REVISITANDO LA CONDICIÓN POSMODERNA

Se suele caracterizar a la posmodernidad como fiel a un nihilismo pesimista sin tragedia para el cual, no pudiendo confiar en un futuro que no existe, la actitud más sensata es la del “carpe diem”; se trataría por tanto de un hedonismo sin pretensiones ni proyectos. Una cosa está clara: en una época como la nuestra donde la conciencia ecológica debería ser universal y no lo es, ¿acaso podríamos confiar en algún proyecto? La posmodernidad es el salto definitivo de la era de la razón hacia la era de la interpretación. Pero debemos entender bien esto: no es que haya una renuncia a la racionalidad sino más bien el reconocimiento de que el ser humano interpreta continuamente mucho más de lo que razona. La interpretación, no siendo irracional en sí misma, posee una enorme dosis de emocionalidad.
La posmodernidad ha querido ser clara apuesta por la sinceridad más que por la verdad. Pero de esa aparentemente clara preferencia por la sinceridad, aun a costa de sacrificar toda aspiración hacia la verdad, se acabó pasando a eso-así-llamado “posverdad” que, a mi juicio, no pasa de ser una cínica cosmetización de la manipulación del acto de describir unos hechos o, ya directamente, un espaldarazo al bulo, una forma de normalizar la mentira.
Lo que más atractivo me pareció de las tendencias conocidas en su conjunto como “posmodernidad”, cuando se pusieron de moda, fue la definitiva aniquilación de la idea de progreso. Leyendo a los primeros porsmodernos me quedaba la sensación de que habíamos tardado demasiado tiempo en comprender que la noción de progreso era una gran mentira o, en el mejor de los casos, un conjunto de matices difícilmente agrupables bajo una denominación común. Así, el pensamiento débil propuesto por los filósofos posmodernos, como por ejemplo Vattimo, vino a ser un síntoma más allá de una humilde aspiración. ¿Síntoma de qué? Pues ya lo hemos dicho: de que el progreso como idea referencial ha sido un bulo más. Ya lo denunció Wittgenstein (nada sospechoso de ser posmoderno… si acaso el 2º Wittgenstein podría ser una influencia, pero ni mucho menos la principal). Para el genial pensador vienés apenas habíamos avanzado desde los antiguos griegos.
No solo no existe el progreso. Parece que definitivamente hemos renunciado a eso que llamábamos objetividad. Si acaso las ciencias empíricas aún puedan aspirar a lo objetivo… pero muchos nos tememos que se trate igualmente de un mito quimérico. La hermenéutica como procedimiento, aun asumiendo el error, nos ofrece mucho más sobre el hombre que cualquiera de las ciencias experimentales. Para dichas ciencias el ser humano no pasa de ser un epifenómeno de la naturaleza. Por eso la empiría no puede dar cuenta adecuadamente (ni siquiera inadecuadamente) sobre lo que es el ser humano. Al menos la hermenéutica, como diría Gadamer, es capaz de tomar en consideración nuestros prejuicios. Pero entonces tampoco nos quedará más remedio que reconocer algo fundamental: coexistir con los prejuicios comporta pisar terrenos muy resbaladizos y peligrosos. Ahí tenemos, si no, bien cercano en el tiempo, el “fenómeno-Trump”; ahí tenemos en pleno apogeo a los negacionismos varios. Asumir que prácticamente todo está sujeto a interpretación implica, si no admitir que “todo vale” sí al menos ceder ante aquello que sugería el gran Luigi Pirandello en una de sus obras más geniales “Así es, si así os parece”.
Al hilo de todo esto, yendo unas décadas hacia atrás, ¿por qué tuvo Ricoeur la ocurrencia de llamar a Marx, Nietzsche y Freud “maestros de la sospecha”? (hay quien se lo atribuye, erróneamente, a Foucault); porque fueron ellos los primeros en sentar a la cultura occidental en el banquillo de los acusados, como sospechosa de haber cometido un horrible fraude; un fraude cuyas consecuencias aún seguimos pagando, por la sencilla razón de que continuamos apostando por el fraude especialmente en el ámbito de la política, especialmente cuando (y asumo que esto acaso no agrade a cierta gente) el sentido de nuestro voto se orienta hacia la derecha.

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