Se suele calificar a la Edad Media, muy a la ligera a mi juicio, como un largo período de oscuridad. Para empezar revisaré el título que le he puesto a este artículo (aunque no pienso cambiarlo) y os diré que no es demasiado certero: la Edad Media no engendró un pensamiento único ni univoco, sino que fue un período de la historia donde hubo muchísima diversidad. Por hacer solo una anotación, es una lástima que se hayan perdido tantos y tantos planteamientos heréticos surgidos en aquel tiempo… En cualquier caso estigmatizar los discursos de la filosofía medieval como carentes de sentido es totalmente injusto e ignorante. Más allá de los juegos de poder y de sucias maniobras políticas (¿no las tenemos hoy) la Edad Media nos muestra un tipo de hombre sediento de eternidad y que se esfuerza hasta la extenuación por establecer un diálogo con la divinidad en busca de su propio sentido como humano. Ciertamente, la preocupación por la vida y la muerte no se inventó en la Edad Media, pero la reflexión y el sentimiento al respecto crecieron de modo exponencial.
Por otra parte hemos de admitir que hubo pensadores medievales como Marsilio de Padua o Avicena que, si vivieran actualmente, aún estarían adelantados a su tiempo (a nuestro tiempo, diríamos) manteniendo la forma de pensar que tuvieron en su época. Siendo justos con el pensamiento medieval deberíamos hacer la siguiente reflexión crítica: en esa tendencia generalizada de transformar la filosofía, o al menos la metafísica, en una teología debemos ser conscientes de que en “lo-dios” no estaban las respuestas, sino las preguntas… creo que entendéis a qué me refiero. ¡Ay…! ¡Cuánto daño ha hecho (y sigue haciendo) esa visión hipócritamente mojigata y dominante de la religión!. Aún así, dentro de la ortodoxia, rastreando cual sabueso aquella época casi remota, vamos a encontrarnos con auténticas joyitas de la historia del pensamiento.
Revisemos, para empezar, el argumento ontológico de San Anselmo de Canterbury. Obviamente el fraile británico da un salto ilegítimo desde el plano lógico al ontológico. Pero quedémonos con la formulación puramente lógica, es decir, con la estructura del razonamiento: es de una belleza arrebatadora.
En los comienzos de la llamada Baja Edad Media los árabes (también los judíos) tuvieron el enorme mérito de recuperar las obras de Aristóteles. Además fueron muy generosos con los cristianos cuando les transmitieron esos y otros conocimientos (eso también es Edad Media). Mucho menos generosos fueron los cristianos, tanto durante la llamada “reconquista” de la península Ibérica como durante las Cruzadas.
El método de resolución y composición propuesto por Robert Grosseteste (más tarde reformulado por la Escuela de Padua, del que se benefició Galileo y, en otro sentido, también Descartes) fue un brillantísimo antecedente del método hipotético-deductivo… ¡ y estamos hablando de un pensador del siglo XIII!.
Examinemos ahora la segunda de las cinco vías tomistas para “probar” la existencia de Dios, es decir: la de la causa eficiente (nos encontramos todavía en el siglo XIII). Se entiende por causa eficiente aquella que da lugar a la existencia de algo. Pues bien, debemos admitir que nada en el mundo físico es causa de sí mismo, pues de lo contrario tendría que haber existido antes de existir lo cual es absurdo. El aquinate concluye que debe haber una primera causa incausada a la cual llamamos Dios. Es verdad que, posteriormente, la crítica que Hume realiza contra el pricipio de causalidad conduce inexorablemente al escepticismo; pero eso no le resta mérito a Tomás. Al hilo de esto, aunque sea tangencialmente, os sugiero que reflexionéis sobre un asuntillo: ya en el siglo XX (es decir: “ayer”) se postuló la teoría del Big-bang para explicar el origen del universo pero… ¿qué estuvo ocurriendo antes del Big-bang? Si podemos sortear, al menos de vez en cuando, la noción de infinitud aún no somos capaces de escapar a esa amenaza (como mínimo conceptual) llamada eternidad. En fin, que ahí lo dejo… por esta vez.
El debate medieval fe-razón, con la aparición del nominalismo británico, despejó el camino para la ciencia experimental. Así pues, la ciencia se abrió camino también durante el Medievo; no obstante ese debate entre la fe y la razón no está ni mucho menos cerrado ni agotado: persiste en la actualidad, ¡y de qué manera!
No es el único ni es exclusivo de esta época pero el problema de los universales es el tema medieval por excelencia. Realismo, conceptualismo y nominalismo suelen ser consideradas las principales tendencias a la hora de tratar la cuestión. Se me ocurre que fue durante el medievo cuando se le dio la importancia debida a lo que yo llamo “la clave sintómatica”. El ser humano es también síntoma; cuando hablamos de síntomas queremos decir que hay algo que no está bien del todo, que algo hay que corregir. El hombre siempre ha aspirado a lo universal, tanto en lo que se refiere al quehacer científico como en el ámbito de lo moral. Esto no es malo ni negativo en sí mismo, a menos que la persecución de ese sueño se convierta en una deriva hacia las posturas dogmáticas o fanáticas. Lo universal, como horizonte, como marco ideal de referencia, e incluso como utopía, puede servir para hacernos mejores.
Pero tampoco podemos quedarnos solamente en los sesudos debates fe/razón o sobre los universales. Hubo otras vetas, otras “ofertas” que fueron reprimidas y aniquiladas. Diversos planteamientos gnoseológicos, y aún artísticos, tan geniales como novedosos se acabaron perdiendo debido a la tiranía ejercida por la autoridad religiosa, cuyo poder coactivo hizo arder en las hogueras cualquier obra (e incluso a sus autores) que pudiera soliviantar los cimientos de la fe oficial. Así, la mística especulativa (por ejemplo la propuesta del maestro Eckhart, a todas luces sublime) no habría sido perseguida ni anatematizada si se hubiera limitado a explotar el campo de la literatura, renunciando al intento de acercarse (por otras vías) a la filosofía y a la teología. Sobre todo vieron en ella una gran amenaza contra las posiciones de privilegio que ostentaba el noble-clero. Personalmente el emanatismo me parece fascinante. Es un intento genial de fusionar la inmanencia y la trascendencia. A los medievales que se afanaron en preservar la ortodoxia critiano-romana no les quedó otro remedio que considerar al emanatismo como terriblemente peligroso: es un planteamiento atractivo, seductor y (examinándolo en profundidad) bastante coherente con lo que la vida, toda la vida, aparenta ser. En definitiva las acciones “colegiadas” de la Iglesia Católica (v.g. los concilios) siempre tuvieron como objetivo (con mayor o menor sutileza) cerrar filas en torno a los círculos de poder. Pero preguntémonos cómo actúa hoy día (por ejemplo en España) el alto clero…
Afirmaba Wittgenstein, ya bien entrado el siglo XX, que apenas habíamos avanzado desde los antiguos griegos. No hay que ser demasiado listo para saber a qué se estaba refiriendo. Obviamente, en este aspecto la Edad Media nos hizo bastante la puñeta. Por lo demás, aún se siguen observando las mismas aberraciones que padecieron nuestros antepasados medievales: fanatismo, superstición, derecho de pernada, servilismo… y tristemente, toda esa negatividad ha recibido y sigue recibiendo impulso, estímulo y aliento, desde países que presumen de libertades y de progreso. Y si examinamos los discursos de ciertas formaciones políticas aquí mismo, en la puerta de casa, quizá lleguemos a la conclusión de que Wittgenstein se había quedado corto, ¿no os parece?. Y ya lo sabéis: no todos los medievales eran tontos o retrógrados.
TXESKO C.
HAGÁMOSLE JUSTICIA AL PENSAMIENTO MEDIEVAL