La Clase Obrera y la Ciencia

Hace un tiempo leí algunas obras del filósofo surcoreano Byung-Chul Han. En ellas se exponían algunas reflexiones que yo misma había ido generando desde hacía varios años, evidentemente sin la capacidad de plasmarlas como el autor. Eran quizás pensamientos aislados, puestos en común en mi cabeza, pero sin pensar que todo aquello podría ser el reflejo de un análisis en la sombra de lo que podía ser una sociedad distópica, una sociedad que, tal vez, podía ser la nuestra. En textos como“la Sociedad del Cansancio” o “La Expulsión de lo distinto” Byung-Chul Han expone algunos ejemplos de como el sistema neoliberal habría alcanzado la capacidad inteligente de explotar a las personas para sus propios fines (el poder, la riqueza de unos pocos, la subordinación) sin que estas se dieran cuenta de ello. Actualmente muchos ya no echan la culpa de su malestar a ese sistema, ni a sus jefes, ni a esta sociedad que nos engulle, nos transforma en lacayos y se alimenta de nosotros, de nuestras vidas, de nuestra conciencia. No es así porque nosotros mismos la aceptamos, tal y como es. No hay alternativa posible ( ¿o si?).

Es algo común escuchar a la gente decir cosas tales como “hemos de levantar el país con nuestro esfuerzo” o, como hace un tiempo me dijeron “yo gano dinero para que mi jefe se haga rico”, “echaré horas de más, no retribuidas porque así me tendrán en consideración y yo mismo contribuiré a sacar adelante mi país, poniendo un poquito cada día de mi parte, por propia voluntad. Seré así considerada una persona responsable por ello”. Y sin darnos cuenta, porque así nos ha ido educando esta sociedad, nos auto-explotamos diariamente con la conciencia tranquila de que ello nos convertirá en algún día en miembros de esa clase alta o acomodada. Y, de tal modo, nos sentimos realizados por poner nuestro granito de arena para que este sistema, del cual continuamente nos quejamos, avance con nuestro permiso, engulléndonos como una apisonadora, sin límites. Como dijo Marc Fisher en relación a la sociedad neoliberal y su principal baza ”es más fácil imaginar un fin al mundo que un fin al capitalismo”. No existe otra mejor opción posible que esta a todos los niveles, y esta a todos los niveles nos alcanza.

Según las últimas encuestas del CIS, en el año 2001 un 50% de las personas se consideraban clase trabajadora. Hoy en día ni un 16% considera formar parte de esa categoría. La falta de conciencia de clase huye de la movilización colectiva y no hace suya la empatía. Nos han educado para que este término adquiera la peor de las connotaciones posibles asociándolo a la pobreza, a la criminalidad o a la ignorancia. El término “clase media” fue creado muy conscientemente por este sistema para agrupar a todos aquellos que huían de la negatividad que suponía formar parte de la clase obrera. Así se les permite creer que el salto hacía la élite será mucho más fácil y menos cruento si se encuentran en un estadio intermedio. Parece fácil escapar de la precariedad si en nuestra mente pensamos que somos diferentes. Nos lanzamos a ser propietarios de viviendas, de coches, hemos llenado nuestras casas de cosas materiales que pensamos que no alejan de lo que no queremos ser, acudimos a eventos, salimos y nos divertimos. Pensamos así que esto adquiere un significado que no tiene. Y decidimos que quien puede alcanzar el sueño de comprarse una bonita casa ya debe salir de la categoría que no queremos ni nombrar. Ahora ya formamos parte de esa “casta” que tanto critican los elementos progresistas, ya no somos clase obrera. Ahora debemos defender otros intereses, otros ideales. Pero no nos equivoquemos, seguimos siendo clase trabajadora. Dejemos de cobran un sueldo durante un mes, dos, un año…¿dónde queda ahora esa consideración?

Hemos perdido esa capacidad de sentirnos dentro de la categoría de quienes realmente sostienen este sistema. Nos olvidamos de vivir, de sentir, de amar, de opinar porque, aunque no lo vemos, no podemos sentirnos libres de hacerlo. Vivimos para sostener esta sociedad en la que no nos permiten salir de la mediocridad, para hacerla así indispensable, para no convertirnos en elementos discordantes. Nos mantenemos en un estándar existencial, en una misma media, de la cual no podemos salir porque no nos han enseñado a hacerlo. Todos al mismo son de una misma canción, todos al mismo ritmo, al ritmo que nos marcan, desde que nacemos. Intentar salir de ahí supone muchas veces algo traumático. Salir de esa media significa que ya no formas parte del sistema, eres un “sintecho” del neoliberalismo. Te harán sentir distinto, te harán sentir problemático, rebelde, revolucionario de una causa inexistente. “Aquí no encajas, no actúas como el resto”.

Y así perdemos nuestra conciencia de clase y nos apegamos a lo que ya está estipulado. Y nos acercamos a quienes sostienen el sistema neoliberal en nuestras vidas, en nuestras instituciones, en los medios de comunicación, en las escuelas. Es mejor estar de su lado porque yo, algún día, llegaré a lo alto de esta pirámide y por ello debo tener claro quien me representa. Y se acaban las movilizaciones colectivas y el apoyo a los compañeros de otros sectores. Y ya no salimos a la calle para reivindicar nuestros derechos, porque los consideramos los derechos de otros.

Hemos llegado a un punto en el cual incluso extraemos a ciertos sectores del mundo laboral, destruimos la palabra “trabajador o trabajadora” de pleno derecho, abocando a los sectores afectados a un limbo sin derechos. Por ejemplificar, los currantes de la Ciencia, si, esos y esas obreras que hacen evolucionar el mundo a partir de la investigación, no gozan ni de la simple consideración de trabajadores. Se encuentran nadando en un mar infinito de desazón, de falta de oportunidades de futuro, de inexistencia de relaciones sociales. Se llega al extremo de dejar tu vida de lado, porque nuestro sistema considera que tu vida es de su propiedad. Si a ello le añades el hecho de que un trabajo vocacional no debe considerarse un trabajo como tal, si no más bien un hobby, entonces no pidas más de lo que te pertoca en este mundo es decir, lo mínimo, porque el resto no es tuyo. Y es curioso que, aún así, en este mismo sector, muchos sigan pensando que salir a la calle reclamando derechos no solucionará ningún problema, porque la Ciencia es para las élites. Para las élites de la precariedad.

Pero, finalmente, olvidamos o nos han hecho olvidar, que todos somos obreros: obreros industriales, obreros de la educación, obreros de la tecnología, obreros de las letras y obreros de la Ciencia. Es obrero el cargo medio, que se va de comilona con el jefe o acude a fiestas y eventos de la marca de empresa. Es obrero el dueño de una pequeña empresa, que se va al garete después de una pandemia, después de haber puesto su vida y su esfuerzo en sacar adelante esa peluquería, ese taller, esa academia. Es obrero el periodista con cuenta a cargo de los poderes mediáticos, aunque no lo crea y busque el engaño haciendo suyas las patrañas que le han contado. Solo hace falta un soplido para que tú y yo, nos encontremos con la más cruda realidad: somos los objetos de usar y tirar de un capitalismo exacerbado, la fuerza bruta que se sustituye fácilmente porque se ha creado un remanente de esclavos listos SIEMPRE para entrar en el juego en el mismo momento en el que TÚ desapareces.

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