Antes de iniciar este artículo, conviene explicar el significado de la palabra coeducación. Según la Real Académica Española, la coeducación es la “acción educativa que potencia la igualdad real de oportunidades y la eliminación de cualquier tipo de discriminación por razón de orientación sexual, identidad de género o expresión de género”. Bonitas palabras, siempre y cuando se lleven a cabo. Hago este artículo como profesora de una escuela pública de Barcelona, concretamente como maestra de un grupo de 22 niños de entre 10 y 11 años.
Y bien… ¿Cuántas niñas, con un gesto o una palabra, van interiorizando la desigualdad, la injusticia, la discriminación y truncando sueños?
Como maestros y maestras, sabemos que se han dado cambios legislativos que establecen la igualdad formal entre los sexos, pero son insuficientes para la transformación de la realidad y el cambio de mentalidades fraguadas en siglos de opresión, ya que aún perviven múltiples mecanismos de desigualdad y discriminaciones relativas a una identidad de género o una sexualidad no normativa y demasiadas fobias hacia persona LGTBIQ+.
La igualdad no se opone a la diferencia y sí a la desigualdad. Hay que proteger las diferencias y las diversidades conscientes de que todos los seres humanos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos, y la escuela debe proteger y ofrecer al alumnado la oportunidad de vivir dignamente, ser respetado y reconocido con las peculiaridades lingüísticas, de género, de etnia, de creencias y no creencias, de hándicap o cualquier otra que cada persona aporta, y haya presencialidad de esa diversidad en la escuela.
El currículo debería dejar de tener un discurso hegemónico, patriarcal y etnocéntrico en una escuela que protege la diversidad, la equidad y la inclusión. Es deseable que nuestro alumnado conozca la historia de la opresión de las mujeres que impidió ejercer sus derechos y disfrutar de otras posibilidades para sus vidas.
Necesitamos la diversidad humana, lingüística, epistemológica, etc. Y necesitamos tomar conciencia de que todo lo que decimos y hacemos en la escuela, y fuera de ella, favorece la construcción del discurso del odio y la exclusión, o bien de los afectos, la participación y la democracia. ¿Se atreve la escuela a construir ese cambio?