Al poco de iniciar mi camino como maestra, alguien me preguntó por qué escribíamos tanto sobre libros en la revista de la escuela y le dábamos tanta importancia a nuestra biblioteca. Aunque la pregunta me sorprendió por inesperada, recuerdo bien la respuesta de la maestra que estaba a mi lado: “¿Acaso no hay nada más innovador que leer?”. Hoy sigo recordando esas palabras especialmente en un momento en el que la tecnología ocupa un lugar protagonista en nuestras vidas y, sobre todo, en la de los más jóvenes: la lectura, con independencia del soporte, se ha convertido más que nunca en un acto innovador, totalmente transformador u hasta revolucionario para el que la abraza.
Resulta vital fomentarla en unos tiempos en los que las plataformas de vídeo, los videojuegos y, especialmente, el protagonismo del teléfono móvil con sus múltiples opciones de mensajería y redes sociales están desplazando a marchas forzadas el placer de leer conseguido generalmente durante la infancia. Me atrevería incluso a ser alarmista y afirmar que, si no se consigue un equilibrio entre la lectura y el uso indiscriminado y sin límites de la tecnología en edades tempranas, este desapego puede convertirse en una verdadera catástrofe pedagógica y cultural con repercusiones que quizás no seamos capaces de discernir todavía.
En esta sociedad de la velocidad y del ruido incesante, necesitamos ser capaces de demostrar a los más jóvenes que hay vida más allá de las pantallas y que en las páginas de un libro hay mucho más mundo por descubrir que en las historias de Instagram o en los vídeos de TikTok. Debemos educar en la soledad de la lectura, en el ensimismamiento que sólo es capaz de producir leer un libro de forma sosegada, tranquila y paciente.
Pero si queremos transmitir todo esto, tenemos que empezar por aplicarnos el cuento nosotros mismos. Ser capaces de concentrarnos en ese mágico momento durante minutos y minutos sin sentir la necesidad imperiosa de volver la vista a la pantalla del móvil en busca de la última notificación o mensaje. La tecnología se ha convertido en una aliada imprescindible en nuestras vidas y pocos sabríamos vivir sin ella a estas alturas, pero ¿cuándo se “fastidió” todo?, ¿cuándo empezó a dominar nuestras vidas de forma tan obscena y descarada? Quizá no fue de un día para otro, sino un proceso a fuego lento que terminó con esa capacidad de concentración que nos permitía permanecer horas y horas haciendo una única tarea… ¡Qué tiempos aquellos! Y que triste que estemos perdiendo esa capacidad que, sencillamente, muchos, los más jóvenes ni siquiera la hayan podido experimentar. Intentemos revertir esta situación: regresemos a la lectura sin un móvil a nuestro lado y, sobre todo, enseñémosle a nuestros alumnos y alumnas que es posible y hasta fascinante.