Respetado (que no estimado) señor:
Aun a sabiendas de su inexistencia y dado el valor que le es dado como símbolo, mitologema y hasta trasunto ontoteológico, me ha parecido oportuno dirigirme a usted a la luz (o quizá mejor a la sombra) de las actuales circunstancias. Cuando en estas líneas evoco su figura miro a un horizonte plagado de malvados, que le tienen como referente para reforzar esa maldad y perseverar fervientemente en ella; sin embargo tampoco pierdo de vista a esos seres que se dicen bondadosos y cuyo referente, no obstante, sigue siendo usted pese esa pretensión de bonhomía al arrogarse una conducta recta y buena, mientras atribuyen a “multitudes-de-otros” las más execrables y abominables conductas satánicas. Siendo como es un ser (aunque imaginario) tan inteligente habrá advertido de inmediato que me estoy refiriendo a sujetos idiotas y codiciosos.
En mi juventud, he aquí una confesión sobre algo de lo que no me avergüenzo, estuve interesado en el satanismo no como postulante sino como el alumno curioso que todavía soy (ya cada vez menos) y me dediqué durante algún tiempo a investigar aquí y allá rastreando figuras sobresalientes del mundillo luciferino. Así, me llamó la atención por ejemplo Aleister Crowley. Entre las frases que recuerdo de este personaje reproduciré una que me parece especialmente oportuna en la coyuntura actual: «Un hombre que hace su verdadera voluntad tiene a su favor la inercia del Universo para ayudarle». Dicha frase, si no estoy mal informado, aparece en la obra Magick in Theory and Practice, edición de 1929. Es curioso que el actual presidente de los EEUU aludiera de forma explícita a su propia voluntad como el límite de carácter ético para actuar como actúa. Pero claro: el señor Trump no es (que sepamos) seguidor de Crowley y tampoco satanista. De hecho afirma ser un cristiano de la hostia, valga la expresión; pero parece más lo segundo que lo tercero y seguramente lo sería, salvo por la constatación de que se trata de un perfecto idiota narcisista y torpe; sí estoy dispuesto a admitir, en cambio, que no siendo un luciferino consciente sí podría estar sirviéndole como instrumento, don Belcebú. Pero claro: ya he afirmado más arriba y con rotundidad que usted, mister Pedro botero de la Caldera, monsieur Lucifer, NO existe. Y no existe porque no es necesaria su existencia; para que el mal se extienda por doquier basta y sobra con ciertos servidores del OTRO inexistente: el dios bíblico omnipotente y creador (dudosamente omnisciente) vengador, rencoroso, castigador, propagador de plagas, diluvios y cataclismos en general; ese dios que sirve de pretexto, por ejemplo, a un descendiente de las Grandes Víctimas para convertirse en Maestro Verdugo y genocida de nuevo cuño, cuyo objetivo es construir el gran Israel bíblico a costa de los que él considera hoy “okupas de las tierras prometidas al Pueblo Elegido”. Fue Tomás de Aquino, en una sutil defensa de su Suma Contra Gentiles, quien dijo aquello de que «debemos temer al hombre de un solo libro», entiendo yo que incluyendo a quienes tengan por único libro la Biblia.
Le pido disculpas, ahora, por lo extenso (y sin duda fatigoso para cualquier lector) del anterior párrafo y me comprometo a intentar ser más frugal con la palabra. Sigo. Acaba de regresar a la Tierra la misión espacial Artemis II y doy por supuesto que está usted perfectamente informado. Voy a destacar algunas frases de sus tripulantes: «Y quería agradecerles a nuestras familias por todo […] Los quiero, pero no solo a esas cinco hermosas mujeres de piel morena que están ahí: los quiero a todos ustedes» (Víctor Glover, astronauta y negro). «La Tierra era como un bote salvavidas flotando tranquilamente en el universo […] en el planeta Tierra, todos formamos parte de una tripulación». (Christina Koch, astronauta y mujer) ¡Qué atrevimiento el del uno y qué osadía la de la otra! ¿Verdad? Cierro el párrafo pero continúo con el episodio en el siguiente, aún más breve.
Así pues, tenemos a un negro hablando de amor universal al ser humano independientemente de su color y condición (la expresión “todos ustedes”, creo, no deja lugar a dudas) y tenemos también a una mujer que, habiendo hecho un trabajo normalmente asignado a hombres, se toma la licencia de hablarnos (seguramente) de ecología y de unidad/solidaridad. En fin… ambas intervenciones se comentan solas, ¿o no…?
Mientras aquello ocurría, Donald, ese “buen cristiano” se dedicaba a bombardear escuelas de niñas para evitar que se conviertan en terroristas el día de mañana (seguro que ahora todas ellas están en el cielo, aunque sea el cielo de Alá y no el de Jehová); y al mismo tiempo su amigo y aliado Benjamín, que usa una Biblia como almohada, hace su propia hermenéutica “ad hoc” con los mandamientos 5, 6, 7, 8 y 10, esos que hablan de no matar, no cometer actos impuros, no robar, no mentir y no codiciar los bienes ajenos. Imagino, señor Satán, que usted estaría ciertamente orgulloso de ambos hipotéticos discípulos del inframundo salvo por un detalle importante, capital diría yo: y es que habiendo indagado en la idiosincrasia psicológica de los entes “dios” y “demonio” observo que en ambos casos concurren el egocentrismo, el narcisismo y la autocomplacencia. Así las cosas, respetado y temido don Pedro Botero, estará seguramente aborrecido ante la torpe codicia de dos idiotas que se autoproclaman seguidores de la Santa Biblia y enemigos del Averno, pues si bien es verdad que usted aceptaría como discípulo a un imbécil que se reconociera como seguidor del Corpus Satani, jamás admitiría a un mentecato que alardeara de su meapilismo y presumiera de servir al Gran Barbudo del Ajardinado Edén. ¿Me equivoco…? Yo diría que no.
En honor a la verdad y sin duda será un gran consuelo para usted, Mr. Lucifer, he de decir que el Patángután (con doble tilde, sí) de la Casa Blanca y el Carnicerito de Tel-Aviv (en efecto, alias “Bibi”) tampoco se están comportando al gusto de Yahvé que, si existiera, obviamente estaría escandalizado ante la conducta de dos botarates que dicen actuar en su nombre. Y es que, como bien dijera Spinoza, «Todo cuanto hacemos debe tender al progreso y al perfeccionamiento», enunciado que me permito parafrasear añadiendo que comportarse como un bruto sanguinario avaricioso tiende justamente a todo lo contrario. Dios se preguntaría, abrumado creo yo, ¿cómo es posible que esos dos cretinos, en mi nombre, estén haciendo justamente lo que querría Belcebú mientras, al mismo tiempo, abominan de él y acusan a otros de servir al Maligno…? Ya se lo decía Gandhi a mi recordado profesor Pérez Remón cuando, a orillas del Ganges, ambos conversaban sobre temas ético-religiosos; el Mahatma tomó una pequeña piedra redonda y dijo: «esto se parece mucho al corazón de casi todos los judeocristianos, amigo mío… hidratado por fuera pero seco por dentro».
El ser humano, señor Belcebú, es contradictorio por naturaleza. Y eso hace imposible la existencia de usted o de su antagonista: si ustedes existieran no podrían soportar tanta aporía, tanta ambigüedad estúpida e inconsciente y se volverían locos. El uno enloquecería por su propia incapacidad para comprender una creación suya que se le va de las manos; el otro perdería la razón ante la certeza de que existe un conjunto de seres con la capacidad de convertirse en algo todavía más abominable que él mismo. Caso de haber existido, ambos habrían recurrido al suicidio. De todos modos no me resisto a enunciar una vieja paradoja en forma de dilema: ¿Si dios es inmortal y omnipotrente, podría matarse? Piénselo bien, D. Lucifer, y quizá llegue a la conclusión de que tiene usted ventaja… o tal vez no, yo qué sé.
Ya termino, señor Satanás. Sepa que a su Gran Enemigo le he dedicado otra misiva, similar a esta que a usted le dirijo, para decirle que están Ambos en lo cierto: la Humanidad (con mayúscula) no tiene remedio y camina hacia su autodestrucción haciendo de ustedes seres totalmente prescindibles y finalmente desprovistos de sentido porque ¿qué sentido tendría la existencia de dos entes que necesitan ser adorados, cuando ya no hay adoradores que los veneren…? Para concluir definitivamente, reproduzco unos versos que nos dejó el nobel (él sí) T. S. Eliot en su célebre poema Los Hombres Huecos: «Así acaba el mundo, no con un estallido, sino con un quejido».
Atentamente, Txesko C.