Memoria y reflexión ante las elecciones de 29 de noviembre

Manos depositando voto
16 de octubre de 2026. Un cóctel de Bárbara Muñiz Pérez

A un mes de las elecciones

Este año ha sido tan surrealista que cuesta creer que lo que estamos viviendo sea real. Sin embargo, cuando tras el desahucio de Maricarmen vi las plazas llenas de tiendas y personas luchando por el derecho a la vivienda, recordé con ilusión el 15M y sentí esperanza. Pensé, igual que entonces, que el pueblo se había unido y que al fin cambiaríamos las cosas. No obstante, el 29S es distinto, porque se gesta en un pueblo dividido y ahora quienes despotrican contra los acampados no son policías, sino vecinos, primos y conocidos que vienen con banderas a pegar y humillar a quienes piden unos derechos compartidos. No les importa que también estén luchando por ellos, porque zombificados por un algoritmo individualista y psicópata, han olvidado su clase y se comportan como soldados del Capital.

Acampada en la Puerta del Sol. EFE.

Y así, tras el rechazo de los decretos Maricarmen por parte de PP, VOX y Junts, se convocan elecciones precipitadas y llegamos a un circo de egos en el cual, mientras desde un lado se alzan banderas con el aguilucho y se hace campaña con terminar con las bajas y privatizar las pensiones, en el otro lo hacen discutiendo en un espectáculo dantesco que de nuevo disipa la ilusión del pueblo unido. Al final, siempre pagan los mismos: los de abajo. Personas que se sienten traicionadas por quienes debían velar por sus derechos y desamparadas ante lo que está por llegar.

El fascismo ya no se oculta, no se avergüenza: hace desfiles e incluso crea partidos políticos. Hay sucedáneos de periodistas tuiteando «hay que aniquilar a “los zurdos”» y personas apoyándoles como si estuvieran a punto de batirse en duelo. Se jactan de su falta de humanidad, fomentan la gentrificación riéndose de quienes no pueden hacer frente a las exigencias actuales de los fondos buitre. Exclaman con orgullo que quien no pueda pagar un alquiler en la ciudad lo haga en el pueblo (como si la gasolina fuera gratis). Por cierto, los del pueblo, ¿adónde irán? Quizá quieran que la ciudad pertenezca a las élites y que el resto regresemos a un mundo agrario en un regreso al feudalismo tardío.

Entre tanta violencia mediática y social recuerdo la Guerra Civil de la que tanto nos hablaron a unos y que otros tantos, demasiados, han olvidado. Esa guerra que se inició con un golpe de Estado militar que derrocó la democracia de la República. Esa guerra de la cual muchos cuerpos siguen desaparecidos en las cunetas y que se cerró con hambre y represión.

Represión en los campos de concentración, en la esclavitud con la que se alzó el Valle de Cuelgamuros, en las mujeres y hombres que fueron sometidos al garrote vil o hacinados en las cárceles. Y el hambre, un hambre que dolía y mataba. Que te arrastraba a caminar cientos de kilómetros con la vana esperanza de que en las ciudades hubiera más suerte. Pero no, el hambre continuó para quienes llegaron de Andalucía a Barcelona; los mismos que alzaron sus chabolas en un olvidado Somorrostro y otros lugares, o, peor, quienes adecentaron sus cuevas a lo largo del río Ripoll para luego morir ahogados en las riadas del 62.

Fábricas de Rubí inundadas por la riada (foto: Arxiu Roset)

En la preguerra todo el mundo es valiente, pero en la posguerra solo quedan el hambre y la represión, junto con la difícil tarea de recuperar una humanidad que se comenzó a perder muchísimo antes de que se prendiera la mecha. Cada deshumanización, cada broma, cada insulto, cada bulo creado para generar odio contribuyeron a ello. Así murió la sociedad una vez; así volverá a morir si no lo evitamos. Y no, no podemos delegar en quienes deberían representarnos. El voto de noviembre es puramente defensivo, porque ahora mismo es difícil tener fe en ninguna opción que diga representar al pueblo llano. Es para no alimentar a quienes se olvidan de que antes que ciudadanos somos personas y que la bandera no está en la piel, el sexo o la religión. Solo es un paso, el primero para no ver cómo se materializa lo ocurrido en Argentina, Colombia u Honduras, donde los recortes de derechos y las políticas de la escasez y del miedo se han hecho evidentes.

Los patricios ya han gobernado el mundo demasiado tiempo. Ahora es nuestro turno, y el voto, aunque necesario, no es suficiente. Estas elecciones son las llaves del barco, pero, pase lo que pase, somos nosotros quienes debemos conducirlo mediante asambleas y presión social.

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