Hoy, 25 de noviembre, como sabéis es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. Hoy, con vuestro permiso, quería contribuir con una conversación que tuve con una amiga muy querida y admirada, excompañera de trabajo y todavía hoy (espero que por muchos años) compañera de ilusiones, deseos y expectativas por que las cosas cambien y conmemoraciones como la de esta jornada dejen de ser necesarias. Mi amiga se llama Rosa y, habiendome dado permiso, voy a reproducir lo más fielmente posible algunos chispazos de aquella charla que tuvimos mientras tomábamos café. Rosa es muy inteligente y tremendamente interesante; siempre está ahí, siempre puedes contar con ella. Es la personificación de la sensatez y de la coherencia y además una persona muy valiente. En su trabajo como orientadora en un instituto de secundaria es un referente, un pilar, no solamente para el alumnado sino para todo el profesorado, personal no docente y, por supuesto, para las familias. En más de una ocasión se ha encontrado con durísimos casos relacionados con la violencia de género (lo escribo así, a sabiendas de que es una expresión que a Rosa no le gusta; purista como es del lenguaje, ella siempre dice que las personas no tenemos género, que eso es cosa de la gramática.) En fin.
Para poneros en antecedentes con pocas palabras os doy unos poquitos datos con el currículo de mi amiga, que es en primer lugar maestra especializada en psicopedagogía terapéutica; licenciada en psicología y filosofía pero también en filología hispánica. Y luego está todo el bagaje de su experiencia laboral y vital. Se jubilará el próximo mes de julio, prácticamente coincidiendo con el final de curso. Bien… Pues nuestra conversación giraba en torno a un libro que quizá conozcáis titulado “Las Diosas de cada Mujer”, de Jean Shinoda Bolen y que lleva como subtítulo “Una nueva psicología femenina” (lo podéis encontrar en Kairós y sobre su autora a lo mejor os contamos un día algo desde LaTaska.) Para darle un enfoque más realista y ágil, me voy a tomar la licencia literaria de esbozar nuestra “charleta” (o “charrada”, como decimos por estos lares) con el formato de diálogo que toda conversación tiene:
-Es un planteamiento muy original -dije refiriéndome al libro-. Y más que original, como decía el otro día alguien por la radio, heterodoxo en el campo de la psicología.
-¿Sabes qué…? -ella llevó la mirada a su taza de negro negro café y se puso a revolver lentamente con la cucharilla, un gesto muy de Rosa cuando reflexionaba antes de soltar una de sus potentes frases-. En realidad todas las mujeres somos heterodoxas, Txesko.
-¿A qué te refieres? -como Rosa es mucho más inteligente que yo y por supuesto también más ingeniosa, su salida me pilló un tanto descolocado.
-Pues sencillamente a que la ortodoxia social, cultural, es masculina.
-Nunca se me habría ocurrido expresarlo así. Pero creo que tienes razón -y la tenía, ¡vaya si la tenía!.
-Dejando a un lado el contenido del libro lo que tiene más valor para mí es que a alguien se le ocurrieera escribirlo.
-Todavía no hace muchos años el que se publicara algo así habría sido impensable -opiné.
-Todavía no hace demasiados siglos que consideraban peligrosas a las mujeres que siquiera se acercaban a la ciencia -yo intuía por donde iba mi amiga, pues nos conocemos hace bastantes años y además muy bien-. Y si osaban, no ya acercarse al conocimiento, sino meterse de lleno en él no era raro que las defenestrasen, desacreditasen o incluso que las masacraran.
-¿Otra vez estás pensando en Hipatia de Alejandría? -inquirí, recordando que minutos antes habíamos estado hablando precisamente de ella.
-Sí; también en Hipatia -es decir, que yo había acertado pero a medias. Rosa casi siempre va un paso por delante.
-Ese “también”… -sonreí e hice un gesto inclinando la cabeza a un lado, una señal que ella y compartíamos cuando se trataba de estimular algún pensamiento prometedor.
-Estaba pensando en Elena Blavatsky.
-Sí -convine-. Leí en algún sitio que la célebre teósofa admiraba profundamente a Hipatia.
-De hecho la consideraba una de las primeras iniciadas en lo que ella llamó “la Doctrina Secreta”.
-Afortunadamente para Madame Blavatsky ella no acabó como Hipatia -hice un gesto al camarero para que nos acercara otros dos cafés, el mío descafeinado. El camarero ya conocía nuestras costumbres, pues somos clientes habituales.
-Eso es verdad pero la hicieron sufrir bastante. Siempre hubo maniobras, algunas muy feas, para intentar desacreditarla. Incluso gente que se suponía era de su confianza.
-No lo sabía.
-Y simplemente por el hecho de ser mujer -añadió Rosa, en una clara y por otra parte legítima maniobra de actualizar el caso de Elena Blavatsky enlazándolo con la monstruosa tragedia que sigue reproduciéndose a diario en nuestra sociedad-. Quien niegue el hecho de que a las mujeres se nos maltrata, se nos agrede por el hecho de ser mujeres es, sencillamente una mala persona o un imbécil -sentenció.
-O ambas cosas -apostillé.
-O ambas cosas, sí.
-Volviendo a “las Diosas de cada Mujer” conozco a una chica que encaja perfectamente con el arquetipo de Perséfone.
-Mmmm… una de las llamadas “diosas vulnerables” -mi amiga reflexionó unos instantes y dio un sorbito a su café-. ¿Quieres decir que ha pasado por algo parecido a lo que padeció Perséfone, con su rapto, violación y su posterior actitud vital de inmadurez persistente?¿de niña demasiado enmadrada?
-Sí, algo así.
-Hay muchas mujeres que encajan en ese arquetipo. Demasiadas. Por desgracia eso no es solamente culpa de los hombres, sino que esos tiparracos “barbazulados”, como yo los llamo, a veces tienen cómplices entre nosotras.
-Y se sirven de esas complicidades para continuar sometiendo y en general maltratando a todas las perséfones del mundo -añadí.
-Claro.
-Oye, Rosa… Acabo de recordar que Shinoda Bolen escribió después otro libro titulado “los Dioses de cada Hombre”. ¿Lo has leído?
-Sí que lo leí, sí… Mantiene la misma línea jungiana que el otro. Pero sigue siendo bastante interesante.
-¿Heterodoxo? -pregunté con la traviesa intención de chinchar un poquito a mi amiga.
-Por cómo lo has preguntado creo que hay ahí una segunda intención, sinvergüenza…
-Es que me ha parecido muy interesante eso que has dicho de que “todas las mujeres sois heterodoxas”.
-A ver, tontorrón… Te podría dar una conferencia sobre eso, ¿pero para qué, si ya no lo vas a poder utilizar en tus clases? Te recuerdo que estás jubilado, nene.
-Vaya… he intentado tirar con bala y resulta que me ha salido el tiro por la culata. -reconocí.
-Es que te he visto venir. Tú lo que querías es discutir y ahora no tenemos tiempo -dijo mirando su reloj, que siempre lleva en la muñeca derecha-. En diez minutos tengo la visita de una madre.
-¿Por qué suelen ser casi siempre las madres, y no tanto los padres, quienes vienen al instituto para hablar de sus criaturas? -en realidad, como vais a comprobar era esta una pregunta retórica.
-Es por la ortodoxia, querido Txesko… ¡Por la ortodoxia!
Supongo que como sois gente inteligente y con la debida sensibilidad habréis descubierto ya que, entre líneas, hay mucho más contenido del que aparenta tener esta “inocente” conversación entre dos colegas. Vamos a dejarlo en que mi intención, siendo un hombre, era contribuir de algún modo a que reflexionemos sobre esa lacra que sigue emponzoñando nuestras sociedades. Porque el feminismo es cosa de personas, de todas y de todos y quien no lo entienda así, como bien suele decir Rosa:
“…o es imbécil o una mala persona…”
( …seguramente ambas cosas).
Con todo mi cariño y respeto, especialmente dedicado a vosotras.
Heterodoxas