) las conductas sexuales y su papel en el entramado costumbrista de un marco cultural específico. En un segundo momento intentaría predecir la posible evolución de esas costumbres con arreglo a las normas, mitos y otros elementos propios del contexto cultural aludido. Y si finalmente surgiera la posibilidad de intervenir ya no sería antropología sino una actividad distinta. Ahora sí, ya me siento en condiciones de revelaros la respuesta que le dí a mi alumna cuando me pedía que me situara en un plano personal: le dije que, desde mi punto de vista, todo individuo tiene derecho a ser feliz siempre que esa felicidad no haga desgraciadas a otras personas. Supongo que acabáis de daros cuenta de que mi respuesta era más bien incorrecta, ¿verdad? Claro. Deliberadamente incorrecta y deliberadamente útil para abrir debate. Y es que hay gente que entiende de forma bastante peculiar eso de “la felicidad”.

¿Qué hay de aquello de “señor (o señora) su orientación sexual me molesta profundamente, me solivianta, e interfiere en mis posibilidades de ser feliz”.? Lo que aparece entrecomillado dentro del interrogante que acabo de escribir lo he escuchado decir en alguna ocasión… no expresado en esos términos exactamente, sino en otros registros lingüísticos dentro de una gama que va desde el insulto (a veces acompañado de garrotazo con bate de béisbol) hasta el recurso final a la legislación vigente en el entorno geográfico de que se trate. Así, en Oslo, un “antropopitecus rabiosus” se lía a tiros en un establecimiento de ocio con el resultado que ya conocemos. En Qatar (¿se escribe así?) si durante la celebración del Mundial de fútbol alquien exhibe una bandera arco iris le podrían caer hasta 10 años de cárcel. En países que montan guerras y/o genocidios deciden que no existe la homosexualidad en su territorio, o prohíben Bob Esponja porque induce a “conductas gays”. En otros lugares ciertos comportamientos que no son “normales” (luego iremos con eso de “la normalidad”) pueden acarrear consecuencias como la muerte a pedradas o a latigazos bajo una cobertura totalmente legal para quien azota o quien apedrea (a todo esto, ¿qué podríamos decir sobre la “normalización” del sadismo?)

Pues sí, en efecto, en algunos lugares del mundo, si Oscar Wilde besara en los labios a Freddy Mercury, o si Gabriela Mistral y Doris Dana hubieran manifestado públicamente una conducta “más cariñosa de lo que dice la norma”. Podrían recibir ACTUALMENTE una ráfaga de metralleta, sufrir pena de prisión, o incluso ser calificadas como personas inexistentes (ya sabéis: “En este país solo hay machos y hembras; lo <<otro>> no existe”; consultad las hemerotecas, por favor.)

Volviendo al asunto de la antropología y a su vocación descriptiva, voy a decir algo muy general y que cada cual lo rellene como mejor le parezca: primero está aquéllo que se convierte en costumbre; después, eso que ya es costumbre puede transformarse en norma (en el mismo campo semántico encontramos “normativa” y “normal”); finalmente la norma puede devenir en ley por obra y gracia de quienes, partiendo de la costumbre, habían hecho con ella una “norma-tivización” y luego la habrían blindado para prohibir algo u obligar a algo. ¿Os habéis fijado en que, hasta ahora, no he escrito en ningún momento la palabra “justicia”?


Y finalmente regreso a la pregunta de mi alumna: nadie debería sentirse desgraciado ni ofendido por el hecho de que otra persona sea lo que quiere ser, ame como quiera amar, sienta como quiera sentir; las personas que aman de verdad no hacen del amor (ni del sexo) algo obligatorio para los demás. Tampoco se exhiben ni hacen ostentación de nada; simplemente quieren que se pueda naturalizar algo que ciertos sujetos malhumorados, y empeñados en no ser felices y en que no lo seamos el resto, consideran contra-natura arrogándose el “derecho” (aunque sea pura detentación) de decidir qué es natural y qué no lo es… como si de verdad supieran qué es eso de la Naturaleza, como si la naturaleza (ahora sí, con minúscula) dependiera de no sé qué o cuál dogma o código (oral o escrito) cuyo origen sería ?!?!?!?! sobrenatural (¡eso sí que es contra-natura!).

Por lo demás, ORGULLOSO de las orientaciones sexuales de Safo, Oscar Wilde, Gabriela Mistral, Janis Joplin, Nureyev, Tchaikovsky, Freddy Mercury, Anaïs Nin, García Lorca, Natalie Clifford Barney, Luis Cernuda, Virginia Woolf… ORGULLOSO de Pilar y Yoli, de Quique y Ramón, de Juan y Garikoitz, de Yurema y Marga… ¿Qué dicen la antropología, la filosofía, la ética… sobre el alcance de lo que abarcan las siglas LGTBI? Pues decir-decir, lo que es decir no dicen nada; somos las personas quienes decimos y decidimos (o queremos decidir sin que lo hagan por nosotras.) Yo, que soy abiertamente heterosexual y no presumo de ello (lo asumo como algo natural en mí) presumo en cambio de mi amistad con personas cuya orientación sexual es diferente de la mía (también lo asumen como algo natural en ellas) y cuyo objetivo no es solo ser felices, sino que todo el mundo lo sea porque esa es su auténtica y genuína vocación en tanto que seres humanos.

TXESKO C.

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