1 de agosto de 2026. Un cóctel de Letireberebel
«Algo no cuadra» —se había dicho siempre Flora.
Entonces comenzó a reflexionar, a hacer introspección, a poner las cosas en su sitio. La verdad es que Flora siempre ha sido un tanto extraña, pero casi nunca lo ha dejado ver. Nuestras vidas son paralelas; sin embargo, la suya es como las ramas de un árbol que crecen hasta el infinito: de una sola rama salen miles y divergen todas. Hemos vivido mucho juntas y siempre he sabido que había algo distinto en ella. Creo que ella también lo sabía, pero esta mirada hacia el interior sucedió años después, en su adultez, cuando por fin decidió verse a sí misma con algo más de benevolencia y de justicia. Más de la que jamás había recibido de su entorno.
Esta es su historia. La historia de Flora. Así me la contó:
—¿Sabes, amiga? Parece que todo este mundo, todo este planeta de forma geoide, es un entorno hostil para mí; como si no encajara en ningún lugar. Siempre me he sentido diferente, rara, demasiado sensible, demasiado intensa, demasiado tiquismiquis, demasiado rimbombante… demasiado «todo». O tal vez me lo han repetido tantas veces que al final me lo he creído. Simplemente soy una petarda. Eso debe ser. Seguro.
Me gustaría contarte que, cuando he intentado expresar mis sentimientos o mis sensaciones, siempre me han dicho que había gente mucho peor que yo. Mis experiencias no fueron validadas por la mayor parte de las personas de mi entorno. Así, dejé de expresarlas. Dejé de pensar siquiera en comentar lo difícil que me resultaba enfrentarme a la luz solar y al calor, porque era una floja. Dejé de comentar que el ruido excesivo me ponía la cabeza como un bombo, porque era una tiquismiquis. Dejé, incluso, de comentarlo conmigo misma.
Todo me molestaba y eso también resulta molesto para quien no lo quiere oír ni empatizar. Uf, empatizar… La verdad es que empatizar duele demasiado. Los comprendo. Dejé de ser quien era para agradar a los demás porque resultaba «demasiado intensa», mi lenguaje era «demasiado elaborado», preguntaba de más, pensaba de más, hablaba de más. Molesta. Era y soy molesta. Así aprendí a camuflarme, a ser como los demás querían que fuera, a mantenerme en la media para no estorbar. Un camaleón más, en una rama más, entre miles de millones de ramas y camaleones idénticos. Todos iguales, evitando salirse de la rama y de la norma. Eso sí: con la mente continuamente pensando en darme la vuelta y salirme del camino.

Siempre fui una niña buena que aprendió a mantenerse en un margen muy preciso: el justo para que nadie se sintiese ofendido, invadido o cuestionado. Me adapté a todo para sobrevivir: al colegio (donde todo me parecía terriblemente fácil, pero donde aprender un concepto nuevo me abría un universo de posibilidades), a la familia, al entorno. Después de todo, en mi cabeza existía otro mundo: un refugio interior lleno de fantasía e imaginación. Allí volvía una y otra vez y a él transportaba todo lo aprendido en el día a día. Entonces la historia, la arqueología, los planetas, las rocas, el universo, los animales y las plantas se hacían enormes, y de ellos emanaban mil y una historias entrelazadas. Mi salvaguarda.
Así sobreviví, sin que nadie se fijase en mi interior ni en mis verdaderas necesidades. Mientras los demás estuviesen tranquilos, yo podía seguir en mi mundo. Eso sí, si mostraba la patita, al día siguiente había muchas patitas más, todas exactamente iguales a la mía y mucho mejor expuestas en la estantería de las patitas respetables. La mía ya ni se veía. Bueno, quizás jamás nadie la había visto porque, un segundo después, yo misma la escondía. Es que si me mostraba demasiado, pensarían que era una petarda. Porque era un poco rara.
Y pasaron los años siendo una extensión de los demás y un trofeo. «Qué niña tan lista, qué buena, qué tranquila», «no da ni un problema», «no desafía»… (Os aventuro algo: no sabían la intensidad de los pensamientos que poblaban mi cabeza; ahí era donde se generaban conceptos, ideas, mundos, problemas y desafíos).
Y todo era siempre igual: el geoide seguía dando vueltas, la vida pasaba y yo la seguía. Hasta que esa niña tan buena y tan perfecta entendió que era el momento de volar y dejar de fingir. Tenía que encontrar su lugar. Y allí llegué: años felices donde podía expresarme como quisiese y donde mi sed se saciaría… hasta que volvió la necesidad de ponerme la máscara. Es que era «demasiado bocazas», cuestionaba las jerarquías y los dogmas, pensaba que podía cambiar el mundo y, encima, desafiaba. Yo, una joven ilusa, queriendo aportar algo a la humanidad. ¿Cómo se me ocurre? Pero yo pensaba que las cosas solo evolucionaban si se cuestionaban; pensaba que podía aportar mis propias hipótesis. No fue así. De manera que decidí callar o hacerme la tonta para no molestar a las jerarquías establecidas. Lo cierto es que mi cabeza jamás ha entendido por qué hay jerarquías si los que están arriba a menudo carecen de razón para estar ahí. No entra en mi lógica. Lo que sí entra es el cuestionamiento: cuestionarlo todo, en especial a mí misma y a mi propia inteligencia. «Es que, Flora, de verdad, no puedes callarte. Y si te callas, te odias precisamente por lo que no has dicho».
Amiga, de verdad, no sé qué hacer. No puedo evitarlo. Debo de ser una inadaptada, una disruptiva. Soluciono rápido los problemas, relaciono conceptos abstractos a velocidad de vértigo y me planteo el origen y el fin de todas las cosas. Pero no debo decirlo. A la gente no le gusta saberlo. No puedo evitar que me invadan miles de pensamientos a la vez; las cosas me llegan a la cabeza en un milisegundo y se amontonan llegando a conclusiones inauditas. No hay filtros: todo puede ser importante.
Uf, tálamo mío, ¿podrías por una vez mantener la puerta cerrada? Y, ya de paso, autopistas de mielina, id un poco más despacio y en línea recta; tantas salidas crean una red infinita. Así es IMPOSIBLE dejar de pensar. Ojalá pudiese dejar de pensar… tan solo unos minutos.
Muchas veces no sé ni cómo llego a la solución de un problema o cómo formulo una teoría sin más, casi sin procesarlo paso a paso. Pero lo hago. Algo sucede. Debo de estar loca. La cabeza me da vueltas y a veces siento que me va a estallar. Quizás por eso me han hecho sentir tan pequeña siempre. Quizás por eso me han llamado tonta o mediocre: para invisibilizarme, para hacerme volver al lugar donde se supone que deberíamos estar todos.
Es que odio las injusticias y no puedo obviarlas; tengo que decir lo que pienso y lo que siento, pese a quien le pese. Pero soy incorrecta, soy «inútil». Me han dicho que eso no se hace, que no se puede ir por la vida así. A la gente no le gusta que los demás sean claros, ni que se aparten de las normas sociales no escritas, ni que piensen diferente. Pero entonces, ¿quién va a elevar la voz para plantar cara a lo que está mal? La autoridad impuesta sin ser verdadera autoridad no entra en mi lógica. Vaya, me empiezo a parecer a Sheldon Cooper, a Amy Farrah Fowler o al Dr. Spock. Madre mía, a ver si voy a ser una vulcana desubicada. Estoy como una cabra.
En fin, parece que las amapolas que crecen más altas de lo normal no gustan demasiado. Normalmente las cortan porque no puede ser que las demás flores se sientan mal o quieran ser igual de altas. Resultan ofensivas a la vista; se salen de la norma. Pobrecillas: así están mejor, más tranquilas, sin molestar. Siempre sin molestar.
Lo cierto es que me han cortado los pétalos miles de veces. Me he quedado medio «calva» en múltiples ocasiones. Menos mal que, de vez en cuando, me sale algún pétalo más, de un color bermellón brillante, e ilumina un poco el césped.

Debes de opinar que todo esto que te cuento, querida amiga, no tiene sentido. Lo entiendo; ahora lo entiendo. Antes creía que todos pensabais y sentíais como yo. Pero al fin he comprendido que no es así. Es verdad: no soy típica. Pero si no hubiese atípicos, ¿qué sería de la humanidad? Todos calcados, todos pensando igual, todos hablando de lo mismo: todo irrelevante, sin despuntar… todo como quieren que sea.
Al final, por fin, he entendido quién soy y por qué me siento así. Y tengo que pasar un duelo. He entendido que no soy inútil ni rara; que si pudiese cargaría el mundo sobre mis espaldas y pasaría mi vida entera formulando hipótesis sin que me limitaran. Que quienes me han dejado «calva» simplemente salvaguardaban sus intereses, sus jerarquías, sus privilegios, su vida mediana, en un campo raso. Porque, de otro modo, simplemente creciendo sobre el horizonte de una pradera de flores bermellón, no sabrían hacerlo. Empiezo a entender que no puedo cambiar lo que no puedo controlar, pero ello no significa que no lo intente. Eso sería imposible, sería ir en contra de mí misma. Así calmo mi hambre, ese deseo insaciable que habita en mi cabeza de no morirme sin aportar algo a este universo. Debo entender que no es todo o nada. Que no es éxito o fracaso. Que debe de haber algo en medio. Necesito reconocerlo.
La sociedad no está hecha para las amapolas si estas deciden crecer más de lo normal. Pero aquí sigo, floreciendo en bermellón.
Amiga, no sé si he podido trasladarte lo que siento, lo que soy. A veces ni yo misma lo comprendo, a veces ni yo misma quiero todo esto. Pero empiezo a entenderlo, sin juicios, con más amor, como una amapola que florece fuera del jarrón.