DÍA 1 de noviembre. “Todos-los-Santos”, ¿Halloween…? ¿Tradición judeo-cristiana…? tradición céltico-pagana más o menos integrada en el cristianismo…? ¿Conmemoración triste por los difuntos?…¿Celebración festiva…?¿Trivialización comercialoide y pretexto para el jolgorio y el desenfreno…?. Se puede abordar el tema desde muchos puntos de vista; pero nos vais a permitir que hoy lo hagamos usando esta efeméride para reflexionar sobre la religiosidad en tanto que fenómeno cultural.
Entre las muchas clasificaciones (ninguna plenamente precisa) que se pueden realizar sobre el ser humano tomemos como referencia aquella que nos agrupa en creyentes y no-creyentes. Si tú, que ahora nos regalas tu atención y tu paciencia, te encuentras en el segundo grupo una pequeña reflexión te llevará a admitir que “lo” religioso ha sido y sigue siendo algo que nos caracteriza como especie.
El hecho religioso, la religión como fenómeno, forma parte de nuestra cultura con toda seguridad desde que surgieron los primeros sapiens y con bastante probabilidad cuando aparecieron los neandertales.
Podemos manifestarnos como carentes de fe, negar cualquier creencia de índole sobrenatural, rechazar cualquier trascendencia; pero la reflexión religiosa siempre viajará con nosotros, la inquietud ante el misterio de la vida y de la existencia misma, ¡y no digamos ya de la muerte!, siempre nos harán a cada uno de nosotros, en algún momento, girar la cabeza en busca de la divinidad (y utilizo“divinidad”, porque el resto de términos que encuentro son todavía más difusos) aun estando persuadidos de su ausencia.
Rufolf Otto, siguiendo a Agustín de Hipona, nos hablaba del “misterium tremendum et fascinans” para referirse a esa radical apertura del ser humano hacia lo sobrenatural entendido como numinoso, o aquéllo que quizá siendo natural no somos capaces de comprender; eso que puede paralizarnos de terror pero que al mismo tiempo nos seduce, nos atrae… que estimula correlativamente (¿o es sincrónicamente?) nuestro miedo y nuestra curiosidad. Esa apertura hacia lo sobrenatural, en algún momento de nuestra historia, comenzó a identificar numen con espiritualidad y, por supuesto, con divinidad. Y “eso” numinoso, “eso” divino pasó a jugar un papel fundamental en lo que podríamos nominar como cotidianidad… quiero decir que lo impregnaba absolutamente todo en nuestras vidas. En muchos casos esa creencia en lo sagrado vino acompañada de otra doble convicción: la existencia de una o más personalidades de carácter divino (así entendido por sus altísimos grados de poder y conocimiento sobre lo temporal y lo espacial, hasta el punto de poder trascender ambas contexturas como límites) y junto a dicha(s) existencia(s) la posibilidad legítima de postular una realidad (o tras-mundo) más allá de lo físico o simplemente un “más-allá”.
Dicho todo lo anterior habría que hacer ahora algunas puntualizaciones. En primer lugar fe y creencia, aunque frecuentemente se confunden y amalgaman, no son la misma cosa; aquello que sea creencia lo es en sentido “débil”, o “suave” mientras que la fe lo es en un sentido “fuerte” o “duro”. En segundo lugar, resulta inevitable que cuestionemos las figuras de los dioses y las diosas… de “lo santo”, e incluso el vínculo entre lo ultramundano y lo intramundano, pues ni lo uno ni lo otro pueden deslindarse de nuestros referentes antrópicos. En tercer lugar consideramos que resulta cada vez más necesaria una reflexión, pública además, que separe fe y fanatismo pues en ocasiones cuesta muchísimo establecer una frontera entre ambos conceptos (o sentimientos, si queréis). En cuarto lugar, a todo este entramado de creencias subyace el viejo anhelo de afrontar el hecho inevitable de la muerte, siempre a caballo entre lo terrible y lo fascinante.
En fin, que cuando nos ponemos a reflexionar sobre la religión, y muy especialmente cuando esta queda vinculada a la vida y a la muerte, no queda más remedio que admitir la aporética; no podemos evitar que el debate quede permanentemente abierto. Tomando como referencias “La religión en los límites de la mera razón” (Kant), “Temor y temblor” (Kierkegaard), “Lo sagrado y lo profano” (Eliade) y algunos otros escritos, se nos aparece algo fundamental con respecto al hecho religioso: toda fe en la trascendencia posee un componente irracional; pero seamos claros: “eso irracional” no significa “absurdo”, sino que no se le puede argumentar ni contra-argumentar. Quiero decir con esto que lo esencial, “lo-en-bruto” si preferís, del fenómeno religioso no se puede probar y tampoco refutar: crees, o no crees.
En otro orden de cosas reconozcamos que resulta complicado construir una balanza que recoja con ecuanimidad los actos sublimes debidos a la fe religiosa (en el campo de las artes por ejemplo) y las acciones aberrantes cometidas en el nombre de los diversos dioses cuando se trata de elaborar un “juicio justo” al respecto. Veamos por qué:
-Se suele catalogar como “malo” aquello que atenta contra la libertad, pero… ¿realmente somos libres?¿existe el libre albedrío? Si hay un dios omnisciente, entonces sabe lo que vamos a hacer incluso antes de que lo llevemos a cabo; por consiguiente, dando tal hipótesis como válida, la libertad no existe y el destino está escrito (pues Dios ya lo conoce). Eso significa que la religión no puede ser juzgada y el individuo religioso tampoco, pues aquello que haga, por execrable o abominable que nos parezca, forma parte del destino y de la fatalidad. ¿Hay algo “malo” más allá de la muerte? Dos respuestas: Nadie lo sabe, o solo Dios lo sabe.
-También acostumbramos darle el calificativo de “malo” a todo cuanto atente contra la vida. ¿Pero qué ocurre cuando alguien que dice obrar en el nombre de Dios quita la vida a un ser humano (o incluso a varios, a muchos) afirmando, por ende, que es Dios, y no tú, el dueño de tu vida? Si admitimos como posible que la divinidad se comunique con nosotros y aceptamos esa omnipotencia que a menudo se le atribuye, estaremos igualmente obligados a comprender la acción violenta referida cuatro líneas más arriba; y aquí, ese “comprender” no significa “aceptar” y mucho menos “bendecir” ni “disculpar”. De todos modos seguimos sin poder evitar preguntar, ahora, eso de ¿hay algo “bueno” más allá de la muerte…? peromucho nos tememos que las respuestas seguirán siendo las mismas: “nadie lo sabe”, o “solo Dios lo sabe”. Así pues, ¿premio? ¿castigo? ¿otra vida más allá de esta que tenemos? ¿la nada? ¿haber sido capaz de convertirse en el instrumento de lo que la divinidad quiere, si es que algo quiere?
Es evidente que la religión puede servir para justificar prácticamente cualquier cosa. No solamente es parte de nuestro acervo cultural (y que quede claro: seamos creyentes o no) sino que puede convertirse en un pretexto, en una herramienta, en un arma terriblemente poderosa. ¿Hay instrumentalización en la religión? ¡Por supuesto que sí!
Aquí, en LaTaska, nuestra mentalidad abiera nos lleva, en principio, a respetar y a ser tolerante con las creencias ajenas… en principio, sí; pero tal vez deberíamos aclarar que no todos los dogmas de fe nos resultan igual de respetables. Nótese que, siendo fiel al título de este artículo, no nos hemos referido a ninguna religión en concreto; pero no podemos evitar pensar que (como ocurre siempre con las ideologías, y las religiones lo son) algunos de esos entramados resultan claramente nocivos y terriblemente peligrosos.
¿Cuál sería una posible conclusión? Que deberíamos ser capaces de poner en marcha y vivir nuestras creencias, nuestra fe, o la ausencia de ambas sin hacernos daño. ¡Ah…! Y a lo mejor lo festivo no está reñido con lo sagrado…
TXESKO C.
BREVE REFLEXIÓN SOBRE LA RELIGIOSIDAD: ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE