El año 2026 ha empezado por todo lo alto, los noticieros no dan tregua y la tensión se masca en el ambiente. La posverdad inunda las redes sociales, se tergiversa el pasado, se crean enemigos, enemigos que también son tus amigos. Arraiga el miedo a opinar desde la sensatez, que apenas susurra con timidez mientras que la ignorancia vocifera por un millar de likes. «El mundo ha cambiado» anuncian los políticos tras los atriles. Y yo me pregunto… ¿El mundo ha cambiado? ¿O tan solo se ha roto la ilusión? O, peor incluso, ¿se ha teatralizado la realidad mientras nos aferramos al velo de la ceguera?
Cuando intentas detenerte y analizar con calma un mundo en el que todo sucede cada vez más rápido, solo queda una cosa: la incertidumbre. Incertidumbre que da paso al miedo, al valor, a la angustia e incluso a la negación. Una incertidumbre que se nutre de algoritmos, que replica propaganda y deshumaniza al enemigo. Y el enemigo es cualquiera cuyo algoritmo no coincide contigo.
Lo peor: la deshumanización se torna casi normativa cuando gran parte de las interacciones se llevan a cabo en un mundo sin rostro. Un mundo en el que es casi imposible distinguir a una persona de bot, en el que las inteligencias artificiales se han convertido en un vertedero de desahogos, opiniones y confidencias.
Los primeros días del año han sido duros, sí, pero no por ver cómo unos señores amenazan de manera continua con repartirse el mundo en medio de sus excentricidades. Lo peor ha sido la evidencia de la fragmentación social a través de una herramienta que se denomina «social», así como el eco de la ignorancia. He visto post que aseguraban que las dictaduras europeas del siglo pasado eran de izquierda, y lo decían precisamente quienes las defienden con la mano derecha alzada. También he visto post que defendían masacres, y a aquellos que se enorgullecen de patriotismo apostando por venderse a un estado invasor. Porque, dejémonos de medias tintas, de ser políticamente correctos. No es el tiempo. Debemos llamar a las cosas por su nombre, porque de no hacerlo, seguiremos ciegos: el 2026 ha sido el pistoletazo de salida oficial del postimperialismo. Las reglas del juego han cambiado. Y digo «oficial» porque nos hemos dado cuenta ahora, pero este proceso se inició antes, porque el imperialismo nunca terminó, tan solo cambió sus vestimentas mientras se fortalecía desde las sombras. Por esa misma razón lo nombro post y no neo. No estamos ante un nuevo imperialismo, sino ante su propia evolución.
Y yo me pregunto: ¿quién juega? ¿Los políticos? ¿Aquellos que influyen sobre ellos? Yo no, desde luego. Y apuesto a que tú, que estás leyendo esto, tampoco. Sin embargo, el no ser jugadores no nos exime de ser piezas. Vociferamos, repetimos, discutimos, alimentamos los algoritmos. Y lo hacemos porque somos importantes, porque tenemos poder. No obstante, nuestro poder se emplea en nutrir a otros, los mismos que nos mantienen adormecidos, entretenidos y polarizados hasta el absurdo. Con ello no quiero caer en la pasividad. En cuestión de derechos y respeto no hay espacio para intermedios. La polarización se alimenta de desconocimiento, de generalizaciones carentes de sentido y de propaganda algorítmica que engloba cualquier pensamiento ajeno en un conjunto imaginado. La arquitectura del poder sofisticando el mal banal del que Hannah Arendt nos advirtió en Eichmann en Jerusalén, y que nos arrastra a deshumanizar y, por tanto, a deshumanizarnos.
«Lo más grave, en el caso de Eichmann, era que precisamente hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales».
Debimos sospechar que algo iba mal cuando nuestra agenda se llenó de contactos virtuales y se vació de quienes conocíamos en persona; o cuando el capitalismo compró la contracultura y se apoderó de sus discursos. Tampoco hicimos nada cuando pasamos más de una hora haciendo scroll y después nos sentimos culpables por perder todo aquel tiempo. Quizá lo hicimos… Quizá sí nos dimos cuenta… Pero no actuamos por comodidad: estábamos bien. O porque estar fuera del tablero no es negociable cuando todo se mueve a través de él.
Nos hemos desapegado de la realidad, nos hemos fundido en el espectáculo, viviendo en un mundo ajeno, frívolo y artificial, pero menos opresivo que aquel del que formábamos parte. En lugar de romper encorsetados roles sociales, hemos creado cientos nuevos y tan solo nos limitamos a elegir cuál nos queda mejor. Caemos en las mismas trampas de siempre y estamos sometidos, más que nunca, a la fragilidad de la memoria y a la manipulación de intereses.
Parece que hayamos rebasado el punto de no retorno, pero quizá no sea muy tarde para resistirse, para adueñarnos del juego o cambiar las normas. Buscar conexiones reales, rechazar la inmediatez de las redes y regresar a la reflexión de los foros. Potenciar la empatía, crear espacios seguros. No lo sé, pero en medio de todo el ruido, de la incertidumbre y del malestar general, debemos elegir la pastilla roja y despertar, porque, aunque nunca sepamos cuál es el juego o quiénes juegan a él, sí podemos hacernos cargo de nuestra propia agencia y negarnos a formar parte del juego, porque lo que está en juego, somos nosotros.
Este cóctel os lo ofrece Bárbara Muñiz 22/01/2026