LA IMPORTANCIA DEL ME TOO UNIVERSITARIO. EL PODER DE LAS VALIENTES

Hace unos días una noticia hacía estallar el mundo universitario; una noticia cuyo contenido se había estado gestando durante aproximadamente un año. Todo comenzó con un grupo reducido de mujeres que habían sufrido diversas agresiones en su ámbito laboral: agresiones físicas, psicológicas, machistas, homófobas…llegando incluso a generarse denuncias y juicios en los que, desgraciadamente, la víctima siempre parece ser la culpable de generar una mala imagen en su universidad o centro de investigación. Con el paso de los meses muchas compañeras se sumaron a la denuncia que se haría pública, unas VALIENTES, que han conseguido representar a todas aquellas a las que el miedo, la falta de pruebas o la imposibilidad a nivel psícológico de llevar adelante este proyecto, no nos permitieron enseñar nuestras caras y explicar a todo el mundo las horribles situaciones por las que hemos pasado. Pero todas, absolutamente TODAS son merecedoras de nuestro apoyo, comprensión y de nuestra lucha colectiva.

En enero un total de 25 profesoras e investigadoras denunciaron en el diario El Periódico sus terribles experiencias. Todas ellas visibilizaron la realidad de muchas otras mujeres víctimas de acoso sexual, moral, laboral y un abuso de poder enquistados en el mundo académico. Os puedo asegurar que sus historias y las historias de otras compañeras que finalmente no pudieron exponer sus relatos en el diario, son aterradoras. Una institución, la académica, que debe ser el espejo en el cual debería mirarse esta sociedad, se mantiene sin embargo en la Edad Media, en el vasallaje, en el machismo más criminal y en el abuso absoluto hacia las mujeres que se quieren desarrollar en docencia o investigación. Os dejo un link al artículo (perdonad porque es de suscripción, pero si navegáis por la red encontraréis muchísima información al respecto) y sabed, que después del mismo, otras muchas mujeres, procedentes de otros lugares del mundo, se han sumado a la misma iniciativa.

https://www.elperiodico.com/es/cuaderno/metoo-universidad-espana-acoso-machismo-sh/index.html

Todas hemos sabido siempre lo que pasaba, todas o casi todas hemos vivido una o varias de estas situaciones. Incluída yo. Y es por eso que, en un acto de sinceridad, os voy a contar mi historia. 

En el año 2003 dejé Asturias y me trasladé a Cataluña con el fin de realizar un Máster y posteriormente un Doctorado. Llegué con la máxima ilusión y vocación con la que comenzamos todas y todos el camino de la investigación. Todo fue relativamente normal durante los primeros meses. Sin embargo la cosa cambió cuando seleccioné, o más bien seleccionaron por mi, el material para mi investigación. Recuerdo como si fuese ayer la primera reunión de trabajo.

En esta reunión había una persona que comentaba los resultados que pensaba se extraerían del análisis de mis materiales. Yo respondí con ilusión: “bien, ya veremos finalmente qué resultados ofrece mi investigación”. Sin pensarlo, sin apenas imaginarlo, había dado la contraria a una persona que se consideraba en la escala más alta de la jerarquía investigadora y por tanto se consideraba también mejor que yo. Este fue el punto de partida de mi historia, de mi crucifixión. A partir de ahí investigadores y estudiantes con los que hasta ese momento había tenido buena relación, empezaron a mirarme de una extraña manera, a contestarme de malas formas, a cuchichear sobre cada cosa que hacía, a exponer por detrás mía lo incompetente que yo era. Todo esto llegaba incluso hasta las más altas esferas.

Unos meses más tarde conseguí un contrato de investigación predoctoral (FI) que nunca llegó a los 1000 euros mensuales (los dos primeros años ni cotizaba y eran unos 800 euros). Presenté la tesina y comencé con mi Tesis Doctoral. Para mi Tesis añadí como co-director a alguien que siempre me escuchó, me ayudó y fomentó mis opiniones en encuentros interesantes y muy productivos. Siempre se lo agradeceré (gracias M.V), como agradeceré también todos nuestros intereses en común. Se que puede sonar superfluo, pero que sea un gran fan de Star Wars y pudiésemos pasar fácilmente de hablar de tecnología lítica a como se llamaban algunos personajes de las pelis, en plan Trivial, no tiene precio.

Sin embargo en mi estancia predoctoral todo iba a peor, los encuentros académicos con ciertas personas algunas veces llegaban incluso al insulto personal hacía mi: “tonta, ingenua, escribes estupideces, no redactas bien..” son algunas de las palabras que recuerdo. Me hacían sentir ignorante, chiquitita, poca cosa e inservible. Pero siempre aguantaba, parecía que era algo normal, más bien algo NORMALIZADO en este mundo. Al final tuve el valor de prescindír de alguna que otra persona en mi trabajo.

Supongo que lo que hice fue para mejor, sin embargo continuamente escuchaba que los resultados que iba obteniendo no eran los correctos, que no tenía ni idea, y que debía básicamente hacer lo que los más “experimentados” y antiguos en esa institución, querían. Se comentaba  por ejemplo: “de que va esta gente que llega de fuera, se creen que pueden llegar a quitarnos nuestros trabajos, nuestros materiales…”.

El ambiente cada vez era más insostenible, incluso investigadores de otras disciplinas afines, cambiaron sus actitudes hacia mi: no me saludaban por los pasillos, hablaban mal de mi a mis espaldas… pero en esa época mi máxima era la resiliencia. Tenía que aguantar, porque si lo hacía, quizás podría tener una larga trayectoria investigadora. Me agarraba a un clavo ardiendo, que quemaba demasiado.

El día que presenté mi Tesis, en el turno de palabra, se levantó uno de los compañeros de mi centro (los “senior” les llamaban y se hacían llamar) y criticó de una manera terrible todo lo que yo había escrito. Mi trabajo estaba mal (curioso, unos años después salió un artículo en una prestigiosa revista científica donde ellos afirmaban lo mismo que yo había escrito en mi Tesis y que ellos habían defenestrado). Allí mismo, con mi familia y mis amigos en las butacas de la sala, buscaron deliberadamente tirar toda mi investigación por tierra. Imaginaros la situación.

Tras acabar el contrato de investigación, busqué trabajos, todos ellos fueron precarios, para poder seguir investigando y poder pagar las facturas. En el centro de investigación se decidió pedir una subvención para un gran proyecto en el sur peninsular. Me pagaron 9 meses con facturas de autónoma para poder prepararlo, enviarlo y conseguir la financiación. Se consiguió. Me introduje en ese proyecto hasta la médula. Y trabajaba cada día, casi  24 horas. A los 9 meses se acabaron las facturas. Ya no había más dinero, me decían. Pero el proyecto continuó, cada año durante 6 años. Y allí seguía yo, malviviendo gracias a trabajos a media jornada que casi no me daban ni para pagar la luz y con alguna pequeña factura por obra y servicio en el centro de investigación. Yo seguía preparando la petición del proyecto, la logística, la selección del personal, las memorias finales, los trabajos posteriores e incluso la dirección de una parte del mismo…en definitiva, años trabajando sin horarios, casi sin ingresos, haciendo uso de mi vocación para seguir resistiendo. Sin embargo yo no figuraba nunca en las grandes ruedas de prensa, ni en conferencias, congresos o artículos  cuando yo misma, como dije, dirigía una parte de ese proyecto.

Como os comenté anteriormente, para sobrevivir trabajé en precario mucho tiempo así que muchas veces no podía pasar por el laboratorio. Mis compañeros, algunos “amigos”, me decían casi cada día “ si no vienes, te estás cerrando las puertas”. Es decir, si no vienes a trabajar gratis, a la hora que sea, nunca conseguirás nada. Y parecía que era algo premonitorio, porque esos mismos compañeros me clavaron el puñal más doloroso por la espalda. Un artículo que firmaba primera, para una prestigiosa revista internacional, en el cual había trabajado horas, pasó de la noche a la mañana a ser firmado como primero por otro de esos compañeros. La justificación fue que ya no pasaba por el laboratorio y que no iba a trabajar in situ para la extracción del material. Esto se realizó como jugada maestra de algunos de esos que se denominaban “senior” y con la tremenda complicidad de quien pasó a firmar como prncipal en dicho paper. 

Los meses siguientes fueron amargos, por trabajar por un sueldo indigno fuera de la Academia, por sentirme olvidada, cada vez más rechazada, por las acciones a mis espaldas por parte de investigadoras e investigadores que hacían lo posible por alejarme de todos los proyectos en los que participaba, poniendo énfasis en lo mal que lo hacía todo, en mi falta de aptitudes. Algo de lo cual me hicieron dudar muchísimas veces, y que ahora entiendo que no era así. Me costó mucho tiempo comprenderlo.

El final de mi carrera llegó por mi propia decisión, pero era una decisión forzada. Me presenté a un puesto en el mismo centro en el que llevaba desde hacía unos 15 años. El currículum necesario lo cubría perfectamente. Acudí uno de los despachos del centro para informar de que me presentaría. Allí mismo se me dijo que me presentase si quería,  pero que tuviese en cuenta que 1- estaba embarazada y que no podría hacer la formación (que no necesitaba) y 2- era doctora y por tanto podía llegar a pretender laboralmente más de aquí a un tiempo y que eso a su vez restaba para esa convocatoria. Aquel día, temblando, recogí mi mesa y nunca más volví. Allí se quedaron años de ilusión, de vocación, se quedaron amistades irreales…se quedó mi vida, o eso pensaba. Se quedaron también algunas buenas personas.

Esto que he contado sólo es un resumen de la historia. Una historia que a nivel de periodismo de investigación yo no pude contar porque no guardé gruebas físicas de aquel acoso, como la mayor parte de compañeras. Es importante decir que no es un caso aislado, si no que han existido y existen muchos, en cada universidad, en cada centro de investigación. Estos casos son de sobra conocidos, tanto a nivel interno, convirtiendo el cómplices a quienes los toleran y también a nivel externo, en otros centros, donde las situaciones que he detallado son bien conocidas. Actualmente aún soy incapaz de leer, ver o escuchar nada que tenga que ver con mi ámbito de estudio. Me provoca ansiedad, nauseas, temblores y angustia, algo que voy superando poco a poco, creyendo en mi y en mis valores. Así mismo desarrollé dermatitis atópica (enfermedad muy relacionada con la ansiedad y el estrés) y cefaleas tensionales. Han pasado 6 años de aquel último día.

Soy Leticia Menéndez, una barwoman de La Taska que hoy está al desnudo. Eso sí, os pediría una firma, un apoyo, un minuto de vuestras vidas, para firmar esto, por todas ellas, por las del pasado, las de hoy y por nuestras hijas, las científicas del futuro.

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